INTRODUCCIÓN BÍBLICA A LA MARIOLOGÍA SALESIANA
La Sagrada Escritura no es una historia de la teología sino una teología de la historia. Es la mirada de fe que durante siglos el pueblo de Dios ha escrito frente a cada uno de los acontecimientos vividos, enfrentados, luchados entre gozos y frustraciones, libertad y esclavitud, muerte y vida, pero con un patrón fundamental: Dios se ha hecho presente para caminar con su pueblo y salvarlo. De hecho, la Escritura es, en el sentido teológico, la historia de la Salvación, o mejor, la historia de Dios que salva a su pueblo.
Salvación viene etimológicamente de salvus (salvo, sano, bueno), del sustantivo salus (salud) y de salvatio (salvación). Estar salvo, sano, es un estado de gracia divina que sólo Dios puede garantizarle al hombre.
Es decir, se está sano no porque no hay enfermedad sino porque Dios evita la enfermedad o la cura, es una acción de Dios. Si se está a salvo no es por el control humano del peligro sino porque la divinidad custodia del maligno, o ya presente lo ha combatido librando a la creatura de él. La acción recae en lo divino no en lo humano. Si soy bueno, no es por un logro personal sino porque lo malo ha sido desterrado por el Creador suprimiendo toda presencia seviciosa que destruya la creatura.
Estar salvo, sano y bueno requiere la confrontación con el opositor, la enfermedad, el peligro, la maldad. Es la lucha profunda que el hombre no libra por sí mismo. No pudiendo la criatura por sí misma defenderse, por amor el Creador sale maternalmente a la defensa de su creación.
El amor de Dios no se puede entender sin su dimensión salvífica. Junto a la creación viene constituida la salvación, extendida a lo largo de todos los tiempos.
En efecto, la acción salvadora de Dios es perceptible en la Escritura de modos diversos. Salvar es crear, es dar vestido, es dar alimentación y bebida, es sanar de la enfermedad, es expulsar al maligno, es devolver la vida, es educar, es amonestar, es dar consuelo a su pueblo, es asistir en el camino a la comunidad, es dar al propio Hijo para liberar de la muerte a los hermanos, es resucitarlo. Éste es el punto máximo de la salvación del hombre: ¡Cristo ha resucitado!
La teología salesiana comprende esta dinámica salvífica desde el auxilio que viene de Dios, creador del cielo y de la tierra (S. 120,1b). El auxilio de Dios, que no pretende otra cosa más que salvar por amor a todas las creaturas, sus creaturas, es la línea trasversal de la presencia – asistencia divina en medio de su pueblo, lo que es evidente en ambos testamentos.
AUXILIO DE DIOS EN EL ANTIGUO TESTAMENTO
En el Antiguo Testamento encontramos el verbo יָשַׁע yaw-shah’ que significa, como lo hemos dicho, Yahvé que salva, y en su forma derivada Yahvé que auxilia. En el hebreo bíblico los verbos tienen una raíz fundamental denominados Qal, de los cuales se desprenden otros verbos llamados derivados. Los verbos derivados son aquellos que reciben modificaciones en la raíz, por tanto, en su significado, y son de interés para poner el fundamento de nuestro documento.
| FORMA VERBAL | SIGNIFICADO SEGÚN LAS MODIFICACIONES DE LA RAIZ QAL | |
| 1 | Qal (פָּעַל) | Esta es la forma simple y básica. Ejemplo: יָשַׁע (yasha) – «él salvó». |
| 2 | Nifal (נִפְעַל) | Forma pasiva o reflexiva. Ejemplo: נִוְשַׁע (nivasah) – «él fue salvado» o «él se salvó a sí mismo». |
| 3 | Piel (פִּעֵל) | Forma intensiva o causativa. Ejemplo: יִשִּׁיעַ (yishia) – «él causó que salvara» o «él ayudó a salvar». |
| 4 | Pual (פּוּעַל) | El verbo hebreo para «salvar» es יָשַׁע (yasha). Sin embargo, la raíz יָשַׁע (yasha) puede aparecer en diferentes formas verbales dentro de los siete binyanim (modelos de conjugación) del hebreo bíblico. Los binyanim son: Forma pasiva del Piel. Ejemplo: יֻשַּׁע (yusha) – «él fue ayudado a salvar». |
| 5 | Hifil (הִפְעִיל) | Forma causativa. Ejemplo: הוֹשִׁיעַ (hoshia) – «él causó que salvara» o «él salvó». |
| 6 | Hofal (הֻפְעַל) | Forma pasiva del Hifil. Ejemplo: הוֹשַׁע (husha) – «él fue salvado». |
| 7 | Hitpael (הִתְפַּעֵל) | Forma reflexiva o recíproca. Ejemplo: הִתְוַשַּׁע (hitvasah) – «él se salvó a sí mismo» o «él se hizo salvo». |
| Conclusión | Estos son los siete binyanim que modifican la raíz יָשַׁע (yasha) para expresar diferentes matices del significado de «salvar». No son conjugaciones en el sentido tradicional, sino patrones morfológicos que cambian la forma y el significado del verbo. |
El verbo יָשַׁע aparece por primera vez en Ex 2,17. Entonces vinieron unos pastores y las echaron de allí, pero Moisés se levantó y las defendió יֹּ֣ושִׁעָ֔ן, y dio de beber a su rebaño. En su forma Nifal (נִפְעַל), por implicación, el verbo se traduce como estar seguro. En Piel es causativo, alguien realiza la acción de liberar, socorrer, auxiliar … ser auxiliado, liberado, victorioso. En su forma Hifil se traduce como defender, librar, auxiliar.
Ex 2,17 hace parte de la narración en que las siete hijas de un jefe tribal van a sacar agua del pozo, pero unos pastores llegan y las quitan del lugar impidiéndoles tomar agua para sí y para el rebaño. Al ver la opresiva situación Moisés se levanta y las defiende יֹּ֣ושִׁעָ֔ן favoreciendo la bebida para ellas – para el pueblo, para sí, y para las ovejas. Con este gesto se presenta una triple salvación, un triple auxilio:
La primera parte corresponde a las mujeres que son defendidas, auxiliadas del ultraje y del derecho vulnerado al acceso del agua del pozo perpetrado por unos malvados pastores.
La segunda parte se refiere al agua dada al rebaño por parte de Moisés teniendo en cuenta que fue él quien realizó la tarea de dar de beber a las ovejas, labor que le correspondía a las mujeres.
La tercera parte de este auxilio lo recibe el mismo Moisés quien huía ante las amenazas del Faraón. Al salvar las siete mujeres, es llamado por el padre de ellas a comer, a quedarse en casa, le es dada por esposa a Séfora y tienen un hijo, importante signo de descendencia para los judíos. Todo había sido puesto en su lugar: las mujeres, el pozo, el agua, las ovejas, el padre de las siete mujeres, Moisés y los mismos pastores malvados.
