ESCATOLOGÍA SALESIANA
ESCATOLOGÍA SALESIANA

RESURRECCIÓN: La escatología salesiana. 02

RESURRECCIÓN. El Paraíso ya le era anticipado a Don Bosco y a sus muchachos en la belleza de la naturaleza que le enseñó a contemplar Mamá Margarita. Él contemplaba ya en su presente el gozo del Paraíso en la música, el arte, el deporte, el trabajo digno. Le dio su característica propia mediante la acogida, la amistad sincera, la pedagogía de la sonrisa, del encuentro y la alegría en la sacramentalidad salesiana del patio, en el profundo amor y defensa de la Escritura, de la Iglesia y del Papa, de su incondicional amor por María Inmaculada y Auxiliadora de los cristianos, su fervor por el Sagrado corazón de Jesús, su fascinación por el sacramento de la confesión y el ejercicio espiritual de la buena muerte. TEOEDUCANDO

LA RESURRECCIÓN, NUESTRA ESPERANZA

DVQ.SDB

En el Credo repetimos esta expresión: “Al tercer día resucitó según las Escrituras.” Es precisamente el evento que estamos celebrando: la Resurrección de Jesús, el centro del mensaje cristiano, que resonó desde el principio y que ha sido transmitido para que llegara hasta nosotros.

San Pablo escribe a los cristianos de Corinto: “Les he trasmitido en primer lugar, lo que yo mismo recibí: Cristo murió por nuestros pecados, conforme a la Escritura. Fue sepultado y resucitó al tercer día, de acuerdo con la Escritura. Se apareció a Pedro y después a los Doce.” (1Corintios 15,3-5).

Esta breve confesión de fe anuncia precisamente el Misterio Pascual, con las primeras apariciones del Resucitado a Pedro y a los Doce: la muerte y la Resurrección de Jesús son justo el corazón de nuestra esperanza. Sin esta fe en la muerte y en la Resurrección de Jesús, nuestra esperanza, ya no será ni siquiera esperanza. Y precisamente la muerte y la Resurrección de Jesús son el corazón de nuestra esperanza. El Apóstol afirma: “Y si Cristo no resucitó, la fe de ustedes es inútil y sus pecados no han sido perdonados”. (1Corintios 15,17)

¡La Muerte y la Resurrección de Cristo son el corazón de nuestra fe! Es precisamente la Resurrección la que nos abre a la esperanza más grande, porque abre nuestra vida y la vida del mundo al futuro eterno de Dios, a la felicidad plena, a la certeza de que el mal, el pecado y la muerte pueden ser derrotados. Y ello lleva a vivir con mayor confianza las realidades cotidianas, a afrontarlas con valentía y con empeño. La Resurrección de Cristo ilumina con una luz nueva estas realidades cotidianas. ¡La Resurrección de Cristo es nuestra fuerza!

Esto debería suceder también en nuestra vida. Sintamos la alegría de ser cristianos. La alegría de saber que Jesús está vivo y la esperanza que llena el corazón no se pueden contener. ¡Nosotros creemos en Cristo Resucitado que venció el mal y la muerte! Tengamos la valentía de ‘salir’ para llevar esta alegría y esta luz a todos los lugares de nuestra vida. No es sólo para nosotros, es para transmitirla, para darla a los demás, compartirla con los demás. Es nuestro testimonio.

Dejémonos iluminar por la Resurrección de Cristo, dejémonos transformar por su fuerza, para que, también a través de nosotros, en el mundo, los signos de muerte dejen lugar a los signos de la vida. La Resurrección de Cristo es nuestra certeza más grande; ¡es el tesoro más precioso! ¡Cómo no compartir con los otros este tesoro, esta certeza tan bella!

EL SEÑOR RESUCITADO: HACIA LA VISIÓN ESCATOLÓGICA SALESIANA

La pregunta por el sentido del sufrimiento, la muerte y la vida futura, el Paraíso prometido por Don Bosco tres cosas te prometo en nombre del Señor: pan, trabajo y paraíso; sean felices aquí y en la eternidad, sin los jóvenes el Cielo no es Cielo para mí, expresan de forma directa la lectura que el santo de la familia salesiana hacía del misterio pascual. Tal era la importancia al acontecimiento de la muerte y la eternidad que uno de sus grandes recursos pedagógicos era el ejercicio mensual de la buena muerte.

 Transcurridos los tiempos, la espiritualidad salesiana continúa realizando la relectura del pensamiento escatológico de Don Bosco, expresado de tantas formas en las constituciones salesianas:

Art 1. Nuestra esperanza
Art 6. Sacramento universal de salvación
Art 7. El advenimiento
Art 9. Nos sentimos en comunión con el reino celestial y necesitados de su ayuda.
Arts.13.28El Reino.
Art 18. La salvación de las almas.
Art 20. Salvar la propia alma y la de los jóvenes.
Art 21. Vivía como si viera al Invisible.
Art 31. Que realiza el plan salvífico de Dios, la venida de su reino.
Art 33. La presencia del Reino de Dios.
Art 34. El sentido supremo de su existencia.
Art 45. Ser testigos del Reino de Dios en el mundo cercano a los jóvenes.
Art 53. Se unen a la pasión redentora del Señor.
Art 54. La realización suprema…participar con plenitud en la pascua de Cristo … la esperanza de entrar en el gozo de su señor ilumina la muerte del sdb … el recuerdo de los hermanos difuntos une en la caridad que no acaba a los que aún peregrinos con quienes ya descansan en Cristo.
Art 63. Orientar todo su ser hacia el Reino; le ayudan a discernir la acción de Dios en la historia … un cielo nuevo y una tierra nueva… el gozo de la esperanza.
Art 71.   El misterio de su muerte y resurrección.
Art 72.  Murió desnudo en una cruz.
Art 85. Pascua del Señor … su misión de salvación.
Art 88. El misterio pascual.
Art 89. El domingo es el día del gozo pascual … la conmemoración de los misterios del Señor hace de nuestra vida un tiempo de salvación en la esperanza.
Art 90. La aceptación serena de la cruz de cada día… el examen de conciencia diario.
Art 91. Voluntad de conversión.
Art 92. En la hora de la cruz.
Art 94. La fe en Cristo nuestra esperanza … comunión con los hermanos que descansan en paz … unidos en un intercambio de bienes espirituales… su recuerdo nos estimula a proseguir con fidelidad.
Art 106. Un camino que conduce al Amor.

Quizá la síntesis por excelencia sea, en mi criterio, el artículo 34 se expresa taxativamente: caminamos con los jóvenes (con todos los cristianos en general) para llevarlos a la persona del Señor resucitado, de modo que, descubriendo en Él y su Evangelio el sentido supremo de su propia existencia, crezcan como hombres nuevos.

Por su parte el artículo 54 interpreta la muerte como la posibilidad de participar con plenitud en la Pascua de Cristo mientras que el artículo 94 recuerda que la fe en Cristo resucitado sostiene nuestra esperanza. El acento está puesto fuertemente en la Resurrección.

Esta lectura propia de la espiritualidad salesiana no está desligada del pensamiento eclesial, no se opone a ella, por el contrario, se alimenta de la Escritura, la armoniza con la tradición y la complementa con la doctrina de la Iglesia misma permitiéndole sin embargo al mismo Espíritu, realizar una lectura originalmente carismática que enriquece la fe del pueblo santo de Dios.

Para comprender esta originalidad carismática es una obligación sumergirse en la Escritura y la patrística misma que pudo acompañar a Don Bosco en sus reflexiones espirituales escatológicas. En efecto, interioricemos desde la Palabra de Dios, la liturgia, la patrística entre otras, los fundamentos que de los que se origina el pensamiento salesiano sobre la Pascua.

“NO ME PREPARO PARA UN FINAL, SINO PARA UN ENCUENTRO”

La resurrección, si bien es la razón de ser de la vida cristiana, es al mismo tiempo, un misterio de la fe que exige un camino espiritual largo y paciente para ser comprendido. Por el contrario, hablar de la pasión de Cristo resulta mucho más sencillo puesto que, para los creyentes y el pueblo de Dios en general, es más fácil asociarse emocional y sicológicamente a las etapas difíciles de la vida de Jesús marcadas por la traición, la calumnia, la soledad, la burla, el dolor físico y moral, el abandono, la incomprensión y el suplicio de la cruz que lo llevó a “la muerte”.

Muchos experimentamos de una u otra forma que, aquello que vivió Jesús en el dolor, el sufrimiento y la muerte, es también lo que encarnamos y vivimos a lo largo de nuestro paso por este mundo.

El ser humano, sin excepción, asumirá en su propio camino, de una u otra forma, y cada uno según su proceso, el sufrimiento que surge de la enfermedad, los conflictos familiares, el hambre y la sed, la ausencia de trabajo, el desplazamiento, la migración, las injusticias sociales, las injurias, la soledad, la incomprensión, la pérdida de sentido de la misma existencia a causa una vida marcada por opciones efímeras y superficiales que no conducen a nada, o como consecuencia de estructuras sociales, culturales, políticas e incluso morales y religiosas que, generalmente, favorecen dinámicas de opresión y por tanto, de tristeza y angustia.

La reflexión sobre la muerte no es menos inquietante, puesto que, es una realidad que algún día debemos enfrentar, pues tendremos que pasar por ella. 

Asumir el dolor y la muerte desde la pasión y muerte de Jesús, resulta, lo hemos dicho, más fácil, pues se hace comprensible desde las propias experiencias de dolor y sufrimiento.

¿Y la resurrección? ¿A partir de qué experiencia humana podría asociarse para entenderse y asimilarse en la propia vida? Evidentemente no hay elementos tangibles, materiales, físicos de los que podamos tomar una referencia y que nos permitan definir lo que es la resurrección. No tenemos más que la fe y la esperanza. Es quizá por esto que se llenan más los templos un viernes santo, para contemplar la pasión, crucifixión y muerte de Jesús, que la Vigilia pascual de la resurrección, para contemplar que Cristo ha vencido a las tinieblas, a destruido la muerte y nos ha dado la luz de la vida eterna.

Es probablemente esta la razón sicológica, sociológica y religiosa por la cual los creyentes, y los seres humanos en general, concentramos tanto las emociones en el dolor, el pecado, la culpa, el sufrimiento, viendo a la muerte como la gran tragedia y eliminando, casi por completo, la perspectiva realmente importante de la esperanza cristiana:

la salvación, la alegría infinita, el paraíso prometido, la vida abundante, la vida incorruptible, la eternidad, la Pascua, la contemplación gozosa del rostro de Cristo resucitado, la patria de la luz, el futuro eterno de Dios, el reino sin fin, la felicidad plena, la participación en su resurrección de Jesús. 

Ciertamente no es posible comprender la resurrección sin la pasión y la muerte de Jesús. Es una trilogía en la unicidad: Pasión – muerte – resurrección. (De hecho, la liturgia de la Iglesia se mueve en torno a tal trilogía, corazón de nuestra fe). Más complejo es desear una respuesta racional, exacta, una afirmación categórica, científica, académica, casi matemática, una definición de diccionario acerca de lo que es la resurrección, pues resulta bastante difícil encapsular en un concepto, algo que de por sí lo supera.

Sin embargo, las Sagradas Escrituras, en las que el Creador nos habla a todos como amigos,[1] le permite al corazón de quienes creemos en Jesús, interiorizar sobre los misterios del sufrimiento, la muerte y la resurrección del Señor, haciendo de ellos un camino de vida, una teología de la vida, una espiritualidad cristiana de la vida terrena orientada hacia la vida eterna.

La pregunta esencial no es más que esa ¿Cuál es el sentido del sufrimiento, de la muerte y qué es la resurrección? La respuesta absoluta, insistimos, jamás será posible del todo en ese campo racional y mucho menos en ausencia de la fe, en ausencia del encuentro permanente con Jesús, en ausencia de un camino espiritual que no se deja guiar e inspirar cada día por la Palabra divina.

Tampoco se trata de un mundo incierto, como si entráramos a un túnel sin luz, sin salida y con los ojos vendados.

Al contrario, el corazón humano y la gracia de Dios que hay en cada uno de nosotros, nos permiten ir descubriendo el sentido y la razón de ser de esa pregunta esencial, quizá no tanto desde la racionalidad de afirmaciones exactas o científicas, pero sí desde la vida misma que trasegando, aprende a leer desde el amor, la fe y la esperanza, los acontecimientos de nuestra historia, y en tal discernimiento, va quedándose con la esencia de ese misterio de la eternidad, encontrando así, respuestas que iluminan lo que nos parece oscuro e inaceptable.

EL SENTIDO DE LA VIDA A LA LUZ DE LA RESURRECCIÓN: UNA MIRADA TEOLÓGICO – ESPIRITUAL

Crecía en gracia delante de Dios y delante de los hombres

En el libro de los proverbios, en las pequeñas comunidades tribales se daba suma importancia a la formación armónica entre crecer delante de los hombres y crecer delante de Dios (Cf. Prov 3,4). San Lucas, hablando de Juan Bautista, afirma que el niño crecía y su espíritu de fortalecía (Lc 1,80) y de Jesús mismo nos dice que crecía en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2,52). En esta expresión bíblica está realmente expresada lo que es nuestra vida.

La vida está llamada a crecer en gracia, en fortaleza, en cuerpo, en estatura, en cultura, en aprendizaje, en sabiduría, para asumir la vida misma, para aportar lo bueno en el mundo que nos correspondió vivir, para contribuir positivamente en la historia que debemos afrontar, para afrontar con valentía los desafíos que vendrán por el camino y descubrir en medio de todo ello, la razón de ser de nuestra existencia y así, servir con caridad a los demás en la construcción de un mundo y una humanidad más justos, fraternos y solidarios.

