SAN LEONARDO MURIALDO
SAN LEONARDO MURIALDO

EMANCIPADOR DE LOS HUMILDES: SAN LEONARDO MURIALDO. 12

SAN LEONARDO MURIALDO. Fue padre para sus jóvenes en todo cuanto contribuyese a su bienestar físico, moral y espiritual, preocupándose de su salud, alimento, vestido y formación profesional. Al mismo tiempo favoreció la preparación y cualificación de los responsables de los diversos talleres, tratando de perfeccionar su capacidad educativa mediante conferencias pedagógico-religiosas. Nunca descuidó el crecimiento religioso, además del humano, de sus jóvenes. Luchó por emancipar a los más humildes de cuanto aumentaba su pobreza o les denigrara en su dignidad humana. TEOEDUCANDO

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LEONARDO MURIALDO, SANTIDAD PIAMONTESA

Leonardo Murialdo hace el número nueve de las figuras de singular santidad que han caracterizado a la Iglesia piamontesa del siglo XIX, como las fuertes personalidades del Cottolengo, Cafasso, Lanteri, Allamano, Don Bosco[2] y don Orione, con sus perspicaces intuiciones, el genuino amor por los pobres y la ilimitada confianza en la Providencia.

 A través de su acción, la caridad de la Iglesia ha podido promover eficazmente la emancipación material y espiritual de los hijos del pueblo, víctimas de graves injusticias y marginados en el tumultuoso proceso de modernización de Italia y de Europa.

CON DON BOSCO

La experiencia espiritual de este santo turinés, amigo y colaborador de Don Bosco, tiene sus raíces en una grave crisis juvenil, un período difícil y doloroso de alejamiento de Dios, a los 14 años, que Leonardo jamás olvidaría y que marcará su vida y su misión, caracterizando de dulzura, comprensión y paciencia su labor educativa y pastoral. La «vuelta a la luz» sucede después de la gracia de una confesión general, en la que descubrió la inmensa misericordia de Dios.

A los 17 años maduró la decisión de hacerse sacerdote como respuesta al amor de Dios que lo había atrapado con su amor. Vuelto a Dios, después de la desbandada juvenil, Murialdo experimentó, de modo fuerte y vital, el amor misericordioso y acogedor del Padre, que se convirtió en el alma de su acción apostólica y social, sobre todo en favor de los jóvenes y de los obreros.

MURIALDO: VIDA Y JUVENTUD

Nace en Turín el 26 de octubre de 1828. El padre, rico agente de bolsa, muere en 1833. La madre, mujer muy religiosa, envía a su pequeño «Nardo» al colegio de Savona de los Padres Escolapios, donde permanece de 1836 a 1843. Vuelto a Turín, frecuenta los cursos de teología en la Universidad y en 1851 se ordena sacerdote.

Su espiritualidad, basada en la palabra de Dios y en la sólida doctrina de autores seguros, como san Alfonso y san Francisco de Sales, estuvo animada por la certeza del amor misericordioso de Dios. El cumplimiento de la voluntad de Dios en la realidad cotidiana, la intensa vida de oración, el espíritu de mortificación y un ardiente amor eucarístico caracterizaron su camino de fe.

En colaboración con Don Bosco decide inmediatamente comprometerse en los primeros oratorios turineses, entre los muchachos pobres y abandonados de la periferia: primero en el Oratorio del Ángel Custodio, hasta el año 1857, y después en el de San Luis, como director, de 1857 a1865.

MURIALDO CON LOS MÁS POBRES Y VULNERABLES

Pasa un año de perfeccionamiento en París, hasta que la Providencia lo llama en 1886, a hacerse cargo de los jóvenes más pobres y más abandonados, los del colegio de los Artesanitos de Turín. Desde entonces toda su vida estará dedicada a la acogida, a la educación cristiana y a la formación profesional de estos muchachos, en una época marcada por fuertes contrastes sociales creados por la naciente industrialización y debidos a los sufrimientos de las clases sociales más pobres. En medio de graves dificultades económicas, será esta su principal actividad hasta su muerte.

