BEATO MIGUEL RUA, SALESIANO
Con asertividad afirmó la religiosa Mariana de Oliveira que mucho más que un discípulo, un amigo, un hijo o un sucesor, Dios le dio a San Juan Bosco otro él mismo para que su obra se expandiera llamándolo además Miguel Rua: La victoria de Don Bosco.[1] No se equivoca.
Don Rua no sólo es el heredero espiritual del carisma salesiano. Es bien conocido el gesto de Don Bosco hacia él cuando el adolescente Rua le pide pan. El santo educador vio en sus ojos lo que la Providencia le tenía destinado, y en lugar de pan, abre la mano y la parte con la otra por la mitad indicándole en adelante todo lo compartiremos. Don Rua es, parafraseando la Sagrada Escritura, el cireneo que apoyará a Don Bosco, hombro a hombro, en portar hacia adelante la misión educativa salesiana.
En efecto, Don Rua será el primer salesiano y primer sucesor de Don Bosco. Le corresponderá culminar la basílica del Sacro Cuore en Roma, establecer la obra salesiana del Testaccio que tiene hoy una gran labor mediante la parroquia Santa María Liberatrice, colegio para estudiantes universitarios extranjeros, el oratorio y la atención social a los más necesitados. Será Don Rua quien haga crecer la presencia salesiana en el Norte de Europa y quien envíe a los salesianos para Colombia donde son al presente, la orden religiosa masculina más grande del país.
Existe un hermoso artículo que a continuación replicamos con el ánimo de hacerle conocer, amar y redescubrir el carisma salesiano en nuestros tiempos.

LA TRADICIÓN SEGURA DEL BEATO MIGUEL RUA[2]
“Sed buenos, confiad en Dios y el paraíso será vuestro” (Beato Miguel RUA)
[El beato Miguel Rua (1837-1910), primer sucesor de Don Bosco, como han demostrado los estudios, las investigaciones y los congresos desarrollados con ocasión del centenario de su muerte, va más allá del estereotipo tradicional de ser una “copia de Don Bosco”, a veces con rasgos menos atractivos o incluso en oposición al fundador, para dar a conocer una figura más completa, armoniosa y simpática.
Don Rua es la consagración y la exaltación de los orígenes salesianos. Fue testimoniado en los procesos: “Don Rua no debe ser colocado en las filas de los seguidores ordinarios de Don Bosco, ni siquiera de los más fervorosos, porque él precede a todos ellos como un perfecto ejemplar, y por esta razón todos aquellos que quieran conocer bien a Don Bosco deben también estudiarlo, porque el siervo de Dios hizo un estudio sobre Don Bosco que nadie más puede hacer”.
Nadie como él comprendió e interpretó al fundador en su acción educativa, eclesial y en su espiritualidad. La vocación y el ideal de Don Rua fueron la vida, las intenciones, las obras, las virtudes, la santidad del padre y guía de su existencia juvenil, sacerdotal y religiosa. Don Rua sigue siendo de vital relevancia para el mundo salesiano.
Cuando se trató de encontrar al director de la primera casa fuera de Turín, en Mirabello Monferrato en 1863, Don Bosco eligió a Don Rua “admirando en él, además de su conducta ejemplar, su infatigable trabajo, su gran experiencia y espíritu de sacrificio que se diría inenarrable, así como sus buenas maneras, tanto que era querido por todos”.
Más directamente el P. Cerruti, después de afirmar que había encontrado en el joven director el retrato y la imagen del Padre (Don Bosco), atestigua: “Recuerdo siempre aquella incansable laboriosidad suya, aquella prudencia tan fina y delicada de gobierno, aquel celo por el bien no sólo religioso y moral, sino intelectual y físico de los hermanos y jóvenes que le estaban confiados. Estos aspectos resumen y encarnan el lema salesiano “trabajo y templanza”.