La vida está llamada a crecer en gracia delante de Dios para no ir detrás del viento sin destino, perdiendo en lo superficial, en lo pasajero y lo efímero de este mundo, el horizonte de la vida y el fin último de su razón de ser: volver al Creador. Crecer en el amor, en lo noble y bueno, en la armonía y la belleza interior. Descubrir que somos parte de un orden perfecto de las cosas y que hemos de retornar para participar plenamente de la eternidad de aquel Creador, con la misma pureza con la que, por Él, hemos sido creados.

Entonces ¿Para qué la vida? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿Quién vivirá sin ver la muerte? ¿Quién sustraerá su vida de las garras del abismo? (Sal 88,44) ¿Qué soy yo en la inmensa creación? (Ecle 16,17). Benedicto XVI lo expresa así: sólo existe un problema filosófico realmente serio: el suicidio. Pensar si vale o no la pena vivir la vida[2].

Un primer acercamiento a la respuesta nos lo regala San Lucas. Es necesario crecer, en gracia, en estatura, en sabiduría, delante de los hombres, delante de Dios. Nadie nace aprendido.

En el trasegar de la vida se va descubriendo, con la ayuda de los padres, de los amigos y los no amigos, de la naturaleza, de la ciencia, de la Iglesia, y ante todo de la fe por la acción del Espíritu, que formamos parte del mundo material que nos rodea con sus bondades, su armonía, su belleza, también con sus limitaciones, y al mismo tiempo, van llegando los interrogantes por el sentido de la vida que nos van abriendo a la dimensión trascendental de nuestra existencia hasta descubrir que, sin la perspectiva de la vida eterna, el ser humano se queda en este mundo sin aliento”[3].

En la perspectiva espiritual y teológica, Dios es el autor del crecimiento. Crecer es signo de vida y bendición, es la manifestación de Dios que segundo a segundo nos continúa creando, formando, cincelando. En Él está la fuente de la vida (Ez 21,36). Esto lo podemos comprender cuando leemos Lc 1,66. En efecto, la mano del Señor estaba con él.

La mano de Dios la sentimos, la percibimos, la descubrimos en cada momento en el que tomamos conciencia que, estar vivo y crecer, crecer y aprender, aprender y redescubrir constantemente la vida, es un don que se nos da, pues no depende en absoluto de nosotros, ni de la ciencia, ni de las coincidencias, sino del amor de Aquel que nos ha creado, que cada día nos sigue creando y que nos acompaña durante el camino como acompañó a los discípulos de Emaús (Lc 24,13-35).

En Él está la fuente de la vida y sólo en la medida en que nuestra conciencia, nuestro ser, nuestra alma sea capaz de intimar con el Creador, seremos capaces de comprender el sentido de la vida, su razón de ser, su misión. De lo contrario, todo se volverá confusión, búsquedas desesperadas, respuestas que no terminan de convencernos y que no logran iluminar nuestras inquietudes, ni nuestra historia, mucho menos, nuestro espíritu porque es como navegar en el inmenso mar sin brújula.

El sentido de la vida sólo es posible descubrirlo en la permanente búsqueda, no sólo del que puede darnos una respuesta sobre la vida, sino de Aquel que da la vida y esla Vida.

Yo soy el pan de vida (Jn 6,35.48) Yo soy la luz de la vida (Jn 8,12) el camino, la verdad y la vida (Jn 14,16) la resurrección y la vida (Jn 11,25) quien cree en mí tiene la vida eterna (Jn 6,47) quien come y bebe de esta carne tiene vida eterna (Jn 6,54) yo doy la vida, tengo poder para darla y para recobrarla (Jn 10,17-18) he venido para que tengan vida y la tengan abundantemente (Jn 10,10) Tú tienes el poder sobre la vida y sobre la muerte (Sab 16,13).

El sentido de la vida, visto desde la Palabra de Dios, no es otra cosa que crecer.

¿Crecer para qué? para reencontrarnos con Aquel que da la vida, con el que es la Vida, y esto no es otra cosa que la resurrección.

Es por esta razón que el sentido de esta vida material, biológica, orgánica, pasajera, temporal, finita, efímera, en el crecer, ya va experimentando en el día a día, un poco de eternidad.  El verdadero nombre de la eternidad es “hoy” (…) vivimos en el eterno hoy de Dios[4] .

El ser humano de nuestros tiempos, olvida con demasiada frecuencia, el impulso interior de nuestro espíritu que busca saborear la eternidad, en el ya, en el ahora mismo, en el inmediato presente, en el hoy, pues sin espiritualidad se enfría la búsqueda de Dios y empezamos a caminar en un fangoso pantano. Como diría Ignacio Larrañaga, no se vive, se agoniza.

Es así como llegamos a este mundo, sin escoger la fecha de nacimiento, ni el país donde viviremos, ni los que serán nuestros padres, sin escoger la historia de la que formaremos parte, ni el idioma que hablaremos o la cultura que nos dará una identidad.

Es así como llegamos a un mundo concreto, con una historia concreta y una realidad específica en la que deberemos crecer y aprender. Y donde la Providencia lo desee, empezarán a crecer nuestras raíces, el árbol de la vida cuyas ramas y flores se elevarán buscando la luz del Sol que nace de lo alto (Lc 1,78).

La presentación de Jesús en el Templo

Dios da la vida. El pueblo de Israel era consciente de ese don lo cual expresaba presentando en el Templo al hijo recibido, signo de bendición para la descendencia, la permanencia de las generaciones y la continuidad de la fe.

Llevar a Jesús al templo para presentarlo a los sacerdotes según correspondía a la ley judía, hacía parte también de aquella pedagogía del camino que vivía el creyente. Pero tiene un trasfondo teológico de gran relevancia.

Llevar al niño al templo significaba dos cosas. Una en relación con Dios y otra en relación con su vida misma. En relación con Dios significaba un acto de entrega, de ofrenda. “Devolver” esa criatura dada para mantener la descendencia y por tanto en la permanencia de su pueblo: es remitirla al Creador para que en Él se haga su voluntad. Este es el caso de Ana en el libro de Samuel.

Ana lloró por un hijo y rogó se le concediera el don de la maternidad con la promesa de que ese niño se dedicaría al templo. Efectivamente así sucedió.

Y en relación con la vida misma de la criatura, porque es presentarle el camino, la proyecto de vida, el horizonte sobre el cual el niño ha de enrutar su existencia en vista al Padre. Y de nuevo aparece la dimensión de la trascendencia humana. El impulso del corazón humano a volver a su Origen, al Principio, a Dios.

Conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón (Lc 2,51)

Quizá la palabra más precisa sea “atesorar” en lugar de conservar. Atesorar en el contexto bíblico significa cuidar con celo, con pasión, con un fuerte sentido de valor algo que es precioso, significativo y además vital. No se trata de un conservadurismo de gabeta, sino de una acción del corazón por mantener junto a sí aquello que le garantiza la vida interior, del alma, la vida del corazón, algo así como cuidar la sangre, el oxígeno, la piel, el alimento, todo de lo que es fundamental para vivir.

Aparece entonces la Virgen María en la historia redentora de Jesús.

Ella, una mujer sencilla de Nazareth, joven, sin rangos ni fama, fue buscada por el Ángel (Lc 1,26-39), se le había anunciado que iba a ser la madre de su propio Salvador (Lc 1,26-39), había visto con admiración cómo unos pastores llegaban a adorarle (Lc 2,1-20), cómo en el Templo el sacerdote Simeón volvía a hablar, pues había llegado el niño que lo liberaría, componiéndole además un hermoso himno (Cf Lc 2,29-32) e inspirada en el cántico de Ana, proclama desde lo hondo del corazón el Magnificat:

Proclama mi alma la grandeza del Señor (Lc 1,46-56).

Había visto cómo su prima Isabel, la que llamaban estéril, era bendecida con un hijo, y había visto cómo aquel pequeño, Juan el Bautista, saltaba de gozo en el vientre tras escuchar su voz, portadora del mismo Jesús (Lc 1,39-45).

No ha sido menos significativo ver a Jesús, cercano a los doce años, hablando en el templo con una propiedad acerca de las cosas del Padre que le dejaba estupefacta (Lc 2,41-50).

Fue así como empezó el camino maternal de María. A la Luz de Jesús, ella empieza a vivir una y otra experiencia que no lograba comprender de momento con facilidad, pero que le hacían sentir la presencia gozosa de Dios en su vida y en su corazón.

Entonces la joven mujer, la joven madre, la joven discípula de su propio Hijo, emprende un camino de discernimiento, asistida por el Espíritu mismo que ha descendido sobre ella, que le lleva a guardar, conservar, atesorar todo lo que en tan poco tiempo ha vivido, pero ya con la claridad de que, cuanto ha visto, sentido, interiorizado, escuchado, recibido, le da la razón de ser a su propia vida, y que esa razón de ser le implica un trasegar que concluirá en el encuentro definitivo con el mismo Jesús en la Resurrección.

Ella no entenderá muchas cosas, pero dijo al Señor “Sí”, “hágase”, “acepto”, “fiat”.

No le fue fácil entender el anuncio ni las palabras del ángel Gabriel (Lc 26,38), tampoco el tiempo de las huidas evitando el asesinato del infante Jesús (Mt 2,13-15), ni cuando se perdió en el Templo (Lc 2,41-50), ni cuando el mismo Jesús le reclama por no comprender que Él estaba en las cosas de su Padre. Más difícil fue cuando Jesús le dice que aún no es momento de convertir el vino en agua (Jn 2,1-11) y por supuesto, los incomprensibles dolores que como madre sintió al ver a su Hijo humillado, calumniado, masacrado, asesinado.

En la Escritura, no existe dolor más grande que el de una madre ante la pérdida un hijo. Pero ella cruzó el camino, y cuando llegó la resurrección lo comprendió todo (Hch 2,1-13). Mientras tanto, ella atesoraba todo en su corazón porque tales cosas eran la esperada eternidad.

Se puso en camino (Lc 1,39) y su espíritu se fortalecía (Lc 1,80)

Al conocer la noticia de que Isabel, su prima, estaba en cinta, María parte según dice el Evangelio, con prontitud. Se puso en camino. Es la acción propia de quien, invadido en el corazón por el Espíritu, no espera para salir a hacer el bien y ponerse al servicio de Isabel que representa a la mujer excluida por no tener hijos, por tanto, considerada maldita y sin descendencia.

Una mujer que representa el rechazo social, moral e incluso religioso, pobre, sola, señalada. En María, que lleva por presente al mismo Jesús se rompe radicalmente la condena de Isabel.

Dios mismo sale al encuentro de quien no tiene valor ante el mundo. Ella, la madre de Dios, y Dios mismo hecho carne en el vientre de María, salen al encuentro de esta “miserable” mujer. Pero la han mirado y elegido por encima de los ricos, los poderosos, los importantes de la sociedad.

Esta es justamente la invitación del Evangelio: ponerse en camino, con prontitud, en la búsqueda y al encuentro del que necesita un poco de misericordia. La misma ternura y misericordia que hizo saltar de alegría en el vientre de Isabel a Juan Bautista.

Y el espíritu del niño se fortalecía.

Su vida y su corazón estaban siendo preparados para ser precursor del Salvador. Todo le sirvió para alcanzar ese objetivo, incluso dando su propia cabeza. Fortalecerse tiene justamente la finalidad de estar listos para aceptar y asumir la misión de la vida con todo lo que venga, lo bueno y lo no tan bueno, pero orientando todo al objetivo por excelencia: la resurrección.

La vida del creyente es eso mismo, darlo todo, incluso hasta el martirio de la propia vida, la propia salud, la propia voluntad, las propias fuerzas para que Cristo siga llegando al mundo.

Cuando un creyente parte a la eternidad, y su vida empieza a nutrir a las semillas en el corazón de quienes ha dejado para que germinen (testimonio evangélico) es cuando sabemos que se ha cumplido la voluntad de Dios y que, por tanto, la vida terrenal, el paso por este mundo ha cumplido su misión: extender en la historia y el tiempo el reinado de Dios.

El carisma[5]

Para el cumplimiento de la misión que cada uno recibe, el Señor nos dota de carismas. En el ámbito bíblico el término “carisma” de origen griego, significa generalmente un “don espiritual” dado por Dios para ser actuado en la Iglesia al servicio de los demás.

El verdadero origen de todo carisma es el Espíritu: “se puede encontrar carisma solamente donde está el campo de actividad del Espíritu Santo”[6]. Ni el individuo, ni la comunidad pueden ser por sí mismos el verdadero origen de un carisma. Por eso el carisma, en la Sagrada Escritura, no es sólo un talento, sino que es, ante todo, una iniciativa del Espíritu que se presenta siempre como novedad.

La importancia, la grandeza y la autenticidad del carisma no dependen nunca de las cualidades ni el talento de una persona sino de la configuración con Cristo quien da el Espíritu y lo adecua a las exigencias de la historia.

Por tanto, el carisma no es una cosa sino una persona en acción, es decir, una persona movida por el Espíritu para servir y para preparar al ser al encuentro definitivo con Cristo resucitado. Es por este motivo que un carismático no puede permanecer quieto y pasivo, sino que tiene inventiva, creatividad, iniciativa, evitando el conformismo y una actitud estática y pasiva.

La persona carismática no pierde nunca el ánimo ante las dificultades, sino que lucha, no generando conflictos sino diálogos nutridos por la caridad, la fe y la esperanza. Es por esta razón que las personas con “carisma” resultan ser muchas veces incómodas al ambiente y a quienes viven en el confort.

Esta gracia de Dios de vivir la vida con el don de un carisma tiene unos rasgos que le son muy propios y que podemos identificar en los grandes personajes bíblicos e incluso de la historia de la humanidad:

  • Personas movidas por el Espíritu, llenas de dones y dotadas de especiales talentos humanos.
  • Llevan grabado, claramente, en su rostro espiritual, la figura de Cristo, con un espíritu evangélico original.
  • Se entregaron a la construcción de la Iglesia en una misión incansable de servicio a los demás.
  • Demostraron valerosamente iniciativa y creatividad.
  • Han sabido sufrir duramente con tal de permanecer fieles a su vocación divina.
  • Han sido reconocidos por el corazón de las personas más nobles y sencillas que comprenden el don especial que poseen.

