EL ESPÍRITU: PENTECOSTÉS
| Jn 20,19-23 |
| Al anochecer de aquel día, el primero de la semana, estaban los discípulos en una casa, con las puertas cerradas por miedo a los judíos. Y en esto entró Jesús, se puso en medio y les dijo: «Paz a vosotros». Y, diciendo esto, les enseñó las manos y el costado. Y los discípulos se llenaron de alegría al ver al Señor. Jesús repitió: «Paz a vosotros. Como el Padre me ha enviado, así también os envío yo». Y, dicho esto, sopló sobre ellos y les dijo: «Recibid el Espíritu Santo; a quienes les perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos». |
EL ESPÍRITU PROMETIDO
Juan narra el don del Espíritu a los discípulos en la tarde del mismo día de la resurrección, primer día de la semana judía. Jesús ha cumplido la promesa de enviar al Espíritu en el momento de la ascensión recuerden lo que les dije: me voy, pero volveré a ustedes (Jn 14,28). En efecto, el evangelio continúa su discurso sobre el itinerario de la fe, introduciendo a la misión de la Iglesia.
Jesús regresa el día en que los hebreos celebraban el Shavuot(en hebreo: שבועות, que significa semanas)[1] siete semanas, siete días, 7×7 = 49 indicando plenitud de la fiesta pascual. De allí que el evangelista haya optado por decir el quincuagésimo o día 50 que en griego bíblico se escribe pentecostés (πεντηκοστή).
Este fragmento del evangelio joánico hace parte de las resurrecciones presentadas para llevar a culmen el anuncio de la Pascua, si bien en esta nueva aparición es evidente un progreso narrativo respecto a la aparición precedente: Jesús salió ya al Padre lo que habilita su regreso mediante el Espíritu.
El evangelista ubica la escena en la casa, lugar de encuentro, afecto y familiaridad. No opta por el templo sino por un lugar más asociado al corazón de la comunidad. El ambiente está determinado por el temor, el miedo y la incertidumbre.
La casa, con las puertas cerradas, es el escenario que pone en relieve que hay gente que no puede salir, protegiéndose, por prudencia sí, para no exponerse a los judíos, pero también es la reacción de muchos por traicionar al maestro pues lo habían negado en el momento de la entrega y de la cruz. Los discípulos que se habían fugado se encuentran encerrados, abrumados, con miedo a ser acusados y encarcelados como sucedió al propio maestro. Es un primer retrato de la comunidad: personas atemorizadas, huyendo, sin la valentía que los debería caracterizar tras el tiempo compartido con el ministerio público de Jesús, “creyentes” sin la convicción de fe que les enseñó el Señor.
¿Cuál es la actitud del resucitado ante la traición de los suyos, que somos también los cristianos de todos los tiempos?
Los discípulos no creyeron ni se comprometieron incondicionalmente con aquel a quien el Padre envió. Sin embargo, por mucho que le fallaran a Jesús, a ellos nunca les faltó el amor de Dios manifestado en Jesús y ahora con el regalo del Espíritu[2]. Jesús no nos abandona, viene, entra a la casa, nos busca de nuevo y se pone en el centro de todos. Su presencia, a pesar de las puertas cerradas, es el indicio de su victoria sobre las limitaciones que las circunstancias humanas suelen imponer.[3]
Ante el terror y el miedo que embarga a quienes están en la casa con las puertas cerradas, éste es el preámbulo a la exigencia que Jesús quiere motivar en los discípulos. El miedo es contrario a la fe. Quien cree en Él no tiene miedo. Quien tiene miedo no cree en Él. Así de desenvuelve la narrativa.
EL ESPÍRITU EN MEDIO DE ELLOS
El resucitado no encuentra en las puertas cerradas un obstáculo para estar vivo con la comunidad de los discípulos, se pone en medio de ellos, de pie, en el centro. La acción verbal estar de pie expresa la presencia viva del resucitado, exactamente la misma presencia del Señor en el camino a Emaús, en el martirio de Esteban o el Cordero inmolado de pie mencionado en el Apocalipsis.
Jesús resucitado no abandona a sus traidores, está siempre con ellos, en los momentos trascendentales de su vida, de su fe, de su historia y los transforma, les va recuperando el corazón. Esta convicción debe acompañar la vida del discípulo siempre porque Él, el resucitado, no suelta de su mano a ninguna creatura hasta que sea cumplida en cada tilde la voluntad del Padre en todos y todo.
Ahora, en medio de los suyos, el miedo se ha vuelto alegría, la oscuridad en luz y la incertidumbre en paz.