Para todos todo era caos, peligro, violencia, muerte, una hecatombe, pero al final brotó la justicia, la libertad, la vida. La presencia de Moisés en el pozo, la gratitud del padre de las doncellas, la llegada del primogénito y lo que vendrá posteriormente en la narración de Ex 2,23 ss, tan perfectamente calculado, sólo puede ser leído e interpretado desde la presencia de Yahvé que fue moviendo cada hilo de las diversas escenas del momento para que todo volviera a su cauce. La presencia de Dios se hizo auxilio y por tanto salvación.
He aquí el inicio del camino salesiano del que se desprenderá no solo la devoción sino el carácter educativo – pastoral de la presencia de María Auxiliadora en el carisma salesiano.
Son diversos los textos del Antiguo Testamento que recurrirán al verbo ישׁע para explicar y narrar desde la experiencia de su fe la intervención de Dios a favor de su pueblo.
| Sal 5,3 | Atento a mis gritos de auxilio |
| Sal 10,14 | Tú eres el auxilio del huérfano |
| Salmo 30,3.11 | Dios mío, te pedí auxilio y me curaste… Sé, Tú, Yahvé, mi auxilio |
| Sal 31,23 | Oías la voz de mi plegaria cuando te gritaba ¡auxilio! |
| S. 62,8 | Tú me sirves de auxilio |
| S. 120,1b-2ª | El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra |
| Sof 1,10 | Aquel día habrá – oráculo de Yahvé – gritos de auxilio. |
| Lm 3,8 | Aunque grito y pido auxilio, él sofoca mi plegaria |
| Is 20,6 | «Ahí tenéis en qué ha parado la esperanza nuestra, adonde acudíamos en busca de auxilio para librarnos del rey de Asur. ¿Cómo podremos ponernos s salvo? |
| Sab 11,5 | Se convirtió en auxilio de su propia necesidad |
| 1Mac 12,15 | ¡Contamos con el auxilio del Cielo! |
| 1Mac 16,3 | ¡Que el auxilio de Dios sea con vosotros! |
Sal 5,3 Atento a mis gritos de auxilio
Se trata de una composición que va más allá de algo penitencial. Se suplica cuando hay una tribulación. Aquí no dice cuál es. Es particular de este salmo la presencia de los malvados y el salmista que se contrapone a ellos. Él invoca la escucha de Dios y le ruega explícitamente que se detenga, que fije la mirada en su oración, estando atento a sus gritos de auxilio. El uso de la expresión gritar pone en evidencia una angustia muy profunda que no ha encontrado respuesta.
El salmista grita porque comprende que Yahvé lo escucha y es finalmente el único que podrá auxiliarlo. Por ello, al final del salmo proclama: Se alegrarán los que se acogen a ti, gritarán alborozados para siempre, tú los protegerás. En ti disfrutarán los que aman tu nombre. Es hermoso observar que el grito con el que pide auxilio (V.3), es el mismo grito con el que se anunciará la ayuda recibida de Dios.
Sal 10,14 Tú eres el auxilio del huérfano
Aunque el verso parece ser sobrepuesto, es decir, no pertenecer a la estructura original del salmo, la figura del huérfano permite elaborar la escena: no hay padres, por tanto, no hay casa, ni afecto, hay abandono y soledad. En el mundo terrenal nadie tendrá cuidado de él. El salmista es consciente que Dios cumplirá el rol divino de la paternidad y la acogida comunitaria, cuidando de él, dándole la seguridad necesitada ante los peligros acechantes.
Salmo 30,3.11 Dios mío, te pedí auxilio y me curaste… Sé, Tú, Yahvé, mi auxilio
El salmo ha sido escrito tras la victoria del salmista ante un grave peligro de muerte. Te ensalzo Señor, porque me has librado (v.2). Fue invocado el auxilio de Dios (v.3) y le fue concedido este auxilio (v.11). Has cambiado mi llanto en danza (v.12). El auxilio ha venido al salmista porque éste reconoce el amor de Dios y su santidad.
El mensaje del salmista y su experiencia de fe es claro. El amor a Dios y la vida que busca ser santificada, son la antena que atraen del Señor su protección ante cualquier eventual peligro que busque destruir el cuerpo, el alma, la comunión fraterna.
Sal 31,23 Oías la voz de mi plegaria cuando te gritaba ¡auxilio!
Es una oración que surge en la prueba, inspirada en las confesiones de Jeremías y con afinidad a Jonás 2. El punto de partida está en la confianza del salmista en el verso segundo del salmo: En ti Yahvé me cobijo.
Después de la amplia narración de todo cuanto aqueja al salmista, partiendo del momento existencial de angustia que vive (v.3), la atención en el pecado propio (v.11), la toma de conciencia de la presencia de Dios en el corazón (V.15) y la percepción del abandono de la mirada de Yahvé (v23a), el autor sagrado ha concluido tras un largo discernimiento que su voz suplicante siempre había sido escuchada cuando había pedido auxilio.
Por ello, lejos de ocultar esta realidad permanente de su fe, culmina el salmo con el llamado a tener valor y firmeza en el corazón, esperar en Él y amarlo, porque Él protege y devuelve con creces (v.24-25). Junto al salmo precedente, reconocer el amor de Dios es el “requisito”, la respuesta humana de fe esencial para alcanzar el auxilio divino. Aquí ya es posible definir una pequeña regla espiritual:
Amor de Yahvé + santidad = El auxilio viene de Dios
Sal. 62,8 Tú me sirves de auxilio
Este es un salmo escrito en tiempos de la monarquía. Quien ora es un rey mostrando una doble situación desde la que el salmista se dirige a Yahvé: a) una profunda necesidad de Dios. b) hay quienes desean atentar contra su vida. Es un modelo acabado de religiosidad auténtica.
Ante el peligro el salmo muestra la actitud del rey orante. Soledad ante Dios: acostado me vienes a la mente (v.7a), la esperanza – vigilia: quedo en vela meditando en ti (v7b) reconoce que Dios es su auxilio y bajo las sombras el rey exulta (v.8-9).
Dios es la fuerza del rey, pero sin la experiencia del silencio y la soledad, de la vigilancia, la esperanza y el ejercicio de la meditación, sin intimar espiritualmente con el Señor, el corazón no se abre a la acción de Dios y su favor, dando lugar a la doble muerte: la de Dios en el corazón y la vida misma.
Amor de Yahvé + santidad + silencio interior = El auxilio viene de Dios
S. 120,1b El auxilio me viene del Señor que hizo el cielo y la tierra
El salmo, breve, recuerda a los peregrinos caminando a Jerusalén por senderos con diversos peligros que Dios cuida y protege, como a los cristianos que del mismo modo caminan hacia la Jerusalén eterna. Basta levantar los ojos (v.1b) para entrar en contacto con la mirada de Dios, aquella misma mirada que el salmista del salmo 31 sentía distante Estoy dejado de tus ojos, pero oías la voz de mi plegaria cuando te gritaba ¡auxilio! (salmo 31,23). Aspirad a los bienes de arriba nos recordará San Pablo. Dios nunca niega su auxilio cuando con amor y deseos de santidad se le mira e invoca.