Leonardo Murialdo se hizo amigo, hermano, padre de los jóvenes pobres, sabiendo que cada uno de ellos guarda un secreto que descubrir: la belleza del Creador reflejada en el alma. Los veía frágiles, abandonados a sí mismos o asociados a adultos sin escrúpulos, obligados a vivir ociosos, ignorantes, esclavos de las pasiones que irían creciendo cada vez más si no eran combatidas, ricos solamente en «ignorancia, en incultura y en vicios». Acogía a todos aquellos que la Providencia le enviaba, fiel al lema que había adoptado:

«Pobres y abandonados: estos son los requisitos esenciales para que un joven sea uno de los nuestros; y cuanto más pobre y abandonado, tanto más de los nuestros».

Para estos muchachos quiso emplear las mejores energías, para que ninguno de ellos se perdiese. Fue ayudado por hermanos y laicos de gran amplitud de ánimo que habían comprendido y compartían las profundas motivaciones de su ministerio. Para ellos funda, en 1873, la Congregación de San José (Josefinos de Murialdo), con el fin de garantizar así la continuidad de la propia acción social y caritativa.

El fin de la Congregación es la educación de la juventud, especialmente pobre y abandonada. Colabora en muchas iniciativas en campo social en defensa de los jóvenes, de los obreros y de los más pobres. En los años siguientes pone en marcha nuevas iniciativas: una casa-hogar (la primera en Italia), una colonia agrícola y otros oratorios, junto a varias otras obras posteriores. La de Murialdo es una presencia significativa en el movimiento católico piamontés. Trabaja en favor de la prensa católica, se muestra activo en de la Obra de los Congresos y es uno de los admiradores de la Unión Obrera Católica.

MURIALDO, FUNDADOR

Supo ser padre para sus jóvenes en todo cuanto contribuyese a su bienestar físico, moral y espiritual, preocupándose de su salud, alimento, vestido y formación profesional. Al mismo tiempo favoreció la preparación y cualificación de los responsables de los diversos talleres, tratando de perfeccionar su capacidad educativa mediante conferencias pedagógico-religiosas. Nunca descuidó el crecimiento religioso, además del humano, de sus jóvenes.

 Escribió: «Nuestro programa no es solamente hacer de nuestros jóvenes obreros inteligentes y trabajadores, y mucho menos aún, fabricar sabidillos orgullosos, sino hacer de ellos ante todo, cristianos sinceros y cabales». Para esto desarrolló entre ellos la catequesis, favoreció la práctica sacramental e incrementó las asociaciones de muchachos y adolescentes, animándoles a ser apóstoles entre sus compañeros y fundan- do, a este fin, la Cofradía de San José y la Congregación de los Ángeles Custodios.

Suave en sus modales, como apuntan sus biógrafos, respiraba siempre modestia y su rostro se dulcificaba con una sonrisa que invitaba a la confianza. Se mostraba sereno y afable, incluso cuando tenía que corregir, tanto que sus artesanitos, ya adultos, lo describían como «un padre afectuoso, un verdadero padre, un padre amoroso».

Estaba convencido de que «sin fe no se agrada a Dios, y sin dulzura no se agrada al prójimo». Fue la experiencia del amor misericordioso del Padre celeste lo que le impulsó a ocuparse de la juventud. Hizo de ella su opción de vida, dejándose llevar por un amor solícito y emprendedor que transformó su existencia y lo hizo atento a la realidad social y paciente con el prójimo. Tuvo fija su mirada en el Padre celestial que cuida de sus propios hijos, respeta su libertad y está siempre dispuesto a abrazarlos con ternura en el momento del perdón. Su existencia terrena terminó el 30 de marzo de 1900.