LA PAZ FRUTO DEL RESUCITADO Y DE LA PRESENCIA DEL ESPÍRITU
La paz esté con ustedes. Este es el primer fruto del resucitado y de la presencia del Espíritu. El evangelio de Juan usa tres veces la expresión la paz esté con ustedes. La paz es un don no un saludo, un don que se entrega. Es la recuperación absoluta de la creatura, del discípulo, desde lo más profundo de la existencia, desde la oscuridad destruida por la luz pascual que viene desde dentro de la resurrección de Jesús hasta extenderse dentro de la muerte que existe en el discípulo para eliminarla y destruir el odio, la violencia, la negación hacia el Trascendente.
Es un nuevo nacimiento. Esta paz solo se entiende desde las llagas de Jesús, con ese amor que el padeció como víctima de los traidores de todos los tiempos. Odio que Él ha transformado en amor y nos lo entrega causando la paz verdadera e inextinguible. Quien cree en la resurrección ha comprendido que sólo le acompañara la paz que viene del Cristo pascual.
Jesús da la paz, Shalom: vida plena a sus discípulos. Jesús se hace reconocer, ya no tiene la forma humana de Nazaret, ahora tiene la forma del Espíritu. Pero quedan las huellas de la experiencia humana, los estigmas, las llagas, la cicatriz de la cruz, la herida del pecho que se abre para dar totalmente su amor por nosotros. Jesús los invade y el miedo cambia. El Espíritu sopla. El aliento que les sopla Jesús, no es el aliento humano sino un soplo que los envía.
¡LOS ENVÍO YO!
La paz recibida del resucitado no es un acomodamiento de la vida. No genera una zona de confort y relajamiento que aísla a la persona de la comunidad y del proyecto de Dios. Es todo lo contrario. La paz del resucitado suscita en el corazón de quien ha recibido este don, el impulso de la caridad, lo que significa aquel anhelo profundo que lleva al servicio de los demás especialmente los más necesitados.
La paz, don del resucitado, hace nacer de lo más hondo de sí la plena confianza de que Dios todo lo guía. La confianza en Él es total, no se necesitan seguridades más que en la persona del Señor Jesús. La Pascua en su naturaleza envía al anuncio del Reino en el encuentro con el prójimo, el pobre y el marginado.
RECIBAN EL ESPÍRITU SANTO
Junto con la paz llega el Espíritu, quien ha de sostener la fe y la presencia del resucitado en el corazón de los discípulos. Jesús sopla sobre ellos, le es dado a la Iglesia el don del Espíritu. No hay otra expresión como esta para referirse al Espíritu Santo en la Escritura. Es una referencia a la expresión del Génesis Insuflar cuando el Creador comunica al hombre su respiración, es decir la vida misma de Dios.
No significa o no es simplemente el acto de soplar encima. Es respirar, está vivo, no es un fantasma, sino que su presencia continua desde la fundación de la Iglesia acompañando a los discípulos hasta la realización del plan de Dios.
Diversos textos vetero y neo testamentarios orientan en esta misma línea, la presencia nueva del resucitado. Para Lucas como en Pablo, es la estipulación plena de la nueva alianza, ya no dada en Moisés en el Sinaí sino a la comunidad en el Espíritu, Dios mismo en persona, ya no en las tablas del decálogo sino impreso en el corazón del creyente.
Es la Alianza esperada por Jeremías:
He aquí que vienen días, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá.
No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi Alianza, aunque fui yo un marido para ellos.
Pero esta es la Alianza que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Yahvé: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré para ellos su Dios, y ellos me serán para mí un pueblo. (Jr 31,31-33)
Pablo nos lleva en la misma dirección:
Nuestra capacidad viene de Dios, el cual nos capacitó para ser ministros de una nueva Alianza, no de la letra, sino del Espíritu. Pues la letra mata, mas el Espíritu da vida… Hasta el día de hoy, siempre que se lee a Moisés, un velo está puesto sobre sus corazones. Y cuando se convierte al Señor, se arranca el velo. Porque el Señor es el Espíritu, y donde está el Espíritu del Señor, allí está la libertad. (2Cor 3, 6.16-17)
Es el nacimiento de la Iglesia, nuevo pueblo de Dios, bautizada por el mismo Espíritu, que recibe la noticia prometida del Paráclito y la misión eclesial de comunicar la buena nueva con la alegría de la resurrección. El envío no es a un lugar específico sino a todos[4] los pueblos (Mt 28,18), hasta los confines de la tierra (Mc 16,15).