Sof 1,10 Aquel día habrá – oráculo de Yahvé – gritos de auxilio
Sofonías profetizó en tiempo de Josías. Atacó las costumbres extranjeras que estimulaban el culto a falsos dioses en tiempos previos a la reforma religiosa. Su mensaje estaba centrado en el anuncio del día de Yahvé que llegaría con castigos por comportamientos morales y religiosos que atentaban contra el pueblo elegido y contra Dios mismo. Será allí cuando los hombres, viendo sus faltas y la catástrofe que causaron, invocarán el auxilio de Dios con gritos (nuevamente el grito) quien llegará a prisa para restaurarlo todo (1,14).
Lm 3,8 Aunque grito y pido auxilio, él sofoca mi plegaria
Estamos ubicados en la tercera lamentación de Jeremías, una lamentación individual que se extiende a la expresión colectiva.
Es la reacción sentida y frustrada de Jeremías por la transición que vive entre la enfermedad y el asedio de su pueblo encarnado en él. En este caso, también Jeremías con gritos ha pedido el auxilio de Dios, pero viene la lamentación: Él sofoca mi plegaria (v.8). Representa muy bien la incertidumbre, el silencio que tantas veces experimentan quienes insistentemente piden la ayuda divina sin sentirse escuchados.
Aun así, Jeremías cree, está en un proceso de purificación que debe vivir primero para llegar al amor y a la santidad de la que nos hablaba previamente los salmos. Es la experiencia de la cruz sin la cual es imposible la resurrección. Si el auxilio solicitado a Dios no está anclado para el cristiano en la Pascua, se bloquea la presencia de Dios. Hay que poner la mirada donde corresponde: el Resucitado. Mientras esto se aprende, serán sofocadas, como pedagogía divina, nuestras plegarias.
Is 20,6 Ahí tenéis en qué ha parado la esperanza nuestra, adonde acudíamos en busca de auxilio para librarnos del rey de Asur. ¿Cómo podremos ponernos s salvo?
Nos ubicamos en Asdod. La ciudad se había revelado inclinándose a imposiciones egipcias. Isaías consciente de la desviación religiosa que alejaba de Yahvé, en este caso diremos de la fe, ve la ocasión para profetizar. En ese ejercicio profético les anuncia que están confiando en quien no deben y les será hecho el reclamo: ¿adónde acudíamos en busca de auxilio? Reconocerán que han depositado su esperanza equivocadamente en falsos profetas y que en lugar de ser auxiliados están en peligro de muerte. ¿Cómo salvarse? Pidiendo el auxilio del verdadero Dios: Yahvé.
Sab 11,5 Lo que sirvió de castigo para sus enemigos, se convirtió en auxilio de su propia necesidad.
El verso hace alusión al agua que el pueblo peregrino recibió de las rocas. Ellas, secas y muertas, les dieron vida. Donde veían muerte, Dios veía vida, y de lo menos esperado hizo brotar agua para calmar la sed de su pueblo. De esta manera los auxiliaba.
En el peregrinaje, camino hacia la tierra prometida, en medio del desierto, la sed, la amenaza de muerte, Yahvé está presente entre los suyos, asiste a su pueblo con el permanente auxilio que llega, no cuando el hombre quiere y desde donde el hombre quiere, sino cuando la sabiduría de Dios lo considera providencial para salvar a quienes ama.
1Mac 12,15 Contamos con el auxilio del Cielo
El capítulo doce del libro primero de los macabeos hace referencia a las acostumbradas renovaciones de la alianza con características muy hermosas: reconocer la consolación de los santos (v.9), la fraternidad y la amistad (v.10), la liturgia y la oración (v.11), la serenidad ante las tribulaciones, el triunfo frente a los ataques y las guerras (v.11) hasta concluir con una profesión de fe: contamos con el auxilio del Cielo, que, viviendo en nuestra ayuda, nos ha librado de nuestros enemigos y a ellos los ha humillado.
Este fragmento es el nivel más elevado que ha logrado alcanzar teológicamente el verbo ישׁע. La convicción profunda del pueblo de Dios ve en el consuelo de los santos, la fraternidad, la oración y la libertad frente a las guerras, el auxilio que viene de Dios, que mantiene victorioso a los suyos y derriba a quienes buscan su destrucción.
El auxilio de Dios no sólo consiste según este verso de los Macabeos en vencer las guerras y ver caer al enemigo. Es también lograr al interior de la comunidad la gracia de renovar la alianza, el don de ser hermanos (fraternidad) y la oportunidad del encuentro para ofrecer en la liturgia la vida del pueblo de Dios. Este auxilio divino es el que 1Mac 16,3 deseará a todos los que aman a Yahvé: Que el auxilio de Dios sea con vosotros[1].
El alto nivel en el que los Macabeos han puesto el verbo ישׁע será de hecho, el carácter educativo que Don Bosco dará a la devoción a María Inmaculada, la Auxiliadora del oratorio y de los cristianos.
Este breve recorrido introductorio del verbo ישׁע a lo largo del primer testamento, va dando el fundamento teológico – educativo de la comprensión que Don Bosco dará a su obra y a su método espiritual: el sistema preventivo. Sin embargo, el camino aún está sin la piedra angular de la que se desprende todo y a quien llega todo: Cristo.
EL AUXILIO DE JESÚS EN EL NUEVO TESTAMENTO
Son diversos los términos del griego bíblico usados para referir el auxilio de Dios que va en continuidad con el verbo ישׁע del Antiguo Testamento en la progresión narrativa de un pueblo que espera al Mesías y de Dios que prepara su llegada definitiva.
| lýō | Desatar, liberar, en ocasiones cambio de algo. |
| Σώζω: sṓzō | Arrancar, salvar de un peligro amenazante para la vida. |
| ῥύομαι: rhýomai | Preservar, proteger de un peligro. |
El Nuevo Testamento atribuye al evento pascual (pasión, muerte y resurrección de Jesús) la causa de regeneración del hombre, es decir a causa del misterio pascual, el hombre ha sido auxiliado del pecado, de la esclavitud no sólo política, social o económica sino también la que oprime al Espíritu que es la más grave y asesina de todas.
Cristo auxilió con su propia vida en la cruz al hombre de sí mismo, esto es, de su orgullo, su narcicismo, su autorreferencialidad, su propia autosuficiencia, aquel impulso mundado de ponerse en el lugar de Dios o prescindir de Él.
Fue entregado por nuestros pecados y resucitó para nuestra justificación (Rm 4,25); Si cuando éramos enemigos, fuimos reconciliados con Dios por la muerte de su Hijo, ¡con cuánta más razón, estando ya reconciliados, seremos salvos por su vida! (Rm5,10); Por El Padre, Cristo es redentor y salvador (Σωτήρ).