Pero hay además un ingrediente especial en las personas que han recibido la gracia de un “carisma” especial, pues en realidad todos hemos sido dotados de carismas: el martirio. La capacidad de ofrendar la vida, de pasarla por la cruz en la entrega de amor por lo que se ama, una donación que se integra al martirio mismo de Cristo y que, por tanto, lleva a compartir con Él, la gloria de la resurrección como rezan las plegarias eucarísticas en la liturgia.

LA ESPIRITUALIDAD DEL SUFRIMIENTO A LA LUZ DE LA PASIÓN DE JESÚS

En el camino a la resurrección, en el trazo de la pregunta por la vida y su razón de ser, es imposible no hablar de realidades fundamentales que la componen como el sufrimiento y la muerte. En la Sagrada Escritura, nos es posible contemplar la experiencia del sufrimiento. Es posible contemplar a Isaac que tras el anhelo de tener un hijo debe entregarlo, entregando la vida misma del muchacho (Gn 22,1-9);

José, un hermano, el más pequeño de todos, que experimenta la envidia, humillado, vendido, despreciado (Gn 37,2-36);

Un Job que se ve sometido al abandono de Dios, la traición de sus amigos y el olvido de su familia (Libro de Job).

Un Naamán que está enfermo, tiene lepra, es excluido y vive la ingratitud tras haber dado todo por su pueblo (2R 5);

Un Jeremías que sufre porque no comprende cuál es el sentido de su vida y siente miedo de acoger la voluntad Divina (Libro de las lamentaciones);

Un Jesús de Nazareth que es cuestionado, aprehendido sin causa justa, escupido, golpeado, torturado, burlado, sometido a un juicio amañado, masacrado por violentos golpes, calumniado y tratado como un criminal;

María la madre buena que padece en su corazón el más grande de los dolores: la pérdida de un hijo de quien ha recogido su sangre dejada burdamente en el suelo (narración de los evangelios).

Un Esteban que es apedreado (Hch 7,54-69).

La lista es muy extensa, pero Dios no es ajeno al dolor, pues lo ha experimentado en las injurias, las injusticias, el dolor, la cruz y la muerte de su propio Hijo.

Al meditar sobre estos personajes bíblicos ¿no es la historia de tantos seres humanos, de tantos creyentes, quizá de nosotros mismos, que hoy reviven y revivimos, que reactualizan y reactualizamos el dolor de todos ellos en las propias vidas, en las propias historias, en el propio pueblo, en la propia carne, en la propia sangre, en la propia alma?

La tristeza, es imposible no sentirla cuando se sufre y se ve sufrir. Pero la tristeza, el dolor y el sufrimiento, tienen un sentido cristiano. A este punto dejamos hablar a san Agustín:

[La tristeza es como el estiércol. El estiércol, si no está en su sitio, es porquería. El estiércol que no está en su sitio ensucia la casa; pero si está donde debe, hace fértil el campo. La tristeza según Dios, obra la penitencia saludable, ¿Acaso, hermanos, como había comenzado a decir, se encontrará estiércol en el muelo de trigo ya aventado? A pesar de ello, se llega a tal limpieza, a tal belleza y hermosura gracias al estiércol: la fealdad fue el camino hacia la belleza.

Con razón dice también el Señor en el evangelio a propósito de cierto árbol estéril: Hace ya tres años que me acerco a él sin encontrar fruto: lo cortaré para que no estorbe en el campo. Intercede el colono; intercede cuando ya el hacha está a punto de caer y cortar las raíces estériles; intercede el colono como intercedió Moisés ante Dios; intercede el colono diciendo: Señor, déjalo todavía un año; cavaré a su alrededor y le echaré un cesto de estiércol; si da fruto, bien; si no, podrás venir y cortarlo. 

La tristeza por motivos mundanos causa la muerte. Al mismo tiempo que lo vi triste y llorando, advertí que estaba también orando… está en llanto, en oración y súplica. Señor, ten compasión de mí; sana mi alma, porque he pecado contra ti. Gime por su pecado; reconozco el campo y quedo a la espera del fruto. ¡Gracias a Dios! El estiércol está en buen lugar, no está ahí de más, está produciendo fruto.

Éste es, en verdad, el tiempo de la tristeza fructuosa; el tiempo de dolernos y estar tristes por nuestra condición mortal, la abundancia de tentaciones, las insinuaciones de los pecados, la oposición de los deseos y las contiendas de la concupiscencia, siempre en ebullición contra los buenos pensamientos.

Los cuarenta días anteriores a la Pascua simbolizan este tiempo de nuestra miseria y nuestros gemidos, si hay quien tenga una esperanza por la que valga la pena gemir; en cambio, el tiempo de la alegría que tendrá lugar después, del descanso, de la felicidad, de la vida eterna y del reino sin fin que aún no ha llegado, está simbolizado en estos cincuenta días en que cantamos las alabanzas de Dios.

Dos tiempos tenemos con valor simbólico: uno anterior a la resurrección del Señor y otro posterior; uno en el que nos hallamos y otro en el que esperamos estar en el futuro. El tiempo de tristeza -no otra cosa significan los días de cuaresma.

La pasión del Señor simboliza el tiempo en que lloramos aquí. Los azotes, las cadenas, burlas, esputos, la corona de espinas, el vino con hiel, el vinagre en la esponja, los insultos, los oprobios y, finalmente, la misma cruz y los santos miembros que penden del madero.

¿Qué otra cosa nos simboliza sino el tiempo presente, tiempo de tristeza, de mortalidad y de prueba? En consecuencia, tiempo feo; pero esta fealdad del estiércol esté en el campo, no en la casa.

Tiempo feo, pero fértil, si es bien empleado. ¿Hay cosa más repulsiva que un campo abonado? Hermoso estaba el campo antes de recibir los cestos de abono. Al campo se le hace antes feo para que luego se convierta en fértil. La fealdad es, pues, un símbolo del tiempo presente; conviértase, sin embargo, esta fealdad en tiempo de fertilidad para nosotros. Y veámosle en compañía del profeta que dice: Le vimos.

¿Cómo? Sin honra ni hermosura. ¿Por qué? Pregunta a otro profeta: Contaron todos mis huesos. Se contaron todos los huesos del colgado del madero. Horrible vista la de un crucificado, pero esa fealdad engendra belleza. ¿Qué belleza? La de la resurrección,

Alabemos, pues, al Señor, hermanos, puesto que poseemos sus fieles promesas, aún no hechas realidad. ¿A cambio de qué? De todas las cosas que me concedió. ¿Qué te concedió? Lo primero: nada era y me creó; me había perdido, y me buscó; al buscarme me halló; estando cautivo, me redimió; vendido, me libertó; de siervo me convirtió en hermano. ¿Qué devolveré al Señor? No tienes qué devolverle. Si todo lo esperas de él, ? qué tienes para darle a cambio? Espera un poco].

La enfermedad en la espiritualidad cristiana[7]

La enfermedad es un cambio vocacional, un cambio de horizonte de la vida. El P. Juan Edmundo Vecchi, salesiano, experimentando un cáncer agresivo, propuso finalizando su vida a los jóvenes la parábola de la vida en tres etapas:

  • ¿Cómo acoger la vida? Es la etapa de la juventud, de las alegrías, de los riesgos, de la gratuidad. Ponemos la vida y su valor en el centro de atención.
  • ¿Cómo emplear la vida? Son los años de las preguntas y las inquietudes, del discernimiento y de las decisiones vocacionales.
  • ¿Cómo entregar la propia vida? Es cuando la vida se inserta en el sufrimiento y en la cruz. Es cuando llega la enfermedad como aviso del paso que hay que preparar para el encuentro definitivo con el Creador. En esta etapa de la vida, la enfermedad y la limitación se vuelven tan fecundos como el de la actividad específica, si es vivida a la luz del misterio de la muerte y resurrección de Jesús.

La enfermedad y el sufrimiento son una realidad humana, hacen parte de la dinámica de la vida y más que enemigas.

Ellas suelen abrirle el paso al ser humano para que se sumerja en la reflexión acerca del sentido de la vida, sus limitaciones y sus aspiraciones más altas, sabiendo que también ella hace parte de lo efímero y pasajero del mundo, si bien cumple una finalidad, no tanto relacionada con la muerte como sí a la vida espiritual. Ellos son también como el estiércol que incomoda, pero si está donde debe, hace fértil el campo.

“Mientras aumentaba su agonía, Jesús insistía en su oración” La pasión de Jesús

San Pedro, en la primera de sus cartas nos regala un mensaje de consolación, esperanza y de eternidad cuando desde el inicio mismo de la carta dice a los cristianos: “Alégrense de verdad. Les espera una alegría inmensa, aun cuando tengan que soportar muchas pruebas por un tiempo breve. Estas pruebas demostrarán que su fe es auténtica.

Está siendo probada de la misma manera que el fuego prueba y purifica el oro, aunque la fe de ustedes es mucho más preciosa que el mismo oro.

Entonces su fe, al permanecer firme en tantas pruebas, les traerá mucha alabanza, gloria y honra en el día que Jesucristo sea revelado a todo el mundo. Ustedes aman a Jesucristo a pesar de que nunca lo han visto. Aunque ahora no lo ven, confían en él y se gozan con una alegría gloriosa e indescriptible. La recompensa por confiar en él será la salvación de sus almas”. (1Pe 1,6-9).

En la experiencia de Jesús, la agonía y la oración van de la mano. La primera conduce a la necesidad de la segunda, y la segunda, redime las exigencias de la primera. El tiempo de espera de la eternidad, que cruza por la prueba y llevan a la fe auténtica, pasa también por la profunda experiencia de la oración. Ella es indiscutiblemente esencial en el seguimiento del Evangelio y en la fidelidad a la voluntad de Dios sobre cada persona.

Jesús es el primero en mostrarnos esta realidad innegociable. Un fragmento del carmelita Eduardo San Miguel nos regala una hermosa síntesis de lo que significa la oración en la vida del discípulo de Jesús:

[Jesús acogía a los pecadores y comía con ellos, frecuentaba a la gente excluida de la sociedad, perdonaba los pecados… Tenía unas actitudes que a algunos llenaban de admiración y a otros escandalizaban. Cuando le preguntan por qué hace estas cosas, responderá que porque ésa es la manera de ser de Dios mismo.

Su forma de actuar corresponde a la concepción que tiene de Dios. En las parábolas de la misericordia (Lc 15) nos presenta a Dios como un pastor que, cuando pierde una oveja, se lanza al monte para buscarla y se alegra cuando la encuentra; o como un padre que llora y sufre y espera cuando el hijo se le va de casa, y que prepara un banquete cuando regresa; o como una mujer que busca preocupada la moneda que ha perdido y no para hasta hallarla.

En definitiva, un Dios con entrañas de misericordia, amigo de los hombres. Por eso él va al encuentro de los pecadores y les anuncia la Buena Noticia. La descripción que Jesús hace de Dios y su actuar coinciden plenamente. Hablando con propiedad, Jesús no da una definición de Dios. Habla con naturalidad de su amor y de su misericordia, se relaciona de una manera especial con él, se siente su Hijo querido, lo experimenta como Padre, pero no lo describe en términos abstractos.

Porque su Dios es Padre amoroso, necesita estar continuamente en contacto con él para recibir su vida y su fuerza, para conocer su voluntad, para manifestarle su cariño. La oración de Jesús no se limita a unos tiempos y a unos espacios concretos, sino que empapa toda su vida.

La oración acompaña todas las decisiones y acontecimientos de la vida de Jesús:

Jesús ora en el Bautismo (Lc 3,21), antes de elegir a los 12 (Lc 6,12-13), antes de la confesión de Pedro en Cesarea (Lc 9,18), en la transfiguración (Lc 9,28-29), en Getsemaní… Está convencido de que la oración es la posibilidad de superar la prueba y la tentación (Mt 26, 41), de librar al hombre del mal (Mc 9,29).

No sólo ora en los acontecimientos decisivos, sino en todo momento, habitualmente: «se retiraba a lugares solitarios para orar» (Lc 5,16), «de madrugada…» (Mc 1, 35-37), «lleno de gozo…» (Lc 10, 21); porque tiene la certeza de la cercanía de Dios: «Yo no estoy solo, el Padre está conmigo» (Jn 16,32), «Yo sé muy bien que me escuchas siempre» (Jn 11,42). Lo mismo enseña a sus discípulos: «Es necesario orar siempre, sin desfallecer» (Lc 18,1).

Ora en el Templo y en las sinagogas con frecuencia (Lc 4,16), participa en el culto público, recita los salmos y las plegarias judías (Mc 14, 22-23;27), bendice los alimentos (Jn 6, 11)…

 Ora en lugares solitarios durante 40 días, de noche, en muchos momentos (Mt 14, 23; Lc 11,1), con sus propias palabras. A sus seguidores nos enseña también a orar «En la intimidad» (Mt 6, 6), «en espíritu y verdad» (Jn 4,23).

Ora por los discípulos, por Pedro (Lc 22,32), por los suyos (Jn 17,11ss), por los que creerán (Jn 17, 20), por el mundo (Jn 17,21), por los enemigos (Lc 23,34).

Ora en los momentos difíciles: «de rodillas» (Lc 22,41), «postrado» (Mt 26,39), «con lágrimas» (Hb 5,7), en la Cruz (Mc 15, 34; Lc 23,45).