Un verdadero discípulo de Don Bosco verbo et opere, en una admirable síntesis de oración y trabajo. Un discípulo que siguió a su maestro desde su más tierna infancia, haciéndolo todo a medias, asimilando de forma vital el espíritu de sus orígenes carismáticos; un hijo que se sintió engendrado por un amor único, como tantos de los primeros muchachos del Oratorio de Valdocco, que decidieron “quedarse con Don Bosco” y entre los que destacaron de forma paradigmática los tres primeros sucesores del padre y maestro de los jóvenes: don Miguel Rua, don Pablo Albera, don Felipe Rinaldi.
Algunos rasgos de la vida virtuosa de don Rua, expresión de continuidad y fidelidad
Se trata de la tradición de quien recibe un don y a su vez lo transmite, tratando de no dispersar el dinamismo y la vitalidad apostólica, espiritual y afectiva que debe impregnar las instituciones y las obras. Don Bosco ya lo había intuido: “Si Dios me dijera: Prepárate que has de morir y elige un sucesor porque no quiero que fracase la Obra que iniciaste y pide para este sucesor cuantas gracias, virtudes, dones y carismas creas necesarios, para que pueda desempeñar bien su cargo, que yo se lo daré todo, te aseguro que no sabría qué pedir al Señor para este fin, porque ya veo que don Rua ya lo posee todo”.
Era el fruto de una asidua frecuentación, de atesorar cada consejo, de un estudio continuo en observar y anotar cada acto, cada palabra, cada ideal de Don Bosco.
Conducta ejemplar
Es significativo el testimonio del coadjutor salesiano Giuseppe Balestra, asistente personal de don Rua. Balestra estaba muy atento a los aspectos de la vida cotidiana y en ellos supo captar los rasgos de una santidad en plenitud que marcaría también su camino religioso. Todavía hoy en las habitaciones de Don Bosco se puede ver el sofá que durante 20 años fue la cama del Beato Miguel Rua.
Habiendo sucedido a Don Bosco, y ocupado su lugar en esta habitación, Don Rua nunca quiso tener su propia cama. Por la noche, el Coadjutor Balestra extendía dos sábanas sobre ese sofá, en el que solía dormir Don Rua. Por la mañana, las sábanas estaban dobladas y el sofá recuperaba su forma habitual. “Tengo la convicción de que el siervo de Dios era un santo, porque en los 11 años que tuve la suerte de vivir a su lado y de observarle continuamente, he encontrado siempre y en todas las cosas la mayor perfección; de ahí mi convicción de que era fidelísimo en el cumplimiento de todos sus deberes y, por tanto, en la más exacta observancia de todos los Mandamientos de Dios, de la Iglesia y de las obligaciones de su propio estado”.
Trabajo incansable, laboriosidad infatigable y actividad extraordinaria
Parece increíble que un hombre de cuerpo tan frágil, con una salud de todo menos florida, haya podido emprender una actividad tan intensa e incansable, tan vasta, interesándose por los sectores más diversos del apostolado salesiano, promoviendo y llevando a cabo iniciativas que, si en su momento parecieron extraordinarias y audaces, hoy son también una indicación y un acicate muy válidos.
Esta laboriosidad incansable, rasgo típico de la espiritualidad salesiana, fue reconocida en Don Rua por Don Bosco desde su juventud, como atestigua don Lemoyne: “Es verdad, en el oratorio se trabaja mucho, pero no es el trabajo la causa de la muerte. Sólo hay uno aquí en el Oratorio que, sin la ayuda de Dios, debería morir de fatiga, y es don Rua, que siempre sigue trabajando más que los demás”.
Esta dedicación al trabajo era una expresión del espíritu y de la práctica de la pobreza que distinguió singularmente la vida y las acciones de don Rua: “Amaba inmensamente la pobreza, que le era compañera muy grata desde la infancia y cuyo espíritu poseía a la perfección… La practicaba con alegría”.
