David, el joven de la interioridad
El relato de David (דָּוִ֗ד) lo encontramos en los capítulos 16–17 del libro primero de Samuel. La mención específica de su juventud la leemos en siete ocasiones dentro de los dos capítulos mencionados. Es una época de oro de la historia de Israel[1].
El capítulo 16 inicia con una pregunta que Dios le hace a Samuel. ¿Hasta cuándo estarás llorando por Saúl? El llanto de Samuel se debía al rechazo del Señor a Saúl como rey de Israel. Pero Él tiene una nueva misión para Samuel: lo envía a Belén. Allí deberá buscar a Jesé quien tiene varios hijos. Todos son jóvenes. Entre ellos hay uno que deberá ser Ungido, aquel a quien indique el Señor. Posterior al rito de purificación, Jesé va con Samuel y sus hijos para que cada uno de ellos sea presentado.
David: el joven sin apariencias, elegido de Dios
El primero de los presentados es Eliab. Pero no era el elegido. YHWH lo había descartado y hace a Samuel una recomendación. No mires su apariencia ni su gran estatura, pues yo lo he descartado (v.7a). El narrador refuerza estas palabras explicando que YHWH no ve lo mismo que los hombres, pues el hombre se fija en las apariencias, pero YHWH escudriña el interior. (v.7b).
La apariencia es una necesidad sicológica, social, consumista que busca impresionar el entorno de la persona misma especialmente mostrando belleza física y exteriorizando status social a través del lujo en el vestir, el comer, el vivir, el tener, aún sin poseer realmente aquello de lo que se aparenta. La apariencia gira en torno a mantener la expectativa de lo que quieren ver los demás y resulta para el ser humano que se deja envolver por ella, desgastante y deshumanizante. Es una pérdida de la identidad, de la autoestima e incluso se relaciona con trastornos de personalidad y el narcisismo como patología.
Quien aparenta vive de la belleza pasajera del mundo, de lo externo, lo agregado, lo superficial, lo que no es dado por Dios. La apariencia lleva al ser humano a la hipocresía, a la superficialidad, a la eliminación de la interioridad, a la construcción exagerada del ego, crea la necesidad de construirse a sí mismo como dios y elimina e incapacita el corazón para que sea Dios quien revele la belleza de la gracia y de la santidad en cada joven.
Todas estas cosas en su conjunto transforman a cualquier ser humano en un monstruo que usa todo y a todos para alimentar su “falso yo” y aparentar viendo en los demás la oportunidad de explotarles para tales fines. Aparece así la instrumentalización de la sociedad que desencadena en injusticias, desigualdad, explotación, corrupción dilucidando a la apariencia como una forma agresiva de idolatría.
YHWH había visto en Eliab la apariencia. Sabía que era joven, quizá el mayor de todos, pero más que un pastor sería un lobo para su pueblo. Cuando le presentan a Abinadab, Sama y sus otros siete hijos, ninguno es el elegido. A todos los desprecia YHWH por la misma circunstancia. Tienen un corazón aparente de pastores.
«No habrá comida hasta que llegue el Ungido»
Tras la presentación de todos los hijos, Samuel pregunta a Jesé si son todos. En realidad, falta el más pequeño, el que está pastoreando, en la misma línea del relato de José. Entonces es llamado y deben ir en su búsqueda con una recomendación: No habrá comida hasta que llegue el Ungido (1Sam 16,11). No existe liturgia sin Ungido. Tampoco hoy en la Iglesia hay liturgia sin Ungido, no se celebra la liturgia de la Iglesia cuando el Ungido, Cristo el Señor, no está presente. El texto especifica que no comerán hasta que haya llegado. ¿Un preludio de la Eucaristía y el sacerdocio?
Cuando lo traen, Samuel observa que David es rubio, tiene bellos ojos, hermosa presencia (no dice hermosa apariencia). La belleza de David no es solo una belleza externa. Es la belleza de Moisés., es la belleza de la unción, es la belleza del Ungido, es la belleza que da la mirada de Dios al que Él elige[2]. Es la belleza bautismal, belleza sacramental.
Reafirmamos una vez más, por tanto, la belleza de la juventud. Cada joven es bello porque es ungido y tiene dentro la presencia de Dios que lo elige y lo envía a servir. De esta manera David es el elegido.
DAVID: Entre pastorear y celebrar la liturgia
Como Samuel con Elí, David es puesto al servicio de Saúl (v.21). Su servicio era también litúrgico. David tocaba la cítara y cuando Saúl escuchaba su interpretación recobraba la calma – el bienestar – el espíritu malo se apartaba de él.
La oración y la participación litúrgica de David le permitirá equilibrar la mirada sobre la situación que enfrenta, con bondad, como una bendición y de este modo alejar al enemigo de Dios. Hoy la oración de los jóvenes y su participación en la vida litúrgica de la Iglesia se encuentra seriamente comprometida.
Se ha llegado a perder el sentido y el invaluable valor de su oración en la vida eclesial. Aquella convicción de Don Bosco cuando, ante cada problema y necesidad de un milagro, bastaba la oración de sus muchachos vivida en la ferviente participación de la Eucaristía, la confesión y la devoción a María Auxiliadora. De allí la necesidad de iniciarlos en la vida litúrgica de la Iglesia.
El encargo de David frente a Goliat
La misión de David no terminaba, no permanecía reducida al servicio litúrgico que realizaba. 1Sam 17,1 hace un cambio de escena. El narrador introduce a los filisteos en el relato. Deseaban atacar a Israel y se encontraban geográficamente bien ubicados. Entre ellos había un hombre particular: Goliat (1Sam 17,4). Goliat era un gran militar, estaba fuertemente armado y además tenía seis palmos de estatura. La estatura no es aquí una casualidad narrativa.