En su oración siempre se dirige a Dios como «Padre» (130 veces lo llama así en los evangelios). Jesús se relaciona con Dios como un niño con su padre, lleno de confianza, al mismo tiempo que siempre dispuesto a la obediencia. La única excepción en su manera de orar es su grito en la Cruz (Mt 27,46), cuando cita el salmo 22, que comienza diciendo:

«Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» y termina manifestando la confianza en Dios que puede librar de la muerte, aunque las apariencias digan lo contrario].

Ante la incomprensión, el dolor, la injusticia y la humillación, ante el evidente escenario de muerte, Jesús no doblega el corazón, se mantiene fuerte, y encuentra en la oración, la suya y la de su Madre (lágrimas que se vuelven súplica), y la súplica de sus discípulos (oración que se transforma corresponsabilidad para ayudar a llevar la cruz) la fuerza necesaria para cumplir la voluntad del Padre y hacer que todas las cosas sean nuevas.

Estamos llamados a ser mujeres y hombres que creen y esperan. En la oración nos dejamos incendiar por el Señor y decimos al Señor: No te soltaré hasta que me hayas bendecido (Gn 32,26). Mediante la oración somos más libres, tomándonos a nosotros mismos con menos seriedad y tomándolo con más seriedad a Él.

El beato P. Luis Variara, escribiendo a la Hna Ana María Lozano, le recomendaba desconfiar más de sí misma para poder llevar con mayor celo el alma hacia Jesús. Benedicto XVI dice lo propio: El creyente no es un manojo de actividades sino una reclamación de nuestro ser, un modo de vivir que se manifiesta claramente en Zacarías: Es un hombre en diálogo con Dios, para quien Dios es realidad, cree en Él, se confía en Él.

De esta manera, el cristiano, el discípulo y misionero, se deja tocar y afectar el corazón por Dios mismo a través de la oración, un corazón que se prepara. San Agustín tiene un pequeño poema a la oración que podemos transcribir aquí:

Jesucristo es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros por ser nuestra cabeza; es invocado por nosotros como Dios nuestro.

Es así que la oración, nos abre a la acción de Dios desde dentro de nosotros mismos para liberarnos desde la raíz de todo lo que esclaviza el corazón, purificarnos y prepararnos el encuentro definitivo con el Señor. O queremos a Dios o nos sepultamos dentro de la prisión de nuestra finitud, afirmaba el teólogo Jesuita Karl Rahner.

Orar por tanto es abrirse a Dios para que Él haga lo divino, para que Cristo disponga nuestra vida a la voluntad de Dios porque entre otros detalles, la oración nos permite discernir donde estorbamos la acción de Dios en nuestra vida camino a la Pascua definitiva.

Aquí nace la importancia del silencio, de la meditación, de la necesidad de iluminar cada día y dirigir cada acción desde los primeros segundos de día con la oración: Cada día al despertar, reanima tu buena Voluntad; mira a Jesús quien constantemente solicita tu corazón: ámalo con todas tus obras, en tus afectos, en tus cruces. Él es todo para ti y tú has de ser todo para Él. (P. Luis Variara)

Tertuliano refiriéndose a la oración nos dice: La oración aleja la ira de Dios; implora a favor del enemigo; suplica por los perseguidores; es incapaz para el mal; Todopoderosa para el bien; saca de la muerte;

Fortalece al débil; cura la enfermedades; libera de los demonios; perdona los delitos; aparta de las tentaciones; extingue las persecuciones; consuela a los tristes; conduce a los peregrinos; mitiga las tormentas; aturde a los malvados; rige a los ricos; alimenta a los pobres; levanta a los caídos; sostiene al débil. Solamente la oración vence a Dios.

 La oración vence, es diálogo, no monólogo, y en este encuentro íntimo, personal, confiable, profundo con Jesús, vamos descubriendo que este mundo temporal solo es una preparación, al encuentro definitivo con el que nos ama, y es, además, el lenguaje universal con el cual los hijos nos hermanamos para sostenernos los unos a los otros, en este peregrinaje terrenal.

En efecto, la oración introduce a lo más profundo del corazón humano a la comprensión y aceptación del dolor humano, pero al mismo tiempo prepara y sensibiliza hacia la experiencia de la eternidad y la vida en la resurrección de Jesús.

¡VIVIRÁ!: EL RELATO JOÁNICO DE LA RESURRECCIÓN

Jesús le respondió: Yo soy la resurrección. El que crea en mí, aunque muera, vivirá (Jn 11,25).

Esta es una narración muy extensa (Jn 11,1-44). Signo de que para Juan es un relato de mucha importancia. Está siendo contada la resurrección de Lázaro de modo que se desarrollan dos diálogos: Uno entre Jesús y los discípulos y otro entre Jesús y las hermanas de Lázaro.

En el primer diálogo la resistencia a comprender por qué Jesús, amando tanto a Lázaro, no corre a sanarlo y evitar su muerte, y en el segundo diálogo, la insensibilidad del maestro ante lo sucedido.

Sin embargo, en la totalidad del evangelio de San Juan, este fragmento tiene una importancia de fundamental vitalidad pues mostrará la prefiguración de la resurrección de Jesús. Veamos algunos detalles.

 La situaciónLas acciones de JesúsEl sentido teológico
Jn 11,3-4“Señor, aquel a quien tú quieres está enfermo”“Esta enfermedad no es de muerte, es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella”Una tensión interna del relato en el que Jesús quiere convertir el sentido de la enfermedad y la muerte.
Jn 11,4“Lázaro está muerto”“Me alegra que ustedes no hayan estado allí para que crean”Jesús apela al recurso de la fe con el cual se ha de leer lo que está sucediendo
Jn 11,20Marta salío al encuentro del maestro“Tu hermano resucitará en la resurrección”La promesa de Jesús y la convicción de Marta de que en Jesús, está la respuesta a la muerte de Lázaro
Jn 11,25-26 “Yo soy la resurrección. El que cree en mí, aunque muera vivirá; y todo el que cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?”La pedagogía de la pregunta. ¿Creemos en la resurrección, o el corazón se estanca en la realidad de la muerte?
Jn 11,29María estaba sentada. “Si hubieras estado aquí nada de esto habría pasado”“Jesús se conmovió viendo la tristeza de María”Incredulidad, cuestionamientos al mismo Jesús por su indiferencia y aparente silencio. Estaba “sentada”. expresión propia del dolor humano.
Jn 11,39El muerto ya huele mal“¿No te he dicho que si crees verás la gloria de Dios?”Es el sentido de la pascua. Ver la gloria de Dios que no es posible contemplar totalmente en la terrenalidad
Jn 11,43Quitan la piedra del sepulcro“¡Sal afuera!”Ha dejado para siempre la oscuridad. Volvió a la luz: la resurrección.

El texto de Juan, da un paso más respecto al sentido cristiano y creyente de la enfermedad: es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado. Cuánto es glorificado Dios gracias a un enfermo. Las familias se unen, la oración surge, la solidaridad y la caridad se enardece en los corazones, se reconoce la finitud de la vida temporal, y se abre la dimensión de la vida a la trascendencia. No hay nada que construya tanta comunidad como un enfermo. Ellos salvan y construyen reino de Dios.

Evidentemente sucede muchas veces lo que le sucedió a María la hermana de Lázaro. Nos entristecemos, no tenemos energías, el alma se arruga y la debilidad nos controla cada vez más. Empieza entonces la pelea con Dios, las preguntas, las dudas, los cuestionamientos y las palabras duras contra Dios porque ha sido el gran ausente, el indiferente, el distante. Dice que nos ama y nos hace sufrir.

Pero Jesús es claro. Sólo Él y la persona en lo más profundo de la onticidad pueden recorrer este camino de fe, allí, en el lugar íntimo que existe sólo entre Dios y el enfermo, entre Dios y el que sufre, entre Dios y el que agoniza, entre Dios y su criatura.

Todo sucede entre dos y sólo entre dos existen las respuestas. ¿Crees esto? (Jn 11,26). Creer no significa aceptar a las malas las circunstancias, porque ello lastima aún más el corazón humano. Creer es permitirle al Espíritu que nos enseñe a entender que hay un espacio de intimidad entre el creyente y Dios al que nadie más puede acceder.

Es en ese espacio íntimo y muy profundo donde la razón de todo lo que sucede tiene valor, sentido, sabor al Espíritu.

En ese espacio tan hondo, donde sólo existen “dos”, Jesús va preparando al cristiano, no para que finalice su vida, sino para prepararle al encuentro definitivo con Él, donde viviremos para siempre, contemplando lo inimaginablemente bello, y gozando de una alegría y paz sin fin, que sólo es pregustado en la Eucaristía que nos anuncia todo lo grande y ardientemente esperado hasta el momento de la Alianza definitiva.

Del sufrimiento y el dolor, a la Pascua de la resurrección.

[Ya nos decía San Agustín:

Los cuarenta días anteriores a la Pascua simbolizan este tiempo de nuestra miseria y nuestros gemidos, si hay quien tenga una esperanza por la que valga la pena gemir; en cambio, el tiempo de la alegría que tendrá lugar después, del descanso, de la felicidad, de la vida eterna y del reino sin fin que aún no ha llegado, está simbolizado en estos cincuenta días en que cantamos las alabanzas de Dios.

Dos tiempos tenemos con valor simbólico: uno anterior a la resurrección del Señor y otro posterior; uno en el que nos hallamos y otro en el que esperamos estar en el futuro.

Aleluya. ¿Qué significa el Aleluya? Alabad al Señor. Por eso en estos días posteriores a la resurrección se repiten en la Iglesia las alabanzas de Dios: porque después de nuestra resurrección también será perpetua nuestra alabanza]

Como cristianos, no creemos en la muerte, no celebramos la muerte, no ha vencido la muerte, por el contrario, la muerte ha sido vencida. Quien cree en Cristo, ¡vivirá! (Jn 11,25).

Quien tiene su mirada fijada no en la muerte como el final de todo, sino en la resurrección como fin último de todo, no sufre mortalmente la angustia o la desesperación pues sabe que todo tiene un fin para la eternidad y la resurrección en Cristo. Cuánto sufrimiento se evitarían los cristianos si su mirada estuviera fijada en la eternidad. Nada de este mundo importaría ya.

LA RESURRECCIÓN EN LA PALABRA DE DIOS, LA LITURGIA DE LA IGLESIA Y LOS PADRES

La Palabra de Dios, la liturgia, los padres de la Iglesia, (en un camino nada corto, lleno de riqueza en el Espíritu y con gran tradición pedagogía), nos van abriendo los horizontes de la razón para interiorizar lo que es la Vida eterna e ir comprendiendo este misterio tan grande e inabarcable de nuestra fe.

Una vez más permitamos que ellos, Palabra de Dios, Iglesia y los padres de la Iglesia nos hablen por sí mismos y que generen en el corazón de cada uno el discernimiento que inspire el Espíritu.

N.B: Aquí me tomo el atrevimiento de poner en cursiva, algunas palabras o expresiones que pueden ayudarnos a crear nuestra propia autopista hacia la comprensión de la resurrección de Jesús, de modo que, cada uno haga su propia síntesis, y adquiera sus propios artilugios espirituales que le lleven a prepararse, lo insistimos, no para un final, sino para un encuentro definitivo. 

La voz de la Palabra de Dios

Busquen los bienes de allá arriba…aspiren a los bienes de arriba, no a los de la tierra, porque han muerto; y su vida está con Cristo escondida con Dios (Col 3,1-4.);

Vio la losa quitada del sepulcro… los lienzos tendidos… Él había de resucitar de entre los muertos. (Jn 20,1-9);

Dios lo resucitó, liberándole de los dolores de la muerte, porque la muerte no podía tenerle dominado. El rey David, refiriéndose a Jesús, dijo: ‘Yo veía siempre al Señor delante de mí; con él a mi derecha, nada me hará caer. Por eso se alegra mi corazón y mi lengua canta llena de gozo. Todo mi ser vivirá confiadamente, porque no me dejarás en el sepulcro. Me mostraste el camino de la vida y me llenarás de alegría con tu presencia. (Cf Hch 2,24-28).

No me entregarás a la muerte. Me enseñarás el sendero de la vida, me saciarás de gozo en tu presencia, de alegría perpetua a tu derecha S. 15;

Plata y oro no tengo; pero lo que tengo te lo doy; en el nombre de Jesucristo Nazareno, levántate y anda. (Hch 3,1-10).

¡Conversaban y discutían, Jesús en persona se acercó y caminando siguió con ellos…! ¡Él está vivo! qué duros de entendimiento son ustedes… ¿Quédate que es tarde y ya va a anochecer … no es cierto que, a lo largo del camino, iba él encendiendo el fuego en nuestro corazón con sus palabras? (Lc 24,13-35);

Con gran fuerza los apóstoles daban testimonio de la resurrección del señor Jesús (Hch 32-37);

La santidad es el adorno de tu casa (S. 92).

Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo? Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo. De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna”. (Jn 3,7b-15)

El Señor es mi luz y mi salvación, ¿a quién temeré? (S.27)

Una cosa pido al Señor, eso buscaré: habitar en la casa del Señor por los días de mi vida; gozar de la dulzura del Señor, contemplando su templo. (S.26);

El Señor te guarda, el guarda tu alma, el Señor guarda tus entradas y salidas, ahora y por siempre (S.120).

Tú reduces el hombre a polvo, diciendo: Retornad hijos de Adán. Mil años en tu presencia son un ayer, que pasó; una vigilia nocturna… aunque uno viva sesenta años y el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil, porque pasan a prisa y vuelan (S.89).

Sostenme con tu promesa y viviré; que no quede defraudada mi esperanza (S.118);

Esta es mi mansión por siempre, aquí viviré, porque la deseo (S.131);

No amaron tanto la vida que temieran la muerte. Por esto, estad alegres, cielos, y los que moráis en sus tiendas (Ap 12,10b-12); Para mí la vida es Cristo, y la muerte una ganancia (Flp 1,21); Yo esperaba con ansia al Señor (S.39).