La práctica de la pobreza, expresada de muchas formas, subrayaba el valor del ejemplo de vida y de tener en cuenta la Providencia divina. Amonestaba: “Persuadíos de que a un fin mucho más elevado tienden mis exhortaciones, se trata de hacer que reine entre nosotros el verdadero espíritu de pobreza, al que estamos obligados por voto. Si no se cuida la economía, y se da demasiado a nuestro cuerpo en tratamientos, en vestidos, en viajes, en comodidades,
¿Cómo podremos tener fervor en las prácticas de piedad? ¿Cómo estar dispuestos a los sacrificios inherentes a la vida salesiana? Sería imposible progresar realmente en la perfección, imposible ser verdaderos hijos de Don Bosco”.
Gran experiencia y prudencia de gobierno
La prudencia define mejor que ninguna otra cualidad el perfil virtuoso del beato Miguel Rua: desde su más tierna infancia se propuso seguir a San Juan Bosco, apresurándose bajo su guía a abrazar el estado religioso; se formó a sí mismo mediante una asidua meditación y un diligente examen de conciencia; rehuyó la ociosidad, trabajó incansablemente por el bien y llevó una vida irreprochable. Y lo siguió siendo como sacerdote, educador, vicario superior y sucesor de Don Bosco.
En el ámbito de una Congregación dedicada a la educación de los jóvenes introdujo en el proceso formativo la práctica del aprendizaje, un período de tres años durante el cual los jóvenes salesianos “eran enviados a las casas para desempeñar diferentes tareas, pero sobre todo como ayudantes o profesores, con el fin principal de que pudieran convivir con los jóvenes, estudiar su mentalidad, crecer con ellos, y esto bajo la guía y supervisión del catequista y Director”. Ofreció también indicaciones precisas y directrices claras en los más variados campos de la misión salesiana, con espíritu de vigilancia evangélica.
Este ejercicio de prudencia se caracterizó por una docilidad al Espíritu y una marcada capacidad de discernimiento respecto a las personas llamadas a desempeñar cargos de responsabilidad, especialmente en el campo de la formación y del gobierno de las casas e inspectorías, respecto a las obras y a las diversas situaciones; como cuando, por ejemplo, eligió a don Pablo Albera como Visitador de las casas de América o a don Felipe Rinaldi como Prefecto General.
“Inculcaba a todos los hermanos, especialmente a los directores y provinciales, la exacta observancia de las Reglas, el cumplimiento ejemplar de las prácticas piadosas y siempre el ejercicio de la caridad; y él mismo precedía a todos con el ejemplo, diciendo: ‘Un medio de ganarse la confianza de los empleados es no descuidar nunca los propios deberes”.
La práctica de la prudencia, especialmente en el ejercicio del gobierno, produjo como fruto la confianza filial de los hermanos en él, considerándolo como un experto consejero y director del espíritu, no sólo para las cosas del alma, sino también para las cosas materiales: “La prudencia del siervo de Dios brilló de modo extraordinario al conservar celosamente el secreto confidencial, que enterraba en su alma.
Observaba con la mayor cautela el secreto de la correspondencia personal: se trataba de una confesión general, y por eso los hermanos se acercaban a él con gran confianza, porque respondía a todos de la manera más delicada”.
DON RUA, «Sacerdote del Papa«
Esta expresión del Papa Juan XXIII ante la urna de Don Bosco en 1959, expresa muy bien cómo Don Rua en la estela de Don Bosco en su caminar cotidiano veía y encontraba en el Papa la luz y la guía para su acción. “La Providencia reservó a don Rua pruebas aún más duras y yo diría heroicas de esta fidelidad y docilidad a Don Bosco.
Durante su rectorado llegaron de la Santa Sede varios decretos que parecían romper tradiciones consideradas importantes y características de nuestro espíritu en la Congregación. Don Rua, aun sintiendo profundamente el golpe de las repentinas medidas y sintiéndose afligido por ellas, se hizo inmediatamente paladín de la obediencia a las disposiciones de la Santa Sede, invitando a los Salesianos, como verdaderos hijos de la Iglesia y de Don Bosco, a aceptarlas con serenidad y confianza».