Aparece un nuevo verbo: Sotér. Cristo es la causa de la salvación del hombre, el que libra, la acción de salvar y la consecuencia de ser salvado vienen de la acción divina del Hijo del hombre, nuevamente no es iniciativa humana.
| Σωτήρ | Sōtḗr | El que libra o preserva | Cf. Mt,1,12; Lc 2,11; Jn 4,42; He 5,32; 1Tim 1,1; 4,10; Flp 3,20; Ef 5,23; 2Tim 2,10; Tit 1,4; 2,13; 1Jn 4,14; 2Pe 1,1; Jds 2,5) |
El tan esperado Mesías que vendría para liberar, salvar – auxiliar a su pueblo es reconocido en Cristo por las nacientes comunidades cristianas de los evangelistas.
| Mt 1,21 | Porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados. |
| Lc 2,11 | Les ha nacido un Salvador |
| Jn 4,42 | Sabemos que él es verdaderamente el Salvador del mundo |
También βοηθός, οῦ, ὁ, ἡ es un término que identifica al ayudador o auxiliador, así como epikouria (ἐπικουρία) que en el griego bíblico significa auxilio, ayuda o asistencia. Este último es un sustantivo femenino que aparece en el Nuevo Testamento, específicamente en Hechos 26,22, donde Pablo agradece el «auxilio» o «ayuda» divina para testificar. Se deriva de términos que denotan asistencia de un siervo o socorro divino.
Aquellos gritos de auxilio tan comunes en las súplicas sálmicas cuando había un inminente peligro de muerte, aquel auxilio que con seguridad llegará de quien ha hecho el cielo y la tierra, el auxilio del cielo con que contaban seguros y triunfantes los macabeos, se concreta ahora en la persona de Jesús.
Su vocación mesiánica es justamente salvar – auxiliar a su pueblo venciendo de una vez y para siempre al autor del pecado, del mal, del peligro, de la esclavitud y las permanentes asechanzas que buscan acabar con lo que el Padre hace en el corazón de sus creaturas para salvarlos. Entonces se comprende el sentido salvífico del misterio pascual de Cristo:
Pasión con la que comparte el sufrimiento, el dolor, las agonías y angustias de la humanidad en la que se ha encarnado;
Muerte con la que entrega su propia vida para destruir para siempre el pecado y la esclavitud que encadenaba al mal todas las cosas creadas por Dios porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán, y ha borrado con su Sangre inmaculada la condena del antiguo pecado[2];
Resurrección con la que Cristo se hace Luz, supresión eterna de la oscuridad, de la muerte, de la condenación y anticipo de la eternidad de la que participaremos porque si Cristo no hubiese resucitado vana sería nuestra fe (1Cor 14,15);
Glorificación en la que la creación entera comprende y asume que todo en este peregrinaje tiene su sentido en el fin último del hombre que es la Pascua de Cristo. Lo expresa la Iglesia en el pregón pascual en la noche santa de la Vigilia de Resurrección:
Ésta es la noche en que la columna de fuego
esclareció las tinieblas del pecado.
Ésta es la noche que a todos los que creen en Cristo,
por toda la tierra,
los arranca de los vicios del mundo
y de la oscuridad del pecado,
los restituye a la gracia y los agrega a los santos.
Ésta es la noche en que,
rotas las cadenas de la muerte,
Cristo asciende victorioso del abismo.
¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros!
¡Qué incomparable ternura y caridad!
¡Para rescatar al esclavo entregaste al Hijo!
Cristo ha glorificado al Padre en la tierra, llevando a cabo la obra que se le encomendó: Yo te he glorificado en la tierra, llevando a cabo la obra que me encomendaste realizar… He manifestado tu Nombre a los hombres que tú me has dado tomándolos del mundo para tí (Cf. 17,4-7). Es por el cumplimiento de la voluntad del Padre que Jesús tiene la autoridad divina y moral de auxiliar para salvar a los que ha recibido de Dios.
A la necesidad de sentirse amado por Jesús, a la actitud perenne de amarlo a Él, al deseo de una vida santificada como expresa el salmo 30 y el salmo 31, se agrega aquí una nueva condición espiritual para alcanzar el auxilio que viene de Dios: que se haga en mí su voluntad. La fórmula hasta aquí es más o menos la siguiente:
Amor a Cristo+ silencio interior + santidad + hacer su voluntad = El auxilio viene de Dios
Con el acontecimiento del misterio pascual, el auxilio temporal del Antiguo Testamento es ahora en Cristo el Auxilio permanente de Dios que salva y conduce al Edén prometido, a la Jerusalén de Cielo, donde desaparecerá el llanto y todo será gozo y alegría (Cf. Salmo 30,11).
El auxilio de Cristo al hombre no es un simple proteccionismo ante un peligro determinado por un tiempo concreto. Todas las acciones de Jesús auxilian y salvan segundo a segundo la vida de los que en Él creen y en los que no también.
El Hijo del hombre está permanentemente auxiliando a su pueblo. Cristo se hace el Auxilio permanente de Dios para su pueblo, de todos aquellos a quienes el Padre le ha confiado para guardarlos del Maligno (Cf. Jn 17)
Lo hace obedeciendo: siendo el Hijo de Dios, aprendió obediencia mediante el sufrimiento y las pruebas que enfrentó durante su vida terrenal (Hb 5,8);
Sintiendo compasión y: al ver a la multitud desamparada como ovejas sin pastor, siente compasión;
Educando: Les instruye extensamente Mc 4,2;
Comunicando la Palabra: Yo les he dado tu Palabra Jn 17,14;
Sanando enfermos: la gente estaba admirada al ver que los mudos hablaban, los mancos quedaban sanos, los cojos andaban y los ciegos podían ver Mt 15,31;
Resucitando muertos: ¡Lázaro, sal fuera! Jn 11,43;
Dando comida y bebida al que no tiene conqué alimentarse: Y comieron todos, y se saciaron Mt 14,20;
Perdonando: Tus pecados te son perdonados Mt 9,2 – Lc 7,48;
Amonestando: Mi casa será declarada casa de oración”, pero ustedes están haciendo de ella una cueva de ladrones Mt 21,13;
Abrazando a los pequeños y bendiciendo: Tomándolos en los brazos, poniendo las manos sobre ellos, los bendecía Mc 10,16;
Asistiendo con presencia divina y preventiva el camino de quienes se interrogan y discuten por las crisis de fe: Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó a ellos y caminó a su lado Lc 24,15.
Orando: se retiraba con frecuencia a los lugares solitarios para orar Lc 5,16.
Somos auxiliados en la oración amorosa de Jesús que por nosotros Él dirige al Padre: Por ellos ruego; no ruego por el mundo, sino por los que tú me has dado, porque son tuyos (Jn 17,9)
La conclusión es evidente. Cristo es el Auxilio, no sólo nos da el auxilio. No es Él quien simplemente “intercede” para estar protegidos, no es Él quien solamente “media” para ser librados del mal, no viene Jesús a “suplir” lo que no lograron los profetas, no viene el Señor para “apaciguar” de manera mágica y supersticiosa el miedo.
Jesús no es “otro más” en la lista de personajes bíblicos que viene para “ayudar” con lo que pueda a los que le han sido encomendados. Jesús no es una presencia parcial. Él es todo el auxilio mismo de Dios.