Como busca la cierva corriente de agua, así mi alma te busca a ti, Dios mío; tiene sed de Dios, del Dios vivo: ¿cuándo entraré a ver el rostro de Dios? Espera en Dios, que volverás a alabarlo, Salud de mi rostro, Dios mío.» (S. 41)

¿Cómo es que decía alguno que los muertos no resucitan? Si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana sería vuestra fe. Y somos convictos de falsos testigos de Dios porque hemos atestiguado contra Dios que resucitó a Cristo, a quien no resucitó, si es que los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo ha resucitado.

Si Cristo no ha resucitado, vuestra fe no tiene sentido, ¡Pero no! Cristo resucitó de entre los muertos: el primero de todos.

Lo mismo que por un hombre hubo muerte, por otro hombre hay resurrección de los muertos, y lo mismo que en Adán todos mueren, en Cristo todos serán llamados de nuevo a la vida (1Cor 15,12-34).

Os voy a declarar un misterio: No todos moriremos, pero todos nos veremos transformados…porque resonará, y los muertos despertarán incorruptibles y nosotros nos veremos transformados ¿Dónde está, muerte, tu victoria? ¿Dónde está, muerte, tu aguijón?» ¡Demos gracias a Dios, que nos da la victoria por nuestro Señor Jesucristo! (1Cor 15,51-56).

Sé que mi Redentor vive y que en el último día yo resucitaré de la tierra; y en mi carne veré a Dios, mi salvador, a quien yo mismo veré y no otro y mis ojos lo contemplarán. Y en mi carne veré a Dios, mi salvador. (Cf. Jb 19, 25. 26. 27)

No lloréis por el muerto, ni os lamentéis por él. Pues si creemos que Jesús ha muerto y resucitado, del mismo modo a los que han muerto en Jesús, Dios los llevará con él.  (1Ts 4, 13-14; Jr 22,10).

Hazme oír el gozo y la alegría, que se alegren los huesos quebrantados, no me arrojes lejos de tu rostro, Devuélveme la alegría de tu salvación. Me has curado, me has hecho revivir, la amargura se me volvió paz cuando detuviste mi alma ante la tumba vacía. (S. 50).

¡Señor, no tardes! (S.69); Levanto mi alma hacia ti; (S. 85);

Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera, porque la justicia es inmortal. (Sb 1,13-14a.15).

Aunque camine por cañadas oscuras, nada temo. Porque tú, Señor. vas conmigo. (S. 22);

Él guarda tu alma (S.120);

Mi alma espera en el Señor, espera en su palabra; mi alma aguarda al Señor, más que el centinela la aurora. (S. 129).

La voz de la liturgia de la Iglesia

  • Que la celebración de estas fiestas pascuales encienda en nosotros los deseos de las cosas celestiales, para que podamos llegar con el alma purificada a las fiestas de la eterna claridad. (De la oración colecta de la vigilia pascual).
  • La luz de Cristo que resucita glorioso, disipe las tinieblas del corazón y del espíritu. (Al encender el cirio pascual con el fuego).
  • Que quienes por el bautismo son sepultados con Cristo en su muerte, resuciten a la vida con Él. (Al introducir el cirio pascual en la pila bautismal).
  • Vencedor de la muerte, nos abriste en este día las puertas de la eternidad. Concédenos…que lleguemos también nosotros a resucitar a la luz de la vida. (Oración colecta Domingo de Resurrección).
  • Lucharon vida y muerte, en singular batalla, y muerto el que es la Vida, triunfante se levanta…. Resucitó de veras mi amor y mi esperanza; Vengan a Galilea, allí el Señor aguarda; allí verán los suyos la gloria de la Pascua.  Primicia de los muertos, sabemos por su gracia que estás resucitado; la muerte en ti no manda. (Secuencia de la Pascua).
  • Dios de Dios, Luz de Luz … de la misma naturaleza del Padre… y resucitó al tercer dia… Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro…Creo en la resurrección y en la vida eterna. (Credo de Nicea).
  • Nuestra fe nos conforta y nos asegura que Cristo vive eternamente y que su amor es más fuerte que la misma muerte. (Monición misa de exequias).
  • Derramamos el agua sobre su cuerpo recordando su bautismo y como reconocimiento de la vida eterna que selló definitivamente a este hermano nuestro como hijo de Dios. (Aspersión del agua en la misa exequial).
  • Nos reconforta la esperanza de que resucitará en Cristo en el último día. (Rito de despedida).
  • En Él brilla la esperanza de nuestra feliz resurrección… nos consuela la promesa de la futura inmortalidad. Porque la vida de los que en ti creen no termina, se transforma; y al deshacerse nuestra morada terrenal, nos preparas una morada eterna en el cielo. (Prefacio de los difuntos I)
  • Muriendo destruyó nuestra muerte, y resucitando restauró la vida. (Prefacio Pascua I).
  • Por Cristo los hijos de la luz nacen a la vida eterna, y las puertas del Reino de los cielos se abren para tus fieles. Porque con su muerte fue redimida nuestra muerte, y en su gloriosa resurrección, resucitó nuestra vida (Prefacio de Pascua II).
  • Él no cesa de ofrecerse por nosotros, y ante ti intercede siempre; inmolado, no vuelve a morir, y aunque sacrificado, está vivo siempre (Prefacio de Pascua III).
  • En él fue destruida nuestra antigua situación de pecado, se reconstruye todo lo caído, y se nos restablece en plenitud la salvación y la vida (Prefacio de Pascua IV)

Plegaria eucarística II

Recuerda a tu hijo (hija) N.,

a quien llamaste (hoy)

de este mundo a tu presencia;

concédele que,

así como ha compartido ya

la muerte de Jesucristo,

comparta también con él

la gloria de la resurrección.

Plegaria eucarística III

Recuerda a tu hijo (hija) N. a quien llamaste [hoy] de este mundo a tu presencia: concédele que, así como ha compartido ya la muerte de Jesucristo comparta, también, con él la gloria de la resurrección, cuando Cristo haga surgir de la tierra a los muertos, y transforme nuestro cuerpo frágil en cuerpo glorioso como el suyo.

  • Y a nuestros hermanos difuntos y a cuantos murieron en tu amistad recíbelos en tu reino, donde esperamos gozar todos juntos de la plenitud eterna de tu gloria; allí enjugarás las lágrimas de nuestros ojos, porque, al contemplarte como tú eres, Dios nuestro, seremos para siempre semejantes a ti y cantaremos eternamente tus alabanzas.
  • Ya no habrá más muerte, ni luto, ni llanto, ni dolor, porque el primer mundo ha pasado (Ap 21,4). (Antífona de entrada aniversario pascual)
  • Tu sierva que creyó en el misterio de nuestra resurrección, y concédele alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. (Oración colecta aniversario pascual)

Del himno del oficio de lectura que se reza por un difunto

La suerte es morir cada día que se vive…

…Pero el hombre, Señor, la vida quiere; toda muerte es en él noche y tiniebla, toda vida es amor que le sugiere la esperanza feliz de vida eterna.

Cuando llega la muerte, poco muere; la vida, hija de Dios, abre su encanto: «La niña no está muerta, sólo duerme.»

Del himno de Laudes que se reza por un difunto

Lazos de muerte a todos nos alcanzan, las redes del abismo nos envuelven, pueblos enteros lentamente avanzan, y todos los que van ya nunca vuelven.

Alza tu voz, Jesús resucitado;

detente, caravana de la muerte,

mira al Señor Jesús, él ha pagado

el precio del rescate de tu suerte.

De las preces de la liturgia de las horas por los fieles difuntos

  • Dueño de la vida y de la muerte, escúchanos.
  • Señor Jesús, haz que nuestro hermano (nuestra hermana) que ha pasado ya de este mundo a tu reino se alegre con júbilo eterno en tu presencia y se llene de gozo en la asamblea de los santos…y que habite en tu casa por años sin término…Condúcelo (Condúcela) hacia las fuentes tranquilas de tu paraíso… y hazlo (hazla) recostar en las praderas verdes de tu reino.
  • Padre santo, ya que por el bautismo hemos sido sepultados con Cristo en la muerte y con él hemos resucitado, haz que de tal forma andemos en vida nueva que aún después de nuestra muerte vivamos para siempre con Cristo.

De las oraciones finales que se rezan en la liturgia de las horas por los fieles difuntos

  • Escucha, Señor, nuestras súplicas y haz que, al proclamar nuestra fe en la resurrección de tu Hijo, se avive también nuestra esperanza en la resurrección de nuestros hermanos… Pues creyó en la futura resurrección, merezca alcanzar los gozos de la eterna bienaventuranza. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo… llévalo (llévala) contigo a la patria de la luz… que pueda contemplarte a ti, su Creador y Redentor.
  • Por intercesión de santa María, la Virgen, y de todos los santos, concede a nuestros hermanos, familiares y bienhechores que han salido ya de este mundo, alcanzar la eterna bienaventuranza.

Del himno de la hora intermedia

Dejad que el grano se muera

y venga el tiempo oportuno:

dará cien granos por uno

la espiga de primavera…

…si Cristo ha resucitado,

¡resucitarán los muertos! Amén.

Del himno de las vísperas de la liturgia de las horas por un fiel difunto

¿Cuándo, Señor, tendré el gozo de verte?

¿Por qué para el encuentro deseado

tengo que soportar, desconsolado,

el trágico abandono de la muerte?

Padre mío, ¿me has abandonado?

Encomiendo mi espíritu en tus manos.

Los dolores de muerte sobrehumanos

dan a luz el vivir tan esperado.

Se acabaron la lucha y el camino,

y, dejando el vestido corruptible,

revistióme mi Dios de incorruptible.

Himno del oficio de lectura en conmemoración de todos los fieles difuntos

Tú, Señor, que asumiste la existencia,

la lucha y el dolor que el hombre vive,

no dejes sin la luz de tu presencia

la noche de la muerte que lo aflige.

Te rebajaste. Cristo, hasta la muerte,

y una muerte de cruz, por amor nuestro;

así te exaltó el Padre, al acogerte,

sobre todo poder de tierra y cielo.

Para ascender después gloriosamente,

bajaste sepultado a los abismos;

fue el amor del Señor omnipotente

más fuerte que la muerte y su sino.

Primicia de los muertos, tu victoria

es la fe y la esperanza del creyente,

el secreto final de nuestra historia,

abierta a nueva vida para siempre.

Cuando la noche llegue y sea el día

de pasar de este mundo a nuestro Padre,

concédenos la paz y la alegría

de un encuentro feliz que nunca acabe. Amén.

De la liturgia de las horas, hora sexta

Y tanto se apresura

A zaga de la huella del Amado,

Que en Él se transfigura,

Y el cuerpo anonadado

Ya está por el amor resucitado.

Aquí la Iglesia canta

La condición futura de la historia

Y el cuerpo se adelanta

En esta humilde gloria

A la consumación de su victoria

EL PREGÓN PASCUAL

Este es el himno más hermoso que cantamos cuando se ha encendido el cirio pascual en la noche de la Vigilia de la resurrección. Su contenido es precioso y no sólo narra amorosamente lo que ha significado el camino de Cristo desde la Cruz hasta la Luz, sino que de algún modo narra, lo que a nosotros nos espera en la resurrección de Jesús.

Exulten por fin los coros de los ángeles,

exulten las jerarquías del cielo,

y por la victoria de Rey tan poderoso,

que las trompetas anuncien la salvación.

Goce también la tierra,

inundada de tanta claridad,

y que, radiante con el fulgor del Rey eterno,

se sienta libre de la tiniebla,

que cubría el orbe entero.

Alégrese también nuestra madre la Iglesia,

revestida de luz tan brillante;

Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre

la deuda de Adán

y, derramando su sangre,

canceló el recibo del antiguo pecado.

Ésta es la noche

en que la columna de fuego

esclareció las tinieblas del pecado.

Ésta es la noche

en que, por toda la tierra,

los que confiesan su fe en Cristo

son arrancados de los vicios del mundo

y de la oscuridad del pecado,

son restituidos a la gracia

y son agregados a los santos.

Ésta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte,

Cristo asciende victorioso del abismo.

¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!

¡Qué incomparable ternura y caridad!

¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

¡Qué noche tan dichosa!

Sólo ella conoció el momento

en que Cristo resucitó de entre los muertos.

Ésta es la noche

de la que estaba escrito:

«Será la noche clara como el día,

la noche iluminada por mí gozo.»

Y así, esta noche santa

ahuyenta los pecados,

lava las culpas,

devuelve la inocencia a los caídos,

la alegría a los tristes,

expulsa el odio,

trae la concordia,

doblega a los poderosos.

Y aunque distribuye su luz,

no mengua al repartirla,

¡Qué noche tan dichosa

en que se une el cielo con la tierra,

lo humano y lo divino!

Te rogarnos, Señor, que este cirio,

consagrado a tu nombre,

arda sin apagarse

para destruir la oscuridad de esta noche,

Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo,

ese lucero que no conoce ocaso

y es Cristo, tu Hijo resucitado.

La voz de los padres de la Iglesia

San Atanasio: Cristo transforma este cuerpo nuestro[8].

Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos.

Por tanto, los muertos, de los cuales es Señor aquel que volvió a la vida, ya no están muertos, sino que viven; Así pues, resucitados y liberados de la corrupción, ya no volverán a experimentar la muerte, sino que tendrán parte en la resurrección de Cristo, se siembra un cuerpo natural, resucita un cuerpo espiritual, es decir, un cuerpo transfigurado a imitación de la gloriosa transfiguración de Cristo, transfigurará este miserable cuerpo nuestro en un cuerpo glorioso como el suyo.

Si la transfiguración es una transformación en cuerpo espiritual, si este cuerpo espiritual es a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo, de ahí se sigue que Cristo resucitó con un cuerpo espiritual; y este cuerpo es el mismo que fue sembrado en vileza, el mismo que ha sido cambiado en un cuerpo lleno de gloria.