El narrador está presentando una persona con características similares a las de Eliab. Está creando un paralelo comparativo entre los hijos de Israel y los filisteos, aunque cada uno con creencias distintas. Los primeros en este caso tienen por Dios a YHWH (1Sam 16,7a). Con Goliat, los filisteos desafían las filas israelitas y piden un hombre para pelear mano a mano con él. Saúl y los israelitas sienten miedo.
Al llegar a 1Sam 17,12 el texto hace un recuento de la historia de David. 1Sam 17,14 recuerda que David era el más pequeño. David continuaba a cuidar el rebaño de su padre (v.15) pero recibe el encargo de llevar grano a sus hermanos, a los jefes militares y preguntar por ellos. Lo hace al alba (el alba nuevamente relacionada con preludios de muerte) obedientemente como le había mandado Jesé (v.20). David llega justo cuando se da el grito de guerra. Ambos bandos están alistados para la batalla. El resto de esta parte de la narración está en 1Sam 17,21-31.
Goliat, el joven que creció para odiar
1Sam 17,32 da un giro tras la intervención de David. Ante el miedo mencionado previamente, David pide no tener cobardía y se ofrece a combatir el filisteo. La respuesta negativa e incrédula de Saúl es humanamente lógica. David es sólo un niño y lo ven como tal. Quizá es correcto desde el punto de vista cronológico. Justo aquí es cuando Saúl, comparando, menciona que Goliat es un soldado desde su juventud. Goliat había crecido en una juventud distinta. Una juventud marcada por un ambiente bélico, de odio, guerrerista, expansionista, violento.
Su juventud había sido dañada en su belleza y había fortalecido a lo largo de la vida su desprecio por el pueblo de Israel.
David, el muchacho: Con la fuerza de Dios libre de apariencias
David ha experimentado cómo YHWH le había concedido librar grandes batallas contra fieras para proteger el rebaño que le había sido encomendado. Si humanamente era sólo un niño, en la fe y en la experiencia de Dios, era un joven adulto, un guerrero de Dios. Ahora estaba convencido que, aun siendo joven, esa misma fuerza recibida de Dios para proteger el rebaño y vencer las bestias, sería la misma que recibiría para luchar contra los filisteos y proteger a los israelitas.
Las palabras de David convencen a Saúl quien manda vestirle con lo necesario para enfrentar al filisteo. Lo hizo a través de un pequeño ritual descrito en 1Sam 17,38-39. Los versos siguientes son los que interesan para nuestra labor.
David no estaba acostumbrado a los vestidos de guerra y no podía caminar así que se los quitó de encima. Escoge cinco piedrecillas lisas y las pone en su cayado de pastor y con una honda en la mano se acerca a Goliat quien desprecia al muchacho (נַ֖עַר ná‘ar) porque era rubio y apuesto. Rechazan en él, la belleza de YHWH. Pero David va contra el filisteo en nombre de Dios (v.45)
Los vestidos que le son impuestos para la guerra son la apariencia. Esconden la fuerza de Dios en David. Pero el muchacho es consciente de ello, por eso se quita todo lo que externamente le han colocado para demostrar una aparente fuerza militar. El joven es consciente por su experiencia de fe, aprendida en el oficio de pastor, que sólo podría vencer a Goliat con la fuerza que traía en el interior y para ello necesitaba despojarse del mundo y abandonarse una vez más en Aquel que le había concedido vencer las bestias que amenazaban de muerte el rebaño[3].
Podemos observar así cómo el pastor, siendo elegido para servir al rey a través de la liturgia, no deja de ser pastor. Lo uno va de la mano de lo otro y las mismas notas de la cítara que daban calma, bienestar y alejaban el mal de Saúl, tienen el mismo efecto en él a la hora de defender al pueblo elegido de Dios. Esa era su gran diferencia con Goliat quien despreciaba la belleza de David, la belleza de lo que hacía Dios en él.
El desprecio de Goliat era en sí misma su máxima debilidad. Entonces el filisteo cae a tierra (v.50) YHWH actuaba en David a través de la piedra (1Sam 17,49)[4]. Quizá por eso afirmará posteriormente en uno de sus salmos que el Señor es mi fuerza, mi roca y Salvación (Sal 17).Vencedor, David es presentado a Saúl quien pregunta tres veces (el ya mencionado tres) “de quién es hijo ese muchacho” (נַ֖עַר ná’ar). (v.55.56.58). Es el hijo de Jesé, de Belén.
Es rescatable en este contexto el lenguaje en torno al templo, el lenguaje litúrgico y, por tanto, la dimensión del símbolo, del signo, de la analogía teológica, de la oración que recurre a la imaginación creativa para construir expresiones litúrgicas de fe a través de la música, el canto (la cítara) y el servicio al Templo del cual se desprende la caridad y la fuerza con la cual luchará posteriormente David.
CLICK PEDAGÓGICO: David, el joven a cargo del rebaño
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| PELICULA | https://www.youtube.com/watch?v=pm4YTaZKG2o | |
| IMAGEN | Unción de David por Samuel. AUTOR. González Velázquez, Antonio. Madrid, 1723 – 1794 | |
| https://www.academiacolecciones.com/pinturas/inventario.php?id=0432 | ||
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[1] Cf. J.L. Elorza, Drama y esperanza,349.
[2] Cf. M. Nott, Historia de Israel, 174.
[3] Cf. N.V. Nguyen, Una casa fara a te il Signore, 19.
[4] La piedra angular (Ef 2,20)