Basta levantar la mirada hacia la cruz como Él mismo la levantó para iniciar la oración por los suyos en Jn 17,1 (Lo mencionaba el salmo 120,1b). Él, desde allí, colgado en el madero, mira con misericordia el dolor humano y desde la cruz abraza al que sufre para ofrecerse una vez más…
…Como pan que auxilia el hambre de Dios, de justicia y paz en la Eucaristía.
…Como Palabra que auxilia ante la confusión y la desorientación en el camino.
…Como sacramento que auxilia ante la necesidad de la fuerza de Dios en el decaimiento existencial y espiritual.
…Como comunidad eclesial que acoge como madre, guía y techo a todos los hijos.
…Como fraternidad que auxilia a los hermanos en la fe abrazando al que sufre y se siente caer.
…Como auxilio divino en la oración, donde el hijo puede hablar tiernamente con su Padre para expresarle todo lo que vive, siente, piensa, sueña dejando todo en las manos de Aquel que hace todas las cosas posibles.
Desde la cruz Jesús nos auxilia con aquellas palabras cargadas de ternura y despojo. Mujer, he ahí a tu hijo; hijo, he ahí a tu madre» (Juan 19,26-27).
Jesús nos auxilia poniéndonos en brazos de su madre, la mujer, Ella, la Inmaculada y Auxiliadora de la Iglesia. Que el auxilio de Dios sea con vosotros (1Mac 16,3) auxilio que llega en María, la que ha creído y solicitado que se haga todo según su Voluntad (Lc 1,38).
“HAGAN LO QUE ÉL LES DIGA” (Jn 2,5)
LA PRESENCIA AUXILIADORA DE MARÍA EN CANÁ DE GALILEA
Las escenas bíblicas a lo largo del Nuevo Testamento en las que podemos contemplar la presencia maternal de María son abundantes. Su asistencia en diversos momentos del ministerio de Jesús no es pasiva. Ella es el יָשַׁע yasha materno, femenino e inmaculado de Dios.
Tan pronto sabe que su prima Isabel está encinta sale a su encuentro. Cuida junto a José del peligro que corre Jesús ante la orden de muerte proferida contra los niños por parte de Herodes y la persecución de Arquelao, sale en búsqueda de Jesús cuando Él se queda en el Templo entre los doctores de la Iglesia y percatándose de la dificultad en la boda de Caná no duda recurrir a Jesús.
Me permito recodar a Benedicto XVI para acercarnos al texto de Jn 2,13 ubicadas dentro del texto de Jn 2,1-4,54 abriendo el relato del primer milagro en Caná. Escribe el santo Padre:
[María pide a su Hijo un favor para unos amigos que pasan dificultades. A primera vista, esto puede parecer una conversación enteramente humana entre la Madre y su Hijo; y, en efecto, también es un diálogo lleno de profunda humanidad. Pero María no se dirige a Jesús simplemente como a un hombre, contando con su habilidad y disponibilidad a ayudar. Ella confía una necesidad humana a su poder, a un poder que supera la habilidad y la capacidad humanas.
En este diálogo con Jesús la vemos realmente como Madre que pide, que intercede. Conviene profundizar un poco en este pasaje del evangelio, para entender mejor a Jesús y a María, y también para aprender de María el modo correcto de orar. María propiamente no hace una petición a Jesús; simplemente le dice: «No tienen vino» (Jn 2, 3).
Las bodas en Tierra Santa se celebraban durante una semana entera; todo el pueblo participaba y, por consiguiente, se consumía mucho vino. Los esposos se encuentran en dificultades y María simplemente se lo dice a Jesús. No le pide nada en particular, y mucho menos, que Jesús utilice su poder, que realice un milagro produciendo vino. Simplemente informa a Jesús y le deja decidir lo que conviene hacer.
Así pues, en las sencillas palabras de la Madre de Jesús podemos apreciar dos cosas: por una parte, su afectuosa solicitud por los hombres, la atención maternal que la lleva a percibir los problemas de los demás. Vemos su cordial bondad y su disponibilidad a ayudar. A ella confiamos nuestras preocupaciones, nuestras necesidades y nuestras dificultades. Aquí aparece, por primera vez en la sagrada Escritura, la bondad y disponibilidad a ayudar de la Madre, en la que confiamos.
Pero además de este primer aspecto, que a todos nos resulta muy familiar, hay otro, que podría pasarnos fácilmente desapercibido: María lo deja todo al juicio de Dios. En Nazaret, entregó su voluntad, sumergiéndola en la de Dios: «He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38). Esta sigue siendo su actitud fundamental.
Así nos enseña a rezar: no querer afirmar ante Dios nuestra voluntad y nuestros deseos, por muy importantes o razonables que nos parezcan, sino presentárselos a él y dejar que él decida lo que quiera hacer. De María aprendemos la bondad y la disposición a ayudar, pero también la humildad y la generosidad para aceptar la voluntad de Dios, confiando en él, convencidos de que su respuesta, sea cual sea, será lo mejor para nosotros.
Podemos comprender muy bien la actitud y las palabras de María, pero nos resulta difícil entender la respuesta de Jesús. Para comenzar, no nos gusta la palabra con que se dirige a ella: «Mujer». ¿Por qué no le dice «Madre»? En realidad, este título expresa el lugar que ocupa María en la historia de la salvación. Remite al futuro, a la hora de la crucifixión, cuando Jesús le dirá: «Mujer, ahí tienes a tu hijo», «Hijo, ahí tienes a tu madre» (cf. Jn 19, 26-27).
Por tanto, indica anticipadamente la hora en que él convertirá a la mujer, a su Madre, en Madre de todos sus discípulos. Por otra parte, ese título evoca el relato de la creación de Eva: Adán, en medio de la creación, con toda su magnificencia, como ser humano se siente solo. Entonces Dios crea a Eva, y en ella Adán encuentra la compañera que buscaba y le da el nombre de «mujer».
Así, en el evangelio según san Juan, María representa la mujer nueva, la mujer definitiva, la compañera del Redentor, nuestra Madre: ese título, en apariencia poco afectuoso, expresa realmente la grandeza de su misión perenne.
Nos gusta menos aun lo que Jesús dice luego a María en Caná: «¿Qué tengo yo contigo, mujer? Todavía no ha llegado mi hora» (Jn 2, 4). Quisiéramos objetar: ¡tienes mucho con ella! Fue ella quien te dio la carne y la sangre, tu cuerpo; y no sólo tu cuerpo: con su «sí», que pronunció desde lo más hondo de su corazón, ella te engendró en su vientre; con amor maternal te dio la vida y te introdujo en la comunidad del pueblo de Israel.
Si así le hablamos a Jesús, ya vamos por buen camino para entender su respuesta. Porque todo esto debe hacernos recordar que en el contexto de la encarnación de Jesús hay dos diálogos que van juntos y se funden, se hacen uno. Está ante todo el diálogo de María con el arcángel Gabriel, en el que ella dice: «Hágase en mí según tu palabra» (Lc 1, 38).