De las Cartas de san Braulio de Zaragoza, obispo[9]

Cristo Resucitado, esperanza de los creyentes

Cristo, esperanza de todos los creyentes, a los que se van de este mundo los llama durmientes, no muertos, ya que dice: Nuestro amigo Lázaro duerme…por la luz de esta misma fe, que ni él murió, ni nosotros moriremos.

Así pues, debe animarnos esta esperanza de la resurrección, porque volveremos a ver más tarde a los que ahora hemos perdido; ¡Oh muerte, yo seré tu muerte! …Pero bástenos ahora la esperanza de la resurrección y el fijar nuestros ojos en la gloria de nuestro Redentor, en el cual, por la fe, nos consideramos ya resucitados, según dice el Apóstol: Si verdaderamente hemos muerto con Cristo, creemos que también viviremos con él. No nos pertenecemos a nosotros mismos.

San Agustín[10]: El día y la noche

Permanezcamos en vela recordando su muerte y alegrémonos acogiendo su resurrección. Llorando lo primero y gozándonos de lo segundo, estamos llenos de alegría.

…Permanezcamos en vela, pues, amadísimos, puesto que la sepultura de Cristo se prolongó hasta esta noche, para que en esta misma noche tuviera lugar la resurrección de la carne que entonces, cuando estaba en el madero, fue objeto de burlas y ahora es adorada en cielo y tierra.

…Tú iluminarás mis tinieblas concede la luz a nuestros corazones para que, del mismo modo que, con deleite para los ojos, vemos el esplendor de estas lámparas, así veamos también, iluminada la mente, el sentido de esta noche tan brillante.

…En aquella vida por la consecución de cuyo descanso todos nos fatigamos, vida que nos promete la verdad para después de la muerte de este cuerpo o también para el final de este mundo, en la resurrección, nunca hemos de dormir, como tampoco nunca moriremos.

¿Qué otra cosa es el sueño sino una muerte cotidiana que ni del todo saca al hombre de aquí ni le retiene por largo tiempo? ¿Y qué otra cosa es la muerte sino un sueño largo y muy profundo, del que el hombre es despertado por Dios? Por tanto, donde no llega muerte ninguna, tampoco llega el sueño, su imagen.

Despojémonos, pues, de las obras de las tinieblas y revistámonos de las armas de la luz. A quien hemos cantado en esta vigilia un poco más larga, nos concederá reinar con él en la vida sin fin.

Santo Tomás: Sobre la resurrección de Cristo

Yo soy la resurrección, ha de entenderse: yo soy la causa de la resurrección. Y en verdad Cristo es la causa total de nuestra resurrección…Porque él es la vida, conserva a los vivientes en la vida. Por eso dice: Y todo aquél que vive y cree en mí, con la vida de justicia, de la cual dice Habacuc: El justo en su fe vivirá (Hab 2,4), no morirá jamás.

El poema de Teresa de Jesús

Vivo sin vivir en mí,

y tan alta vida espero,

que muero porque no muero.

Vivo ya fuera de mí,

después que muero de amor;

porque vivo en el Señor,

que me quiso para sí:

cuando el corazón le di

puso en él este letrero,

que muero porque no muero.

Esta divina prisión,

del amor en que yo vivo,

ha hecho a Dios mi cautivo,

y libre mi corazón;

y causa en mí tal pasión

ver a Dios mi prisionero,

que muero porque no muero.

¡Ay, qué larga es esta vida!

¡Qué duros estos destierros,

esta cárcel, estos hierros

en que el alma está metida!

Sólo esperar la salida

me causa dolor tan fiero,

que muero porque no muero.

¡Ay, qué vida tan amarga

do no se goza el Señor!

Porque si es dulce el amor,

no lo es la esperanza larga:

quíteme Dios esta carga,

más pesada que el acero,

que muero porque no muero.

Sólo con la confianza

vivo de que he de morir,

porque muriendo el vivir

me asegura mi esperanza;

muerte do el vivir se alcanza,

no te tardes, que te espero,

que muero porque no muero.

Mira que el amor es fuerte;

vida, no me seas molesta,

mira que sólo me resta,

para ganarte perderte.

Venga ya la dulce muerte,

el morir venga ligero

que muero porque no muero.

Aquella vida de arriba,

que es la vida verdadera,

hasta que esta vida muera,

no se goza estando viva:

muerte, no me seas esquiva;

viva muriendo primero,

que muero porque no muero.

Vida, ¿qué puedo yo darle

a mi Dios que vive en mí,

si no es el perderte a ti,

para merecer ganarle?

Quiero muriendo alcanzarle,

pues tanto a mi Amado quiero,

que muero porque no muero

LA VISIÓN SALESIANA DE LA RESURRECCIÓN: ESCATOLOGÍA SALESIANA

Llegados a este punto ponemos la mirada en la lectura salesiana del sufrimiento y de la muerte, por tanto, también la perspectiva de la Resurrección de Cristo Buen Pastor. Para ello basta realizar la lectura de las constituciones de los salesianos y su proyecto de vida que sustraen de la Escritura, la tradición, la doctrina eclesial y la pedagogía divina todo cuanto expresan en ellas.

La síntesis de la perspectiva escatológica salesiana la podemos leer en tres de sus artículos, el 34, el 54 y el 94.

En el artículo 34 se expresa específicamente que se camina con los jóvenes (con todos los cristianos en general) para llevarlos a la persona del Señor resucitado, de modo que, descubriendo en Él y su Evangelio el sentido supremo de su propia existencia, crezcan como hombres nuevos. Por su parte el artículo 54 interpreta la muerte como la posibilidad de participar con plenitud en la Pascua de Cristo mientras que el artículo 94 recuerda que la fe en Cristo resucitado sostiene nuestra esperanza.

Concentramos la atención en el art 54. Y el comentario respectivo del documento proyecto de vida de los salesianos[11]

ART. 54 LA MUERTE DEL HERMANO

[La comunidad sostiene, con caridad y oración más intensas, al hermano enfermo de gravedad. Cuando llega la hora de dar a su vida consagrada la realización suprema, los hermanos le ayudan a participar con plenitud en la Pascua de Cristo.

La esperanza de, entrar en el gozo de su Señor ilumina la muerte del salesiano.[12] Y cuando un salesiano muere trabajando por las almas, la Congregación alcanza un gran triunfo.[13]

 El recuerdo de los hermanos difuntos une en la caridad que no acaba[14] a los que aún peregrinan con quienes ya descansan en, Cristo.

En tres párrafos, el artículo 54 desarrolla estas ideas:

—la comunidad sostiene al hermano en sus últimos días de vida;

—la esperanza ilumina la muerte del salesiano;

—después de su muerte el hermano sigue unido a los vivos mediante la caridad que no acaba.

 La comunidad, en torno al hermano enfermo de gravedad

Cuando se acerca la muerte de un hermano, todos los miembros de la comunidad reciben un llamamiento a una caridad más intensa. Es importante procurar que el hermano dé a los últimos momentos de su vida todo el valor que tienen.

La Regla estimula a la comunidad a estrecharse en torno al enfermo, para ayudarle a captar el significado profundo del misterio de su muerte de consagrado. El artículo subraya, sobre todo, dos aspectos.

La muerte de un religioso está vinculada directamente a su consagración religiosa. Sobre la base de la consagración bautismal, el día de su profesión «ofreció todo su ser» a Dios y a su servicio, comprometiéndose a ser fiel hasta el último momento de su vida. Ahora, en la última etapa de su fidelidad, se le invita a dar de nuevo a Dios la prueba extrema de amor y de abandono filial: es la realización suprema, el último «sí, Padre», el «consummatum est».

Hay también otro misterio que se realiza en él. Ser bautizado y comprometerse mediante la profesión quiere decir entrar en la Pascua del Señor, aceptar morir a sí mismo para renacer a la vida nueva del Resucitado. Al aproximarse el momento de la muerte, tal participación logra su plenitud: se trata de morir del todo, uniendo el propio sacrificio al de Jesús crucificado, para vivir íntegramente la vida de Jesucristo el Señor.

A fin de que el salesiano obtenga la gracia de mantenerse en esta perspectiva de fe, las Constituciones invitan a todos los miembros de la comunidad a ayudarle con caridad más intensa en aquellos momentos decisivos de su existencia.

Significado de la muerte del salesiano

Don Bosco hablaba mucho de la muerte a sus hermanos y jóvenes. Con sentido de la realidad, los «entrenaba» todos los meses en la «buena muerte», enseñándoles a morir al pecado para estar en condiciones de recibir un día la muerte con el gozo de la amistad divina. El salesiano, pues, tiene un título especial para mirar la muerte con serenidad.

Pero ahora el párrafo del artículo orienta decididamente al salesiano a mirar la muerte a la luz de la realidad apostólica de su vida, pues ha vivido sirviendo a Dios en sus hermanos jóvenes. Espera, por tanto, oír que le diga: «Eres un empleado fiel y cumplidor … pasa al banquete de tu Señor» (Mt 25, 23).

Es lo que aseguraba Don Bosco, quien habla a sus hermanos del premio que les está reservado e indica el paraíso como lugar de cita para sus hijos, meta hacia la que tiende todo el trabajo, momento de reposo.[15] Da a los primeros misioneros este recuerdo: «No olvidemos, en las fatigas y en los sufrimientos, que nos espera un gran premio en el cielo». [16]

El texto reproduce otra frase célebre de Don Bosco, aquella en que hace coincidir el buen resultado de la existencia de un salesiano fiel a su misión con el triunfo de la Congregación: «Cuando suceda que un salesiano sucumba y deje de vivir trabajando por las almas, decid que nuestra Congregación ha alcanzado un gran triunfo; sobre ella descenderán, copiosas, las bendiciones del cielo».[17]

El salesiano no se jubila nunca, aunque algunos seguros sociales le ofrecen posibilidad. Trabaja «por las almas» mientras tenga fuerzas para ello, dispuesto a sucumbir en esta labor.

Es la aplicación suprema del «da mihi ánimas, cétera tolle»: ¡Señor, quítame incluso este descanso final al que aspira todo hombre, si con mi trabajo puedo hacer bien a alguna alma! El artículo 54 se une, así, al primer artículo de la Regla, donde se incluía esta otra frase de Don Bosco: «Tengo prometido a Dios que incluso mi último aliento será para mis pobres jóvenes». El salesiano es apóstol hasta el final, y muere como apóstol, coherente con la exhortación de nuestro Padre: «Descansaremos en el paraíso”.[18]

La comunión de los santos

El artículo 9 recordaba a nuestros patronos y protectores celestiales. El artículo 54 termina mencionando nuestra comunión con los hermanos difuntos, que se efectúa no sólo en la oración, como dirá el artículo 94, sino también en el vínculo permanente de la caridad.

El texto se inspira en el número 49 de Lumen Gentium: «Todos … vivimos unidos en una misma caridad para con Dios y para con el prójimo, y cantamos idéntico himno de gloria a nuestro Padre, pues todos los que son de Cristo, por poseer su Espíritu, constituyen una misma Iglesia y mutuamente se unen en él (cf. Ef 4, 16).

La unión de los viadores con los hermanos que se durmieron en la paz de Cristo, de ninguna manera se interrumpe, antes bien … se robustece con la comunicación de bienes espirituales». La lectura diaria del necrologio (cf. Reglam. 47) no debe llevarnos únicamente a recordar a los hermanos conocidos, sino que debe avivar nuestra comunión actual con ellos en Jesús resucitado. Nuestras relaciones con la Jerusalén celestial resultan así muy fecundas para nuestra vocación y para la misma vida de comunidad].

Esta perspectiva escatológica salesiana se alimenta de un ejercicio educativo, pedagógico y espiritual fundamental en la educación y tradición salesiana: el ejercicio de la buena muerte. Se la leído bien, la “buena” muerte, pues Don Bosco la comprendió como el paso definitivo, el culmen teológico, el iceberg del que hacer educativo – pastoral de su obra. Para interiorizarlo, presentamos un fragmento del P. Giraudo.

EL EJERCICIO DE LA BUENA MUERTE EN LA EXPERIENCIA EDUCATIVA DE DON BOSCO[19]

Por P. Aldo GIRAUDO

El ejercicio de la buena muerte en las instituciones salesianas y la tradición secular de las Praeparationes ad mortem

Desde los comienzos del Oratorio establecido en Valdoco (1846-47), Don Bosco propuso a los jóvenes el ejercicio mensual de la buena muerte como medio ascético destinado a estimular -a través de una visión cristiana de la muerte- una actitud constante de conversión y superación de las limitaciones personales y a asegurar, mediante una confesión y una comunión bien hechas, las condiciones espirituales y psicológicas favorables para un camino fecundo de vida cristiana y la construcción de las virtudes, en dócil cooperación con la acción de la gracia de Dios.

Esta práctica se realizaba entonces en la mayoría de las parroquias, instituciones religiosas y educativas. Era para el pueblo el equivalente del retiro mensual. En los Oratorios Salesianos se celebraba el último domingo de cada mes, y consistía, como leemos en la Regla, “en una cuidadosa preparación, a fin de hacer una buena confesión y comunión, y reparar cosas espirituales y temporales, como si estuviéramos al final de la vida”.[1]

El ejercicio se convirtió en una práctica común en todas las instituciones educativas salesianas. En los colegios e internados se realizaba el último día del mes, en común entre educadores y muchachos.[2] 

Las propias Constituciones Salesianas, desde el primer borrador, establecieron su normatividad: “El último día de cada mes será un día de retiro espiritual, en el que, dejando en lo posible los asuntos temporales, cada uno se recogerá en sí mismo, hará el ejercicio de la buena muerte, disponiendo las cosas espirituales y temporales, como si fuera a dejar el mundo y partir hacia la eternidad”.[3]

El procedimiento era sencillo. Los muchachos, reunidos en la capilla, pronunciaban comunitariamente las fórmulas propuestas en el Joven Instruido, que proporcionaban el significado espiritual y teológico esencial de la práctica.