La comprensión del envío la discernimos a partir del verso 21 donde encontramos los verbos apostolléin (mandar) pémpein (enviar) y el adverbio kathós (como … como el Padre me ha enviado así les envío yo). Este adverbio expresa la causalidad de la misión: la misión de la Iglesia surge, nace, se desprende, continúa la misión de Jesús recibida del Padre, la causa el Padre en quien encuentra siempre su origen. Apostolléin (mandar) y pémpein (enviar) recuerdan que esta misión es un mandato divino, no un impulso personal, individual y aislado, sino que radica en la autoridad de Jesús, el enviado del Padre que ahora nos envía: kathós (como el Padre me ha enviado a mí).
Los discípulos se constituyen en servidores y ministros de la reconciliación, la paz, el perdón, la fraternidad. Su presencia es la del resucitado, que viene donde están los suyos, está siempre presente, ¡siempre! El que siempre viene a buscarnos allí donde estamos huyendo, escondidos, con miedo. Con el don del Espíritu Santo que proviene de Cristo resucitado, ha iniciado un nuevo mundo.
POR EL ESPÍRITU, PERDONEN … RETENGAN LOS PECADOS
Pentecostés es la plenitud de la victoria de Jesús sobre la muerte por el don del santo aliento, soplo del resucitado que da inicio a una nueva creación donde prima la misericordia de Dios: es la restauración de la vida dañada por el pecado. Corresponde con la respuesta del creyente acoger la misericordia divina sabiendo que por consecuencia el perdón divino lo hará un enviado de Jesús y de su causa.
Tantos rechazan recibir esta misericordia y entran en pánico para acoger la misión encomendada, no aceptan total sino parcialmente la gracia divina. El evangelio no acepta tibios (Cf. Ap 3,16: puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca). Por tanto, esta gracia será retenida hasta cuando el creyente, con la fuerza y el discernimiento que da el mismo Espíritu, comprenda la responsabilidad que implica recibir la gracia del perdón y la tarea de la misión.
EL ESPÍRITU ESTÁ ENTRE NOSOTROS
Jesús está entre nosotros, en medio de pueblo con la presencia del Espíritu. Si no está es porque no lo vemos por la carencia de la fe y un corazón opacado con los entusiasmos del mundo. Ocupamos el lugar de Él, desplazando su lugar de resucitado.
Jesús está siempre entre nosotros, con su Espíritu, no nos deja, ni nos abandona. Somos nosotros quienes le abandonamos como en la noche del Getsemaní, encerrados muertos de miedo. Pero él, contrario a nuestros impulsos proteccionistas y egocéntricos no se cansará una y otra vez de decirnos ¡soy Yo!, en medio de ustedes, ¡la paz sea contigo!
EL ESPÍRITU EN LA TEOLOGÍA SALESIANA
Don Bosco fundador, suscitado y formado por el Espíritu[5]
Con el don de Pentecostés, el Espíritu, la presencia de Jesús resucitado se extiende a lo largo de todas las generaciones. En efecto, cuando el miedo y las circunstancias hagan parecer que todo ha finalizado, que no existen opciones de vida experimentando la aparente ausencia de Dios, aparece una vez más el Espíritu en medio de su pueblo, aunque las puertas estén cerradas y los corazones llenos de miedo.
En el contexto de Turín, siglo XIX, marcado por el hambre extrema, la agricultura casi anulada por el envenenamiento de la tierra y el surgimiento de la revolución industrial, los jóvenes y los más pobres se vieron altamente afectados. Se quedaron sin techo digno, sin alimento, explotados, con la esperanza perdida y pisoteada ante el frustrado sueño de la urbe. Ante los ojos de Dios no estaban abandonados. Figuras como San Leonardo Murialdo, Luis Orione, la marquesa Barolo, San Benito Cottolengo, San José Caffaso, entre otros, y Don Bosco, representaron el pentecostés de la Iglesia en aquella época. Don Bosco es la expresión de Pentecostés para los jóvenes.
La acción del Espíritu se muestra, en el seno de la familia salesiana, ante todo en Don Bosco. Las constituciones salesianas resaltan tres aspectos de esta actuación del Espíritu en los orígenes de la Congregación.
Suscita un hombre que se dedique en cuerpo y alma al bien de la juventud, «la porción más delicada y valiosa de la sociedad humana». La acción es del Espíritu del Señor; pero desde el principio las Constituciones subrayan la presencia materna de María: «Te daré la maestra bajo cuya disciplina podrás llegar a ser sabio»
Forma en él las cualidades necesarias para la misión que está llamado a realizar: «El Señor le dio un corazón grande como las arenas del mar», corazón de «padre y maestro», capaz de entrega total. En este proceso de formación resulta evidente el significado dinámico del dejarse plasmar,
Lo guía a dar vida…, es decir, lo guía a ser fundador de diversas fuerzas apostólicas. El poder del Espíritu revela uno de los modos con que históricamente manifiesta su inagotable creatividad de alma de la Iglesia. Don Bosco fundador, dócil al Espíritu, acepta una misión que cumplirá fielmente: el carisma personal se transforma en carisma al servicio de la Iglesia, Así se convierte en hombre de la Iglesia, de modo que ya no es únicamente propiedad nuestra, sino patrimonio eclesial.