Pero existe un texto paralelo a este, podríamos decir un diálogo dentro de Dios, que se encuentra recogido en la carta a los Hebreos, cuando dice que las palabras del salmo 40 son como un diálogo entre el Padre y el Hijo, un diálogo con el que se inicia la Encarnación. El Hijo eterno dice al Padre: «Sacrificio y oblación no quisiste; pero me has formado un cuerpo. (…) He aquí que vengo (…) para hacer, oh Dios, tu voluntad» (Hb 10, 5-7; cf. Sal 40, 6-8).
El «sí» del Hijo —»He aquí que vengo para hacer tu voluntad»— y el «sí» de María —»Hágase en mí según tu palabra»— se convierten en un único «sí». De esta manera el Verbo se hace carne en María. En este doble «sí» la obediencia del Hijo se hace cuerpo, María con su «sí» le da el cuerpo. «¿Qué tengo yo contigo, mujer?».
La relación más profunda que tienen Jesús y María es este doble «sí», gracias a cuya coincidencia se realizó la encarnación. Con su respuesta nuestro Señor alude a este punto de su profundísima unidad. A él remite a su Madre. Ahí, en este común «sí» a la voluntad del Padre, se encuentra la solución. También nosotros debemos aprender a encaminarnos hacia este punto; ahí encontraremos la respuesta a nuestras preguntas.
Partiendo de ahí comprendemos ahora también la segunda frase de la respuesta de Jesús: «Todavía no ha llegado mi hora». Jesús nunca actúa solamente por sí mismo; nunca actúa para agradar a los otros. Actúa siempre partiendo del Padre, y esto es precisamente lo que lo une a María, porque ahí, en esa unidad de voluntad con el Padre, ha querido poner también ella su petición.
Por eso, después de la respuesta de Jesús, que parece rechazar la petición, ella sorprendentemente puede decir a los servidores con sencillez: «Haced lo que él os diga» (Jn 2, 5).
Jesús no hace un prodigio, no juega con su poder en un asunto que, en el fondo, es totalmente privado. No; él realiza un signo, con el que anuncia su hora, la hora de las bodas, la hora de la unión entre Dios y el hombre. Él no se limita a «producir» vino, sino que transforma las bodas humanas en una imagen de las bodas divinas, a las que el Padre invita mediante el Hijo y en las que da la plenitud del bien, representada por la abundancia del vino.
Las bodas se convierten en imagen del momento en que Jesús lleva su amor hasta el extremo, permite que le desgarren el cuerpo, y así se entrega a nosotros para siempre, se hace uno con nosotros: bodas entre Dios y el hombre.
La hora de la cruz, la hora de la que brota el Sacramento, en el que él se nos da realmente en carne y sangre, pone su cuerpo en nuestras manos y en nuestro corazón; esta es la hora de las bodas.
Así, de un modo verdaderamente divino, se resuelve la necesidad del momento y se rebasa ampliamente la petición inicial. La hora de Jesús no ha llegado aún, pero en el signo de la conversión del agua en vino, en el signo del don festivo, anticipa su hora ya en este momento.
Su «hora» es la cruz; su hora definitiva será su vuelta al final de los tiempos. Él anticipa continuamente esta hora definitiva precisamente en la Eucaristía, en la cual ya ahora viene siempre. Y lo sigue haciendo siempre por intercesión de su Madre, por intercesión de la Iglesia, que lo invoca en las plegarias eucarísticas: «¡Ven, Señor Jesús!». En el canon, la Iglesia implora siempre nuevamente esta anticipación de la «hora», pide que venga ya ahora y se entregue a nosotros.
Así queremos dejarnos guiar por María, por la Madre de todos los fieles, hacia la «hora» de Jesús. Pidámosle a Él el don de reconocerlo y comprenderlo cada vez más. Y no nos limitemos a recibirlo sólo en el momento de la Comunión. Él permanece presente en la Hostia santa y nos espera continuamente. Mediante ella queremos permanecer en diálogo con el Señor, aprendiendo así a recibirlo mejor.
¡Santa Madre de Dios, ruega por nosotros, como rogaste en Caná por los esposos! Guíanos siempre hacia Jesús. Amén][3]
Jn 2,1-4,54 junto a la enseñanza de Benedicto XVI ratifican la gracia a pedirse siempre en la oración: que se haga la voluntad de Dios, en los tiempos que Él en su Providencia considere estimables para que su auxilio llegue en los momentos de la cruz. Esta fue la convicción que acompañó a Don Bosco en la gigantesca labor educativa por él iniciada y que alimentó la devoción pedagógica en María Inmaculada, Auxiliadora de los cristianos.
AUXILIO DE LOS CRISTIANOS: LECTURA DESDE LA REFLEXÓN TEOLÓGICO – ESPIRITUAL SALESIANA
El itinerario espiritual de la devoción mariana en DON BOSCO es extenso. Merece un ensayo específico para ello. Nos detenemos en las generalidades para poner atención en la advocación concreta de la Auxiliadora de los cristianos.
En la infancia, las raíces de la experiencia mariana de Don Bosco se anclan en la vivencia espiritual de las catequesis familiares contemplando las imágenes y la iconografía de las iglesias monferratinas y las tradiciones devocionales nativas de la época.
Una de las devociones que se había arraigado fuertemente en tierras y entre los campesinos en el tiempo de Don Bosco fue la devoción a Nuestra Señora del Rosario. De allí el amor por el rezo del rosario que enseñó a los chicos en el oratorio.
Otra de las prácticas aprendidas en casa era el rezo del ángelus tres veces al día que marcaba sagradamente los momentos de la jornada. De muy pequeño lo practicaba y rezaba. Unido a ello viene el sueño de los nueve años donde Jesús le aclara a Juanito que él es el Hijo de aquella a quien tu madre te enseñó a saludar tres veces al día[4].
También Juanito participará de la celebración de la restauración del templo dedicado a la Madona de la Asunción, patrona de Chieri, relacionada con otras dos advocaciones: la dolorosa y la Virgen del parto. Ya en su época de estudiante encontrará la devoción a la Virgen del castillo, la Virgen del cíngulo, la Virgen del parto[5].
INMACULADA Y EDUCADORA VIRGEN MARÍA
En los años de seminario, el teólogo Bosco había encontrado en la Inmaculada concepción de María el modelo profundo, teológico, espiritual que le inspiraba a él y a un grupo de sus compañeros, el sendero de su santidad clerical. Aquí se empalma la experiencia mariana de Don Bosco con la exigencia espiritual de los salmos 30 y 31. La búsqueda de la santidad alcanza de Dios su auxilio.
En los fundamentos de la educación salesiana y su pedagogía, la devoción a María Auxiliadora está precedida por el amor a su rasgo de Inmaculada. Así lo expresa la consagración a María Auxiliadora Inmaculada Virgen Auxiliadora. Primero Inmaculada, después Auxiliadora.