En primer lugar, se recitaba la oración del Papa Benedicto XIII “para implorar a Dios la gracia de no morir de muerte súbita” y obtener, por los méritos de la pasión de Cristo, no ser sacado “tan pronto de este mundo”, para tener aún un suficiente “espacio de penitencia” y prepararse a “un feliz y gracioso tránsito […], para amarte [Señor Jesús] con todo mi corazón, alabarte y bendecirte para siempre”.

A continuación se leía la oración a San José para implorar “el pleno perdón” de los propios pecados, la gracia de imitar sus virtudes, de caminar “siempre por el camino que conduce al Cielo” y de ser defendido “de los enemigos del alma en ese último momento de la vida; para que confortado por la dulce esperanza de volar […] a poseer la gloria eterna en el Paraíso, pueda expirar pronunciando los santísimos nombres de Jesús, José y María”.

Por último, un lector enunciaba las letanías de la buena muerte, a cada una de las cuales se respondió con la jaculatoria “Jesús misericordioso, ten piedad de mí”.[4] Al ejercicio devocional siguió la confesión personal y la comunión “general”. Para la ocasión se invitaba a confesores “extraordinarios”, de modo que todos tuvieran la oportunidad y la plena libertad de dirimir asuntos de conciencia.


            Los religiosos salesianos, además de las oraciones recitadas en común con los alumnos, hacían un examen de conciencia más articulado. El 18 de septiembre de 1876, Don Bosco explicó a los discípulos cómo hacerlo fructífero:

“Será útil comparar mes a mes: ¿obtuve beneficios en este mes, o hubo retroceso en mí? Luego pase a los detalles: en esta virtud, en esta virtud, ¿cómo me comporté?

Y sobre todo repasemos lo que constituye el objeto de los votos y las prácticas de piedad: con respecto a la obediencia, ¿Cómo me he comportado? ¿He progresado? Por ejemplo, ¿hice aquella asistencia que se me encomendó? ¿Cómo la hice?

¿En esa escuela cómo me comprometí? En cuanto a la pobreza, ya sea en ropa, comida, celda, ¿tengo algo que no sea pobre? ¿he deseado la glotonería? ¿me he quejado cuando me faltaba algo? Pasemos luego a la castidad: ¿no he dado lugar en mí a malos pensamientos? ¿me he desprendido cada vez más del amor de los parientes? ¿me he mortificado en la gula, la apariencia, etc.?

Y así revisar las prácticas de piedad y notar especialmente si hubo tibieza ordinaria, si las prácticas se realizaban con calma.

Este examen, ya sea más largo o más corto, debe hacerse siempre. Puesto que hay varios que tienen ocupaciones de las que no pueden eximirse en ningún día del mes, será lícito mantener estas ocupaciones, pero que cada uno en dicho día haga a su [manera] llevar a cabo estas consideraciones y tomar buenas resoluciones especiales”.[5]

Se trataba, por tanto, de estimular el seguimiento regular de la propia vida en función perfectiva. Esta función primordial de estímulo y apoyo al crecimiento virtuoso explica por qué Don Bosco, en la introducción a las Constituciones, llegó a afirmar que la práctica mensual de la buena muerte, junto con los ejercicios espirituales anuales, constituye “la parte fundamental de las prácticas de piedad, la que en cierto modo las engloba a todas”, y concluía diciendo:

“Creo que puede decirse que la salvación de un religioso está asegurada si cada mes se acerca a los santos sacramentos y ajusta los aspectos de su conciencia, como si tuviera que partir de esta vida para la eternidad”.[6]


            Con el tiempo, el ejercicio mensual se fue perfeccionando, como leemos en una nota insertada en las Constituciones promulgadas por el P. Michael Rua tras el 10º Capítulo General:

“a. El ejercicio de la buena muerte debe hacerse en común, y además de lo que prescriben nuestras Constituciones, deben tenerse en cuenta estas reglas:

I) Además de la meditación habitual por la mañana, se ha de hacer otra media hora de meditación por la tarde, y esta meditación ha de tratar sobre algún novísimo;

II) Se ha de hacer como una revisión mensual de la conciencia, y la confesión de ese día ha de ser más precisa de lo habitual, como si de hecho fuera la última de la vida, y se ha de recibir la Sagrada Comunión.

III) Después de la misa y de las oraciones habituales, se recitarán las oraciones indicadas en el manual de piedad;

IV) Se reflexionará durante al menos media hora sobre los progresos o retrocesos que se han hecho en la virtud durante el mes pasado, especialmente en lo que se refiere a las intenciones hechas en los ejercicios espirituales, la observancia de las Reglas, y se tomarán resoluciones firmes para una vida mejor;

V) Ese día deberán releerse todas, o al menos parte, de las Constituciones de la Pía Sociedad;

VI) También será bueno elegir un santo patrón para el mes que está a punto de comenzar.


            b. Si alguien no puede, debido a sus ocupaciones, hacer el ejercicio de la buena muerte en común, ni realizar todas las obras de piedad mencionadas, deberá, con el permiso del director, realizar sólo aquellas obras que sean compatibles con su empleo, posponiendo las demás para un día más conveniente”.[7]

            Estas indicaciones revelan una continuidad y una armonía sustanciales con la tradición secular de la preparatio ad mortem, ampliamente documentada por la producción de libros desde principios del siglo XVI.

Las llamadas evangélicas a una espera vigilante y operativa (cf. Mt 24:44; Lc 12, 40), a mantenerse preparado para el juicio que determinará el destino eterno de cada uno entre los “bienaventurados” o los “malditos” (Mt 25, 31-46), junto con la admonición cuaresmal “Memento, homo, quia pulvis es, et in pulverem reverteris”, a lo largo de los siglos han alimentado constantemente las consideraciones de maestros espirituales y predicadores.

Han inspirado representaciones artísticas, se han traducido en rituales, prácticas devotas y penitenciales, han sugerido intenciones y anhelos amorosos de comunión eterna con Dios.

También han suscitado temores, ansiedades, a veces angustias, según las sensibilidades espirituales y las visiones teológicas de las distintas épocas.

            Las eruditas reflexiones sapienciales del De praeparatione ad mortem de Erasmo y otros humanistas,[8] imbuidas de un genuino espíritu evangélico pero tan eruditas que parecían ejercicios retóricos, habían ido dejando paso entre el siglo XVII y principios del XVIII a las exhortaciones morales de los predicadores y las consideraciones meditativas de los espiritualistas.

Un panfleto del cardenal Giovanni Bona afirmaba que es la mejor preparación para la muerte remota, llevada a cabo a través de una vida virtuosa en la que se practica a diario el morir a uno mismo y huir de toda forma de pecado, para vivir según la ley de Dios en comunión orante con él[9] 

Instaba a la oración constante para obtener la gracia de una muerte feliz;

Sugirió dedicar un día al mes a prepararse cerca de la muerte en silencio y meditación, purificando el alma con una “confesión muy diligente y dolorosa”, tras un examen preciso del propio estado, y acercándose a la Comunión per modum Viatici, con intensa devoción;[10] 

Invitaba entonces a terminar el día imaginándose en el lecho de muerte, en el momento de su último instante:

“Renovarás más intensamente los actos de amor, de acción de gracias y de deseo de ver a Dios; pedirás perdón por todo; dirás: “Señor Jesucristo, en esta hora de mi muerte, pon tu pasión y tu muerte entre tu juicio y mi alma. Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu.

Ayudadme, santos de Dios, apresuraos, oh ángeles, a sostener mi alma y a ofrecerla ante el Altísimo” […]. Entonces te imaginarás que tu alma está siendo conducida al terrible juicio de Dios y que, por las oraciones de los santos, tu vida será prolongada para que puedas hacer penitencia: entonces, proponiéndote a la fuerza vivir más santamente, en el futuro te considerarás y te comportarás como muerto para el mundo y viviendo sólo para Dios y para la penitencia.”[11]

            Juan Bona cerró su Praeparatio ad mortem con una devota aspiración centrada en el anhelo del Paraíso impregnada de un intenso inspiración mística.[12] El cardenal cisterciense había sido alumno de los jesuitas. De ellos había extraído la idea de la jornada mensual de preparación a la muerte.
            La meditación sobre la muerte era parte integrante de los ejercicios espirituales y de las misiones populares: la muerte es cierta, el momento de su llegada es incierto, debemos estar preparados porque cuando llegue, Satanás multiplicará sus asaltos para arruinarnos eternamente: “¿Qué consecuencia entonces? […] Vestirse bien ahora en vida.

No os contentéis con vivir en gracia de Dios, ni permanezcáis un solo instante en el pecado; sino vivid habitualmente una vida tal, por el ejercicio continuo de las buenas obras, que en el último momento el Diablo no tenga la tentación de hacerme perder para toda la Eternidad.”[13]


            A partir del siglo XVII y durante todo el siglo XVIII, los predicadores acentuaron la importancia del tema, modulando sus reflexiones según la sensibilidad del gusto barroco, con una fuerte acentuación de los aspectos dramáticos, sin distraer por ello la atención de los oyentes de lo esencial: la aceptación serena de la muerte, la llamada a la conversión del corazón, la vigilancia constante, el fervor en las obras virtuosas, la ofrenda de sí mismo a Dios y el anhelo de la comunión eterna de amor con él.

Poco a poco, el ejercicio de la buena muerte fue adquiriendo una importancia cada vez mayor, hasta convertirse en una de las principales prácticas ascéticas del catolicismo. Un modelo de cómo debía llevarse a cabo se ofrece, por ejemplo, en un panfleto del siglo XVII de un jesuita anónimo:

“Escoged un día en cada mes de los más libres de todo otro asunto, en el que debéis dedicaros con particular diligencia a la Oración, Confesión, Comunión y la visita del Santísimo Sacramento.
La Oración de este día deberá ser de dos horas dos veces: y el tema de la misma puede ser el que mencionaremos. En la primera hora, conciba tan vívidamente como pueda el estado en el que se encuentra ya moribundo […].

Considera lo que te gustaría haber hecho cuando estés muriendo, primero hacia Dios, segundo hacia ti mismo, tercero hacia tu prójimo, mezclando en esta meditación varios afectos fervientes, y de arrepentimiento, y de intenciones, y de peticiones al Señor, para implorar de él la virtud de enmendarte. La segunda Oración tendrá como tema los motivos más fuertes que puedan encontrarse para aceptar voluntariamente de Dios la muerte […].

Los afectos de esta Meditación serán una ofrenda de la propia vida al Señor, una protesta, de que si pudiéramos prolongarla, más allá de su divinísima bendición, no lo haríamos; una petición, de ofrecer este sacrificio con ese espíritu de amor, que requiere el respeto debido a su amorosísima Providencia, y disposición.


            La confesión la debe hacer con más particular diligencia, y como si fuera la última vez que va a bañarse en la preciosísima sangre de Jesucristo […].


También la Comunión debe hacerse con una preparación más extraordinaria, y como si comulgarais el Viático, adorando a ese Señor a quien esperáis adorar por toda la Eternidad; dándole gracias por la vida que os ha concedido, pidiéndole perdón por haberla gastado tan mal; ofreciéndoos dispuestos a terminarla, porque Él así lo desea, y pidiendo finalmente su gracia para que os asista en este gran paso, a fin de que vuestra alma, apoyada en su Amado, pueda pasar sana y salva de este Desierto al Reino.”[14]

            El compromiso de difundir la práctica de la buena muerte no limitó las consideraciones de los predicadores y directores espirituales al tema de los novísimos, como si quisieran basar el edificio espiritual únicamente en el miedo a la condena eterna.

Estos autores conocían los daños psicológicos y espirituales que la ansiedad y la angustia por la propia salvación producían en las almas más sensibles.

Las colecciones de meditaciones producidas entre finales del siglo XVII y mediados del XVIII no sólo insistían en la misericordia y el abandono de Dios en él, para conducir a los fieles al estado permanente de serenidad espiritual propio de quienes han integrado la conciencia de su propia finitud temporal en una sólida visión de la fe, sino que abarcaban todos los temas de la doctrina y la práctica cristianas, de la moral privada y pública:

verdad de la fe y temas evangélicos, vicios y virtudes, sacramentos y oración, obras de caridad espirituales y materiales, ascesis y mística.

La consideración del destino eterno del hombre se amplió a la propuesta de una vida cristiana ejemplar y ardiente, que se tradujo en vías espirituales orientadas a la santificación personal y al refinamiento de la vida cotidiana y social, sobre el telón de fondo de una teología sustancial y de una antropología cristiana depurada.


            Uno de los ejemplos más elocuentes lo proporcionan los tres volúmenes del jesuita Giuseppe Antonio Bordoni, que recogen las meditaciones ofrecidas cada semana durante más de veinte años a los hermanos de la Compañia della buena muerte, que él estableció en la iglesia de Santi Martiri de Turín (1719).

La obra fue muy apreciada por su solidez teológica, su forma desprovista de adornos retóricas y su riqueza de ejemplos concretos, y se reimprimió decenas de veces hasta el umbral del siglo XX[15] 

También vinculados al ambiente religioso turinés están los Discorsi sacri e morali per l’esercizio della buona morte -más marcados por el gusto de la época pero igual de sólidos- predicados en la segunda mitad del siglo XVIII por el sacerdote Giorgio Maria Rulfo, director espiritual de la Compagnia dell’Umiltà formada por damas de la nobleza saboyana.[16]


            La práctica propuesta por San Juan Bosco a los alumnos del Oratorio y de las instituciones educativas salesianas tenía, por tanto, una sólida tradición espiritual de referencia.

[1] Juan Bosco, Regolamento dell’Oratorio di S. Francesco di Sales per gli esterni, Turín, Tipografía Salesiana, 1877, 44.