La respuesta de Don Bosco a esta voz del Espíritu se sintetiza bien en unas palabras del Santo que reflejan su sí incondicional: Tengo prometido a Dios que incluso el 6 MBI, 124. Introito de la liturgia antigua en honor de san Juan Bosco. $ Cf. Colecta de la misa de san Juan Bosco. último aliento será para mis pobres jóvenes’[6]. Es transparente el amor profundo y paterno de Don Bosco y su entrega total.
La acción del Espíritu Santo[7]
“Desde el primer artículo, las Constituciones presentan al Espíritu Santo actuando en nuestra Sociedad: suscita a Don Bosco y lo forma para su misión, lo guía en dar vida a diversas fuerzas apostólicas, empezando por nuestra Congregación. La presencia activa del Espíritu Santo es fuente de energía para nuestra fidelidad y apoyo de nuestra esperanza. Puede decirse que las Constituciones tienen de la realidad salesiana una visión pneumatológica: la docilidad a la voz del Espíritu es uno de los rasgos característicos de nuestras comunidades (cf. Const. 2)”[8]
Docilidad en el Espíritu[9]
| A los signos de los lugares | A los signos de los tiempos |
Art 1 “…la presencia del Espíritu Santo”[10]…
| Iniciativa de Dios | ||
| Acción de la trinidad | Como proyecto del Padre | Para salvar a la juventud |
| Como acción del Hijo | Que llama a Juanito por su nombre, y lo pone al frente de los muchachos. | |
| Como actuación del Espíritu Santo | Que forma en él al padre, maestro y amigo de los jóvenes. |
El Espíritu…
| Suscita un hombre que se dedique en cuerpo y alma | Forma en él cualidades necesarias para la misión | Lo guía a dar vida por la Iglesia y los jóvenes |
El Espíritu Santo
| Energía para la fidelidad |
| Apoyo de la esperanza |
| La gracia para la santificación |
Las constituciones Salesianas
| Art 1. | El Espíritu Santo suscitó… lo guio, lo formó. … presencia activa del Espíritu. |
| Art 2. | Dóciles a la voz del Espíritu. |
| Art 3. | El don del Espíritu. |
| Art 4. | Unidad de espíritu. |
| Art11. | Presencia del Espíritu. |
| Art 21. | lleno de los dones del Espíritu santo. |
| Art 24. | y conducido por el espíritu santo que es luz y fuerza |
| Art. 25 | la acción del Espíritu. |
| Art 60. | En su anonadamiento y en el Espíritu. |
| Art.64.86.99. | Dóciles al Espíritu. |
| Art 95. | Al descubrir los frutos del Espíritu. |
| Art 96. | Y les dio el Espíritu Santo. |

SUPLICA AL ESPÍRITU SANTO
| Pentecostés. Festeja la Iglesia su creación, renueva la Iglesia su creación. Que, en esta nueva fiesta de gozo, el Espíritu Santo llegue al corazón de todos aquellos que han puesto en su corazón el candado del odio, del rencor lacerante, de la venganza inmisericorde, del poder mezquino, del narcisismo desmesurado en las puertas del alma para crucificar una vez más a Jesús y desmembrar como animales salvajes al hermano que no quiere determinar. Aunque en tantos corazones las puertas estén cerradas, y el espíritu humano esté inundado en sus propios sentimientos autodestructivos, llegue el Señor, en medio de ellos, en medio de todos, para en cada creyente o no creyente, en la Iglesia y en todas las creaturas, sea realmente renovada la faz de la tierra. |
CLICK PEDAGÓGICO
[1] En tiempos de Jesús se trataba de la festividad judía que celebra la entrega de la Torá a Moisés en el Monte Sinaí marcando el final del conteo de siete semanas hasta omer (עֹמֶר) desde Pésaj (פסח).
[2] Cf. MOLONEY, F. el evangelio de Juan, 537.
[3] Cf. MOLONEY, F. el evangelio de Juan, 536.
[4] https://www.youtube.com/shorts/bbrPgfzWSMY
[5] Art.1. PVSDB,105.
[6] MB XVIII, 158.
[7] Art.25.
[8] PVSDB,291. Art.25.
[9] PVSDB,351.
[10] Const.1