“La vida de María se hundía en la santidad del misterio de Cristo de la que Ella es una expresión. Ella que vencía a la víbora infernal, era una invitación explícita a emprender el itinerario de purificación hacia la plenitud de la vida de “Gracia, que era vida del amor divino que unía a Dios y encendía la caridad para con el prójimo”[6].
El principio educativo para Don Bosco consistía en retirar del corazón del joven aquello que impidiera la presencia y la acción de Dios en su vida. Retirar para renovar.
Cuando Jesús habla de vino nuevo en odres nuevos pone como criterio de conversión para el Reino dejar el hombre viejo para que sea el hombre nuevo. La pureza, la limpieza interior, la higiene espiritual, en otras palabras, la santidad como don del Espíritu, son fundamentales para que libre de toda invasión del demonio, Dios continúe su labor creadora en lo más profundo de quien ama. Él, que habita en lo más profundo del ser no actúa donde en su libertad el ser humano no se lo permita.
Don Bosco es muy consciente de esta dinámica espiritual y sabe que la verdadera tarea educativa consiste en evitar que el odre nuevo se convierta en odre viejo, inservible, que desperdicie el vino nuevo: El Espíritu.
Cuando el odre está viejo, roto, cuando el hombre ya es viejo, Dios por el profundo amor que tiene por todos quiere hacer nuevo el corazón, pero necesita, con la participación humana, que sea retirado todo cuando no es bueno, noble, sano ni santo.
Un corazón que con ayuda de la Gracia lucha para vencer el maligno, se convierte en terreno fértil, odre nuevo, naturaleza pura, Inmaculada. La profunda inspiración teológica, espiritual, mística que Don Bosco experimentaba en el seminario de Chieri se volverá también propuesta de vida cristiana para sus muchachos.
María Inmaculada adquiere el plus educativo de la obra salesiana. No se trata sólo de celebrar un dogma, de asumir teológicamente la virginidad de María, de volverla una festividad religiosa que se celebra pidiendo milagros y gracias especiales, que son válidas igualmente.
La inmaculada Concepción de María es una propuesta educativa que busca en los muchachos, en los cristianos, aprender de la madre de Jesús todo cuanto Ella realizó para que su corazón y cuerpo acogiera a su propia Salvador. Cuando asumimos el ejemplo de María, el cristiano (el joven) empieza a librarse de todo cuando lo esclaviza, lo hace sufrir, lo amarga, lo condena o lo conduce a la muerte. Cristo lo estará redimiendo. Será feliz.
Para que el Hijo de Dios, Cristo, entre con la gracia del misterio pascual a cumplir con esta tarea, Don Bosco comprende que la educación para el Reino es la respuesta. Pero encuentra obstáculos, es decir, estructuras de opresión, injusticia, violencia, frecuente enemistad con las cosas espirituales y por tanto eclesiales, vicios, personas que no saben cómo defender la fe y la vida porque no tienen los instrumentos que da la formación para construir escenarios de vida y no de muerte. Entonces ve una vez mas en María el segundo rasgo espiritual pero también educativo de su obra. Ella es la Auxiliadora.
AUXILIADORA Y EDUCADORA VIRGEN MARÍA
Este es otro capítulo extenso en la vida de Don Bosco y la familia salesiana. Tomaremos tan sólo la línea que le permitió a Don Bosco comprender que la Virgen María es el auxilio materno de Dios ante las asechanzas del peligro haciéndola no sólo protectora sino educadora de la obra salesiana.
El 1861, tras la llegada del Reino de Italia, implantado el gobierno liberal en diversas provincias, la Iglesia empieza a sufrir grandes injerencias contra la curia, contra las creencias cristianas y la piedad popular de los pueblos. Pero en medio de la solapada represión contra la fe surgió una situación que no puede interpretarse de otro modo sino como un regalo del Espíritu.
Umbría era en aquel momento la región más azotada contra la fe. Empezaron a surgir fuertes y masivos movimientos marianos en el Norte de Italia, Bélgica, Suiza, Francia, Irlanda, Escocia entre otros. Se desarrollaron peregrinaciones multitudinarias que fueron tomando cada vez más fuerza llevando la bandera de la defensa del Evangelio, de la Iglesia y del Papa. Para entonces, el arzobispo de Espoleto sufrió vejámenes, tortura y cárcel. Previamente en una visita suya a una imagen regional de la Milagrosa, orando frente a Ella, la había denominado Auxiliadora de los Cristianos.
Paralelamente Don Bosco había tenido el sueño de las dos columnas. Una barca, la Iglesia, movida por fuertes vientos (que nos evoca la balsa en la tormenta de Mt 8,23-27 y Lc 8,22-25) en medio de dos columnas que la pusieron a salvo: la Eucaristía y María Inmaculada. Paralelamente el santo de los jóvenes supo de la situación represiva en Umbría, conoció los hechos de primera mano. Allí recordó la frase del arzobispo de Espoleto, Monseñor Juan Bautista Arnaldi: ¡Auxiliadora de los cristianos!
Fue así como, en 1862, pocos meses después de la represión sufrida en la Umbría, al iniciar la construcción de la basílica en Valdocco, quiere titular la basílica con el título de María Auxiliadora ante lo cual encontró fuerte oposición por lo riesgoso que era aquel título ante la situación política, social y antirreligiosa que se estaba viviendo.
Pero Don Bosco no se detuvo y continuó. Mientras la construcción de la basílica avanzaba, en 1869 le es aprobada la Asociación de Devotos de María Auxiliadora. La asociación se extendió rápidamente, empezó a repercutir y aunarse a las agrupaciones marianas que crecían por toda parte.
Esto lo llevó a orientar y fortalecer la piedad mariana entre sus muchachos y colaboradores hacia un mayor compromiso evangelizador, educativo y pedagógico con el pueblo de Dios que se había manifestado en aquellos tiempos difíciles, (como en los tiempos opresivos contra el Papa Pio VII en 1814) en Madre Auxiliadora y Maestra. En adelante la historia está llena de riqueza, pero detengámonos en el carácter educativo – pastoral de la devoción María Auxiliadora.
MARIOLOGÍA SALESIANA
Dos son los artículos de las constituciones salesianas que de manera específica dan el color mariano a la espiritualidad salesiana, ampliamente desarrollados por el proyecto de vida de los salesianos[7].
ART. 8 PRESENCIA DE MARIA EN NUESTRA SOCIEDAD
La Virgen María indicó a Don Bosco su campo de acción entre los jóvenes, y lo guió y sostuvo’[8] constantemente, sobre todo en la fundación de nuestra Sociedad.
Creemos que María está presente entre nosotros y continúa su misión de Madre de la Iglesia y Auxiliadora de los cristianos[9].
Nos confiamos a Ella, humilde sierva en la que el Señor hizo obras grandes[10], para ser, entre los jóvenes, testigos del amor inagotable de su Hijo.
En la primera parte, fundamento de las Constituciones, este artículo sobre la presencia de María en nuestra Sociedad presenta a la Virgen íntimamente vinculada a la fundación de la Sociedad y a la vocación salesiana. La dimensión mariana es esencial en la historia y en la vida de la Sociedad Salesiana.