Beatificado en 1963. Canonizado en 1970. Celebración litúrgica el 18 de mayo

DE LOS ESCRITOS PERSONALES DE SAN LEONARDO MURIALDO

De los «Escritos» de san Leonardo Murialdo, [3]sacerdote (Conferencia de 1869; Mss., t. III, 397, 7-10)

Predilección por los jóvenes pobres y abandonados Tenemos motivos especiales para alegrarnos de nuestra misión: nos los procura la clase de jóvenes a que nos dedicamos. ¿De qué jóvenes se trata? De pobres y abandonados: son dos requisitos que hacen que un joven sea de los nuestros, y cuanto más pobre y abandonado, más nuestro será.

 ¡Pobres y abandonados! ¡Qué hermosa la misión de educar a los pobres! ¡Más hermoso es todavía buscar, socorrer, educar y salvar para esta vida y para la eternidad a los pobres abandonados, abandonados en el aspecto moral aunque no lo sean del todo en el material. ¡Qué dulce es oír que te dicen: «A ti se encomienda el pobre, tú socorres al huérfano» (Sal 9,35).

Los pobres, los niños y los pecadores eran la niña de los ojos de Jesucristo, la perla preciosa, su tesoro más preciado. Nuestros jóvenes son pobres, son niños. Digamos también que, a veces, ya no tienen mucho de inocentes. Pero este último aspecto, aunque en sí mismo no tiene nada de amable, ¿debe quizá hacérnoslos menos queridos, menos —valga la expresión— interesantes?

 Es posible que alguna vez olvidemos la condición de los jóvenes a cuyo bien queremos consagrar toda nuestra vida. En cuanto un joven se muestra de índole poco buena o incluso perversa, de carácter indisciplinado o difícil, reacio a la educación, orgulloso, tozudo y contumaz en el mal, o que incluso empeora, inmediatamente nos disgustamos y caemos de ánimo: querríamos que el pobrecito dejara de fastidiarnos y se las apañara a solas con sus vicios.

 Sin embargo, no debemos ser fáciles al cansancio ni desanimarnos y desesperar. No olvidemos que, recogiendo a abandonados, hay que esperarse jóvenes con toda la ignorancia, rudeza y vicios que comporta su abandono. Aunque fueran de familias educadas y cristianas, no tendría que maravillarnos encontrar defectos y hasta vicios en los niños. Si ya fueran perfectos, ¿por qué educarlos? Pues, ¿qué podemos esperar quienes nos dedicamos a niños recogidos de la calle o, a veces, de las manos de unos padres vulgares o escandalosos?

Su miseria moral debe conmovernos mucho más que su pobreza material; en lugar de hacernos perder demasiado pronto la paciencia y la esperanza, nos tiene que estimular a trabajar con mayor ánimo y llenos de compasión hacia esos pobres infelices; en realidad, con frecuencia son más desdichados que culpables; probablemente también nosotros seríamos igual si nos hubieran abandonado como a ellos.

Así pues, que la misma condición de nuestros pobres jóvenes nos impulse a poner más empeño en el cumplimiento de los deberes que nos impone su educación y a pedir a Dios que los haga crecer (cf. 1Cor 3,6).

VILLA MURIALDO. CADA DE LA FAMILIA DEL SANTO

ORACIÓN A SAN LEONARDO MURIALDO

Oh Dios, fuente de todo bien, que en san Leonardo Murialdo diste a los huérfanos un padre y a los jóvenes trabajadores un guía: concédenos, por su intercesión, seguir los preceptos de tu amor en el servicio a nuestros hermanos. Por nuestro Señor Jesucristo. AMÉN!

CLICK PEDAGÓGICO

BIOGRAFIA ILUSTRADA LEONARDO MURIALDOhttps://www.youtube.com/watch?v=42NX8ePAktg
EWTN[4]: Mi historiahttps://www.youtube.com/watch?v=SIOigWXhyFg

[1] www.sdb.org

[2] www.teoeducando.com

[3] https://www.murialdo.org/spa/content/i-luoghi

[4] https://www.ewtn.com/es

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