Este es uno de los elementos de maduración del carisma salesiano en la obediencia a la Iglesia y en la fidelidad al fundador. Ciertamente fue una prueba muy exigente, pero que forjó tanto la santidad de Don Rua como el sentire cum ecclesia y esa fidelidad al Papa de toda la Congregación y Familia Salesiana, que en Don Bosco eran notas características e imprescindibles. Obediencia hecha de fe, de amor, traducida en servicio humilde pero cordial, en espíritu de docilidad filial y fidelidad a las enseñanzas y directrices del Santo Padre.
Es interesante constatar cómo incluso en el proceso de beatificación Don Rua fue a medias con Don Bosco, pero no según un estereotipo repetitivo, sino con originalidad, poniendo de relieve precisamente aquellos aspectos que en el proceso de Don Bosco habían suscitado las animadversiones más controvertidas: “Alguna sorpresa y perplejidad puede suscitar la conclusión más evidente a la que se llega comparando las dos Posiciones, es decir, el hecho de que las mismas virtudes más frecuentemente invocadas para delinear la santidad de Don Rua son las constantemente cuestionadas para impugnar la santidad de Don Bosco.
Es cierto, en efecto, que son precisamente la prudencia, la templanza y la pobreza los «caballos de batalla» de las animadversiones recogidas en la Positio del Fundador”.
Algunos rasgos de las virtudes teologales en Don Rua
2.1. Don Rua hombre de fe
Su amor a Dios estaba enraizado en la opción fundamental por Él: “…vivía en continua unión con Dios… A la estrechísima unión con Dios correspondía un completo desapego de las cosas del mundo y un desprecio de todo lo que no sirviera para glorificar a Dios y salvar las almas…”. Me parece que la unión con Dios era tan consumada en él que no tenía más que este pensamiento generoso, ardiente, continuo: amar y hacer amar a Dios, Dios siempre, Dios en todo, sin descanso en esto, nunca desviación, siempre esta uniformidad sublime. Dios. “Nada más que Dios”.
Este amor a Dios era la motivación profunda de todas sus acciones y se concretaba en cumplir la voluntad de Dios con exactitud, prontitud, alegría y perseverancia. El amor a Dios motivaba todas sus acciones y sostenía su gran compromiso con la promoción y el cultivo de las vocaciones sacerdotales y religiosas.
La fuente que alimentaba esta unión era la oración: “Don Rua encontraba su descanso en la oración” (P. Francesia). “Don Rua en la oración, en el contacto con Dios, en el descanso encontraba fuerzas renovadas para poner en práctica día a día lo que era el programa del padre hecho cien por cien suyo por su hijo fidelísimo: Busco almas y sólo almas”.
Esta fuente se alimentaba en la Eucaristía y en el amor filial a la Virgen Auxiliadora. La vida de fe se expresaba en la íntima unión entre oración y acción, alimentada por la práctica y el espíritu de la oración mental, que para él era «el elemento esencial de la vida del buen religioso», hasta tal punto que incluso durante el temblor de un terremoto, mientras todos huían, «sólo él no se había movido y había permanecido allí, en su lugar de siempre, en su actitud de siempre». Con la meditación de la Palabra, era la Eucaristía el fuego animador.
La Eucaristía, celebrada, adorada, visitada y guardada en el corazón: “Formemos un sagrario en nuestro corazón», repetía, «y estemos siempre unidos al Santísimo Sacramento”. Hacia la Eucaristía expresaba una fe y una piedad intensas, alimentadas por una serie de recomendaciones e instrucciones: visitas, adoración, genuflexiones, recogimiento.
Don Rua como hombre de Dios y de fe se distinguía por un testimonio que se hacía creíble no tanto por la elocuencia, sino por la íntima convicción que se desprendía de sus palabras y sobre todo de su vida.
Se nutría de un conocimiento de las Escrituras y de una gran familiaridad con los Padres de la Iglesia: fuentes a las que recurría en los textos originales griegos y latinos. Esta formación se manifestó desde adolescente en su empeño por enseñar el catecismo y la instrucción cristiana no sólo en sus formas ordinarias, sino también en las misiones y en los ejercicios espirituales, considerándolos elementos constitutivos de la misión salesiana a la que estaban vinculados todos sus miembros, como testimonia don Amadei: “He encontrado en sus cartas declaraciones explícitas de que todos los sacerdotes, clérigos y coadjutores salesianos debían prestar de buen grado su trabajo en la catequesis porque, repetía, si descuidaban los catecismos estarían faltando a su vocación”.