[2] Cf. Juan Bosco, Reglamento para las casas de la Sociedad de San Francisco de Sales, Turín, Tipografía Salesiana, 1877, 63 (parte II, capítulo II, art. 4): “[…] Una vez al mes se hará por todos el ejercicio de la buena muerte, preparándose para ello con algún sermón u otro ejercicio de piedad”.

[3] [Juan Bosco], Regole o Costituzioni della Società di S. Francesco di Sales secondo il Decreto di approvazione del 3 aprile 1874, Torino, Tipografia Salesiana, 1877, 81 (cap. XIII, art. 6).

Lo mismo se estableció en las Constituciones de las Hijas de María Auxiliadora, con una redacción muy similar: “El primer domingo o el primer jueves del mes será un día de retiro espiritual, en el que, dejando en lo posible los asuntos temporales, cada una se recogerá, hará el Ejercicio de la buena muerte, ordenando sus cosas espirituales y temporales, como si tuviera que dejar el mundo e ir a la Eternidad.

Que se haga alguna lectura según la necesidad, y cuando sea posible la Superiora procurará del Director un sermón o una conferencia sobre el tema”, Reglas o Constituciones para las Hijas de María Auxiliadora agregadas a la Sociedad Salesiana (ed. 1885), Título XVII, art. 5, en Juan Bosco, Constituciones para el Instituto de las Hijas de María Auxiliadora (1872-1885). Textos críticos editados por Cecilia Romero, Roma, LAS, 1983, 325.

[4] Giovanni Bosco, Il giovane provveduto per la pratica de’ suoi obblighi degli esercizi di pietà cristiana per la recita dell’uffizio della Beata Vergine e de principali vespri dell’anno coll aggiunta di una scelta di laudi sacre ecc., Torino, Tipografia Paravia e Comp. 1847, 138-142.

[5] Archivo Central Salesiano, A0000409 Sermones de Don Bosco – Ejercicios Lanzo 1876, cuaderno XX, ms de Giulio Barberis, pp. 10-11.

[6] Juan Bosco, Ai Soci Salesiani, en Reglas o Constituciones de la Sociedad de San Francisco de Sales (ed. 1877), 38.

[7] Constituciones de la Sociedad de San Francisco de Sales precedidas de una introducción escrita por el Fundador San Juan Bosco, Turín, Tipografía Salesiana, 1907, 227- 231.

[8] Des. Erasmi Roterodami liber cum primis pius, de praeparatione ad mortem, nunc primum et conscriptus et aeditus…, Basileae, in officina Frobeniana per Hieronymum Frobenium & Nicolaum Episcopium 1533, 3-80 (Quomodo se quisque debeat praeparare ad mortem).

Cf. también Pro salutari hominis ad felicem mortem praeparatione, hinc inde ex Scriptura sacra, et sanctis, doctis, et christianissimis doctoribus, ad cujusdam petitionem, et aliorum etiam utilitatem, a Sacrarum literarum professor Ludovico Bero conscripta et nunc primum edita, Basileae, per Joan. Oporinum, 1549.

[9] Giovanni Bona, De praeparatione ad mortem…, Roma, in Typographia S. Michaelis ad Ripam per Hieronimum Maynardi, 1736, 11-13.

[10]Ibídem, 67-73.

[11]Ibídem, 74-75.

[12]Ibídem, 126-132: “Affectus animae suspirantis ad Paradisum”.

[13] Carlo Ambrogio Cattaneo, Ejercicios espirituales de San Ignacio, Trento, para Gianbatista Monauni, 1744, 74.

[14] Esercizio di preparazione alla morte proposto da un religioso della Compagnia di Gesù per indirizzo di chi desidera far bene un tale passo, Roma, per gl’Eredi del Corbelletti [1650], ff. 3v-6v.

[15] Giuseppe Antonio Bordoni, Discorsi per l’esercizio della buona morte, Venecia, en la imprenta de Andrea Poletti, 1749-1751, 3 vols.; la última edición es la de Turín de Pietro Marietti en 6 volúmenes (1904-1905).

[16] Giorgio Maria Rulfo, Discorsi sacri, e morali per l’esercizio della buona morte, Turín, presso i librai B.A. Re e G. Rameletti, 1783-1784, 5 vols.

EL SEÑOR RESUCITADO: A MODO DE SÍNTESIS

La Resurrección es, en definitiva, la verdadera vocación cristiana, por tanto, la esencia de la vocación dada a la familia Salesiana. Cristo nuestra Pascua se configura como el derrotero, el hoy de la eternidad al que se evoca la existencia y el latir espiritual de la Iglesia, de los creyentes y no creyentes, de la familia salesiana, de la juventud a la que se acompaña para que comprendan este misterio de la revelación. «Nos hiciste, Señor, para ti, y nuestro corazón está inquieto, hasta que descanse en ti»[20] nos recuerda San Agustín.

La Pascua es el corazón de nuestra esperanza en la eternidad, configura la razón de ser de la fe cristiana y, por tanto, de la educación salesiana.

Don Bosco había comprendido que la vida misma, la vocación sacerdotal, la fundación de su familia educativa, la misión del carisma salesiano, los sufrimientos, las injusticias, lo aprendido desde su corta edad entre tanta pobreza, adquiría un sabor a eternidad. Nada importaba, sólo basta ganar el Paraíso.

Este Paraíso ya le era anticipado a él y a sus muchachos en la belleza de la naturaleza que le enseñó a contemplar Mamá Margarita, la misma que le hacía disfrutar en los paseos a sus chicos. Él contemplaba ya en su presente el gozo del Paraíso en la música, el arte, el deporte, el trabajo digno. Le dio su característica propia mediante la acogida, la amistad sincera, la pedagogía de la sonrisa, del encuentro y la alegría en la sacramentalidad del patio.

Pero nada de esto se quedó allí. Su percepción de Dios siendo ahora en su obra educativa se nutría de un profundo amor y defensa de la Escritura, de la Iglesia y del Papa, de su incondicional amor por María Inmaculada y Auxiliadora de los cristianos, su fervor por el Sagrado corazón de Jesús, su fascinación por el sacramento de la confesión y el ejercicio espiritual de la buena muerte.

El Señor le mostró rostros de Paraíso en la santidad de su madre, Margarita, el humanismo de San Francisco de Sales, en el abrazo paternal de Don Cafasso, en la calidez teológica de Luis Comollo y la pureza de Domingo Savio, el primero de sus muchachos reconocido santo por la Iglesia.

Santidad y paraíso que se extendió en el corazón de tantos que alcanzaron a compartir con él ese sabor a eternidad que los convocaba: la marquesa Barollo, Don Rúa, Don Rinaldi, San Luis Orione, San Leonardo Murialdo, Madre Mazzarello, San Calixto Caravario, San Luis Versiglia, Luis Variana, entre otros.

Cada uno de sus sueños ya le mostraban la Pascua que le esperaba a él y todos los que vivieran a la luz del Evangelio en la caridad propia de su obra educativa.

Todo el conjunto de estas señales de la Providencia lo hacían expresar con la libertad del corazón tres cosas te prometo en nombre del Señor: pan, trabajo y paraíso; sean felices aquí y en la eternidad, sin los jóvenes el Cielo no es Cielo para mí, heredándonos la riqueza de lo que bien podemos llamar escatología salesiana o sencillamente, el paraíso deseado y prometido por Don Bosco.  

CLICK PEDAGÓGICO

Referentes de la Familia salesiana

https://www.sdb.org/
https://salesianas.org/quienes-somos/hijas-de-maria-auxiliadora/
https://www.cgfmanet.org/
https://www.unisal.it/
https://salforpe.com/
https://basilicamariaausiliatrice.it/
https://www.infoans.org/es
https://editorialccs.com/
https://salesianosbogota.org/centrodeespiritualidad/
https://cooperadores.org/wp/quienes-somos/
https://salesianesosc.it/es/chi-siamo
https://www.admadonbosco.org/?lang=es
https://mgsitalia.it/
https://teoeducando.com/
https://donbosconelmondo.org/es/home-page-espanol-2/
https://salesianos.info/

[1] DV 12

[2] Benedicto XVI, Encíclica Caritas in Veritate,16.

[3] Benedicto XVI, Encíclica Caritas in Veritate, Ciudad del Vaticano, 2009, 11. 

[4] Cfr. Dood, Charles Harold, Interpretación del cuarto evangelio, Cristiandad, Madrid, 1978, 159.

[5] Cf. VIGANÓ, E. Carisma, E.s, Chile, 1997.

[6] Ibid, 62

[7] VECCHI, E. ACG, 347.

[8] (Disertación 5, Sobre la resurrección de Cristo. 6-7. 9: PG 89, 1358-1359. 1361-1362)

[9] [Carta 19: PL 80. 665-666)

[10] Sermón 221. Traductor: Pío de Luis, OSA.

[11] www.sdb.org

[12] Cf. Mt 25, 21.

[13] Cf. MB XVII, 273.

[14] I Cor 13, 8.

[15] Respecto a las alusiones de Don Bosco al paraíso, ver, por ejemplo: MB III, 67; VI, 442; VII, 728; VIII, 444; X, 367; XVIII, 533. 550: «Decid a los jóvenes que los espero a todos en el paraíso».

[16] J. BOSCO, Recuerdos a los misioneros, MB XI, 389; cf. Apéndice de las Constituciones de 1984, pág. 258

[17] J. BOSCO, Testamento espiritual; cf. Apéndice de las Constituciones de 1984, pág. 262.

[18] MB XIV, 421.

[19] https://www.donbosco.press/es/don-bosco/el-ejercicio-de-la-buena-muerte-en-la-experiencia-educativa-de-don-bosco-1-5/

[20] Cf. San Agustín de Hipona (Libro I, capítulo 1, de sus Confesiones).

TEOEDUCANDO
TEOEDUCANDO
You May Also Like
MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS

MARÍA INMACULADA Y AUXILIO DE LOS CRISTIANOS 24

MARÍA AUXILIO DE LOS CRISTIANOS. Desde la cruz Jesús nos auxilia con aquellas palabras cargadas de ternura y despojo. Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre" (Juan 19,26-27). Jesús nos auxilia poniéndonos en brazos de su madre, la mujer, Ella, la Inmaculada, el auxilio tierno, materno y femenino de Dios. TEOEDUCANDO.
Don Bosco acoge con la luz del Evangelio un joven pobre.

LA TEOLOGÍA SALESIANA. 01

La teología salesiana no es una teología de la educación, o una pedagogía teológica, al menos no es sólo ello, sino que es una teología de lo Sobrenatural. Esto quiere decir que la teología salesiana pone su mirada en la presencia de Dios presente en el corazón de la persona y pone en el corazón de la persona a Dios mediante la educación.
EL BUEN PASTOR

EL BUEN PASTOR. Jn 10,1-18

PASTOR. Cuando Jesús se siente identificado con el Buen Pastor, “yo soy”, destaca su preocupación por ir a las ovejas perdidas, a aquellas que están en situaciones de riesgo, dolor, sufrimiento o muerte, las más débiles. Lo característico y distintivo de la caridad pastoral de Jesús no es la autoridad o el poder del pastoreo que ejerce sobre las ovejas, sino el profundo conocimiento e íntimo amor que tiene por ellas. TEOEDUCANDO
DON BOSCO, el Santo de los muchachos, había cumplido aquella promesa, cuando en riesgo de muerte, ellos oraron tanto que le salvaron la vida: "He prometido que hasta mi último aliento será por los jóvenes". Estaba anciano, su cuerpo demacrado peor su sonrisa no desaparecía. Llegaba aquel 31 de enero de 1888 el momento de llevar el carisma salesiano al mundo de la Pascua para dar gloria a Dios y salvar a la juventud.

DON BOSCO: EL SANTO DE LOS MUCHACHOS. Enero 31

DON BOSCO, el Santo de los muchachos, había cumplido aquella promesa, cuando en riesgo de muerte, ellos oraron tanto que le salvaron la vida: "He prometido que hasta mi último aliento será por los jóvenes". Estaba anciano, su cuerpo demacrado peor su sonrisa no desaparecía. Llegaba aquel 31 de enero de 1888 el momento de llevar el carisma salesiano al mundo de la Pascua para dar gloria a Dios y salvar a la juventud.
DA MIHI ANIMAS COETERA TOLLE

DA MIHI ANIMAS, COETERA TOLLE. 16

DA MIHI ANIMAS. Inspirado en la caridad y el humanismo de San Francisco de Sales, Don Bosco toma como programa de vida y como enunciado de la gracia de unidad carismático el Da mihi animas, Coetera tolle de Gn 14,21. El trasegar de este “lema” que leyó Domingo Savio en el oratorio de Valdocco se hace más gozoso desde la mirada carismática salesiana. Es el capítulo 14 del libro del génesis. El rey de Sodoma hace una propuesta a Abram: «Dame las personas, y quédate con la hacienda.» (Gn 14,21). Dos líneas interpretativas nos permiten leer, dentro de su contexto, estas palabras que por San Francisco de Sales y San Juan Bosco eran conocidas en la expresión latina da mihi animas coetera tolle. TEOEDUCANDO
NEUMATOLOGÍA SALESIANA. PENTECOSTÉS SALESIANO

NEUMATOLOGÍA SALESIANA. EL ESPÍRITU. 04

ESPÍRITU: NEUMATOLOGÍA SALESIANA. "Esa mañana, cincuenta días después de la Pascua, un viento impetuoso sopló sobre Jerusalén y la llama del Espíritu Santo bajó sobre los discípulos reunidos, se posó sobre cada uno y encendió en ellos el fuego divino, un fuego de amor, capaz de transformar. El miedo desapareció, el corazón sintió una fuerza nueva, las lenguas se soltaron y comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado. En Pentecostés, donde había división e indiferencia, nacieron unidad y comprensión" (BENEDICTO XVI).