La labor de catequesis era la verdadera finalidad de la institución salesiana y la propagación de los oratorios, evitando el riesgo de reducirlos a meros centros de recreo o polideportivos. Este empeño en la propagación de la fe animó el gran frente de la acción misionera, otro elemento constitutivo del carisma salesiano, que sostuvo con intenso ardor apostólico y con considerable empleo de personas y recursos. Un gran instrumento de difusión del espíritu salesiano y de apoyo a las obras salesianas, especialmente en tierras de misión, fue la difusión del Boletín Salesiano
El hombre de la esperanza
La virtud de la esperanza mantenía viva la meta final, el paraíso, y al mismo tiempo sostenía el compromiso cotidiano de hacer el bien y combatir el mal, como repetía a menudo a los jóvenes: “Sed buenos, confiad en Dios y el paraíso será vuestro. Quería que la gente mereciera esta recompensa, sobre todo huyendo de la culpa y cumpliendo en todo momento la santa voluntad de Dios”.
Esta esperanza se traducía diariamente en una confianza incondicional en la divina Providencia, como atestiguó el tercer sucesor de Don Bosco, el beato Felipe Rinaldi: “Hijo, seguidor del venerable Don Bosco, el siervo de Dios vivía al día, no capitalizaba, siendo principio del fundador confiar siempre en la Providencia, incluso en las cosas materiales”. Y don Barberis decía: ‘En las conversaciones, en las amonestaciones, en las cartas que escribía, la exhortación más insistente era la confianza en la divina Providencia. Recuerdo que una vez nos dijo: “Al Señor no le cuesta ningún esfuerzo proporcionarnos los medios necesarios; Él es tan bueno que, cuando ve la necesidad, lo hace”.
Incluso en las más grandes penurias, siempre mantuvo una imperturbabilidad y tranquilidad que contagiaba también a los demás.
Hombre de caridad
Su amor a Dios se manifestaba en su amor al prójimo: “Hablaba a los humildes como a los grandes, a los pobres como a los ricos, buscando siempre hacer el bien. De hecho, parecía que cuanto más humilde era una persona, más afablemente la trataba y buscaba su bien”. Este aspecto creció de manera especial tras la muerte de Don Bosco, considerándolo una herencia que había recibido de Don Bosco y que quería transmitir a las generaciones futuras:
“La gran caridad que informaba el corazón de nuestro amado Don Bosco de santa memoria puso en marcha con el ejemplo y la palabra la chispa de amor que Dios bendito había puesto en el mío, y yo crecí electrizado por su amor, de modo que, si sucediéndole no pude heredar las grandes virtudes de nuestro santo fundador, su amor por sus hijos espirituales siento que el Señor me lo concedió.
Todos los días, todos los momentos del día te los consagro… por eso rezo por ti, pienso en ti, actúo por ti como una madre por su hijo unigénito”. Se trata de un texto de gran valor que revela cómo la herencia espiritual recibida es fruto de una profunda comunión de almas, que enciende esa chispa vital que desencadena un fuego de verdadera caridad.
Don Rua es consciente de la diferencia de dones entre él y Don Bosco, pero afirma con verdad que se ha transmitido el núcleo del espíritu: una caridad comunicada vitalmente y de palabra que impulsa a una vida ofrecida y consagrada a las personas con rasgos de amor maternal.
El amor al prójimo se concretó en un amor ordenado, liberal y generoso, con especial predilección por los jóvenes más pobres y en situación de riesgo espiritual, moral y material, y con preferencia por las zonas geográficas más pobres y desamparadas, como el sur de Italia. La caridad la ejerció con gran dedicación en el ministerio de la reconciliación, hasta la extenuación, especialmente durante los ejercicios espirituales, porque decía: “Éstas son mis cosechas”. Del mismo modo, se entregaba al ministerio del consejo y del consuelo.
Todos eran destinatarios de su amor, incluso sus enemigos y detractores. Su preocupación por el prójimo se inspiraba en una gran bondad y dulzura, típicas de la tradición salesiana y encaminadas a proteger la buena reputación de las personas y a neutralizar las expresiones perturbadoras de la calumnia y el juicio: “Con sus buenas maneras, sin ofender, trataba de sofocar desde el principio el discurso en cuanto se daba cuenta de que estaba mal dirigido.
Cuando entonces captaba alguna crítica dirigida a una persona conocida, nunca dejaba de señalar, casi como para destruir el efecto de la propia crítica, las buenas cualidades, las obras, los méritos de la persona criticada”.
Tenía un amor solícito y personalizado por cada hermano de la Congregación, con el corazón de un padre solícito y la mirada de un verdadero obispo de su rebaño: “Conocía uno por uno a los hermanos de cada casa, incluso a los más alejados, y se interesaba por las necesidades y el mayor provecho de cada uno, como si estuviera bajo su mirada en el Oratorio”. Un ejemplo concreto era el envío de ropa de repuesto para los hermanos comprometidos en el servicio militar.
Esta amable paternidad sobresalía en el ejercicio de la caridad espiritual: «Lo encontraba siempre dispuesto a escucharme; con una sonrisa se interesaba por lo que estaba cerca de mi corazón, y sabía aconsejarme y guiarme de tal manera que mi alma estaba completamente en paz». El ejemplo de una vida vivida en la caridad le llevó a escribir a los hermanos enfrentados entre sí: “Amaos todos como hermanos, y rogad al Sagrado Corazón de Jesús que encienda en todos vosotros ese fuego sagrado que vino a traer a la tierra, el fuego de la caridad”.
Ese amor tenía una forma de predilección por los jóvenes: “Se interesaba por la salud y las necesidades de cada uno…. Don Rua era para cada uno de nosotros el padre bueno, que vivía para nosotros, para que incluso los más humildes y mezquinos pudieran dirigirse libremente a Él”.
Un amor que no conocía límites: misioneros, emigrantes, necesitados, obreros, miembros de la Familia Salesiana, jóvenes trabajadores, distinguiéndose por su activo interés en los conflictos laborales: “acudían a él obreros en paro, y él los recomendaba según las necesidades de las distintas industrias”. Todos los días, después de escuchar a tanta gente en el confesionario, pasaba muchas horas recibiendo a numerosas personas: “Todos los días observaba a muchas personas que yo mismo llevaba a la audiencia con el siervo de Dios, que venían a pedir ayuda material y moral, recomendaciones, etc.”.
El siervo de Dios trataba a todos afablemente, se interesaba por sus casos y ayudaba a todos en la medida de sus posibilidades». Verdaderamente, como juraba don Saluzzo: “Su corazón estaba abierto a todo bien”.]
ORACIÓN AL BEATO MIGUEL RUA, PRIMER SALESIANO
Señor, tú que has suscitado en tu Iglesia
a tu apóstol San Juan Bosco,
y destacado entre sus colaboradores
al Beato Miguel Rúa, primer discípulo,
entusiasta y atento, siempre colaborador fiel
incansable y austero, y después sucesor
inflamado de celo paterno
hacia toda la Familia Salesiana,
volcada al bien de los jóvenes,
haz que siguiendo su ejemplo
nos adhiramos totalmente a ti,
de modo que seamos portadores
de tu amor a los jóvenes, especialmente los más pobres.
Amén
CLICK PEDAGÓGICO DON RUA
Referentes de la Familia salesiana
Don Rúa y su espiritualidad
[1] https://revistacatolica.org/beato-miguel-rua-la-victoria-de-don-bosco/
[2] https://www.donbosco.press/es/nuestros-santos/la-tradicion-segura-del-beato-miguel-rua-2-2/
[3] Salesiano de Don Bosco, experto en hagiografía, autor de varios libros salesianos. Fue postulador General de la Sociedad Salesiana de San Juan Bosco.