La Madre de Dios, cooperadora en la obra de la redención, participó activamente en el nacimiento y desarrollo de los diversos Institutos religiosos: «Puede decirse que María Santísima es fundadora y madre de todas las Congregaciones desde el cenáculo hasta nuestros días».[11]
En particular, sobre nosotros dice Don Bosco: «María es madre y sostén de la Congregación[12].
El artículo se propone señalar esta realidad, que garantiza el cuidado materno que la Virgen tiene de la Sociedad Salesiana y demuestra su presencia siempre eficaz en la vida y en la actividad de la Iglesia. Como dice el Concilio, María, “asunta a los cielos … continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se hallan en peligros y ansiedad, hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada”.[13]
María, presente en la fundación de la Sociedad
El artículo comienza afirmando solemnemente la presencia y el papel de María en la vocación de Don Bosco y en los comienzos de su obra. María, Madre de Dios, Madre también de los jóvenes, ha demostrado por ellos una solicitud especial: en el sueño de Juanito Bosco a los nueve años, repetido otras veces, le indicó personalmente los jóvenes como campo de acción y la bondad como método pastoral.
Don Bosco, pensando en el nacimiento y desarrollo de su obra, dirá: «No podemos equivocarnos: es María quien nos conduce».[14]
El texto de las Constituciones alude a los variados modos con que la Virgen guió y sostuvo constantemente a Don Bosco.
· Como inspiradora y guía lo acompañó, con signos visibles de amor y protección, en la fundación y en el desarrollo de la Congregación y de toda la familia salesiana. «Todo es obra de María», exclamaba; es «fundadora y sostenedora de nuestras obras», nuestra «guía» segura[15].
· Como madre y maestra, sostuvo a Don Bosco con la bondad solícita[16] demostrada en Caná (cf. Jn 2) y con la claridad de un proyecto educativo universalmente válido para formar a la juventud: el sistema preventivo (cf. Coles t. 20).
· De forma que de verdad podernos afirmar que «el crecer, él multiplicarse y el difundirse de la familia salesiana puede decirse que es obra de María Santísima»[17]: Nuestro Fundador repetía: «La Congregación es guiada por Dios y protegida por María Santísima»
Hablando del porvenir de la incipiente Congregación en 1867, Don Bosco narró a sus primeros discípulos el sueño de la pérgola de rosas. Pero antes les dijo: «Os he contado ya diversas cosas, en forma de sueños, de las que podemos concluir lo mucho que nos quiere y ayuda Nuestra Señora.
Pero … para que cada uno de nosotros esté completamente seguro de que la Virgen María quiere nuestra Congregación, y para que nos animemos cada vez más a trabajar por la mayor gloria de Dios, no os voy a contar un sueño, sino lo que la misma bienaventurada Virgen quiso mostrarme. Quiere que pongamos en su protección toda nuestra esperanza’[18].
Desde esta perspectiva comprendemos las palabras del Rector Mayor al clausurar el XXI Capitulo General: «La Congregación nació y ha crecido gracias a la intervención de María; se renovará en la medida en que la Virgen vuelva a tener el puesto que le corresponde en nuestro carisma»[19].
María, presente en nuestra vocación
La confianza en la presencia activa de María entre nosotros para confirmar su misión no puede menguar. Con Don Bosco creemos que sigue siendo la madre y maestra, y de algún modo, la «pedagoga» para llevar el Evangelio celos jóvenes de hoy.
Observemos cómo el segundo párrafo destaca de modo especial la apertura eclesial y católica de la devoción de Don Bosco a la Virgen. «Quiere —decía— que la honremos con el título de María Auxiliadora»[20], título oportunísimo, sobre todo en los años difíciles y esperanzadores qué estamos viviendo[21].
Ella «prosigue desde el cielo, y con los mejores resultados, la misión de Madre dé la Iglesia y Auxiliadora de los cristianos que ‘había comenzado en la tierra»[22].
La cita de Don Bosco, que une los dos títulos de «Madre de la Iglesia» y «Auxiliadora de los cristianos», adquiere eh nuestros’ días’ un valor particular, pues el papa Pablo VI la proclamó oficialmente «Madre de la Iglesia» al ‘clausurar la tercera sesión del Vaticano II»[23]
María es un bien de toda la Iglesia. La constitución Lumen Gentium y la exhortación apostólica Marialis Cultus describen su papel profético y su función en la Iglesia. Se ha considerado su figura con una reflexión más atenta a su modo de servir a Dios, a los hermanos y a la comunidad, más sensible a las diversas exigencias ecuménicas, más íntimamente vinculada a la cristología y a la eclesiología.
María no es sólo Madre de la Iglesia; es también su imagen: Para reanudar el difícil diálogo entre los jóvenes y la Iglesia, es preciso volver a encontrar a, esta Madre: «Si queremos volver a la verdad sobre Jesucristo, sobre la Iglesia y sobre el hombre, hay que volver a María».[24] María quiere una Iglesia que en cuerpo y alma se ponga al servicio del mundo, de los jóvenes, de los pobres, de ir a los ambientes populares, de las exigencias culturales; pero también una Iglesia que sea materna y bondadosa.
Deberíamos saber unir siempre los títulos de Madre de la Iglesia y Auxiliadora de los cristianos. Como discípulos del Señor, somos Iglesia: sus dificultades, sus inquietudes, sus proyectos son los nuestros; como seguidores de Cristo, sentimos que participamos de la misión mariana de «Auxiliadora» y «Madre de la Iglesia».
Como educadores, comprendemos de modo especial el papel de María en la educación de los cristianos. «La figura de María —leemos en Marialis cultus— ofrece a los hombres de nuestro tiempo el modelo más acabado de discípulo del Señor: artífice de la ciudad terrena y temporal, pero peregrino diligente hacia la celestial y eterna; promotor de la justicia que libera al oprimido y de la caridad que socorre al necesitado, pero sobre todo testigo eficaz del amor que edifica a Cristo en los corazones».[25]
Creemos de verdad que María es auxiliadora en el formar cristianos así; auxiliadora en la lucha titánica entre el bien y el, mal, entre la vida y la muerte, entre la luz y el pecado; auxiliadora de los jóvenes en superar los pequeños temores personales y los amenazadores pánicos cósmicos.
Don Bosco nos repite: «Llamadla Auxiliadora. Se complace en echarnos una mano». Es «auxiliadora de los padres, auxiliadora de los hijos, auxiliadora de los amigos.[26]
Nos encomendamos a María
Al sentirse partícipes de las vicisitudes de la Iglesia y al tener responsabilidades frente a los jóvenes, los salesianos en sus empresas apostólicas, se encomiendan a maría; «Confiados en su protección, acometemos cosas grandes».[27]
Es el solemne acto que renovó la Congregación el 14 de enero de 1984 al comenzar el XXII Capítulo General; es el gesto que a diario repite cada salesiano en su trabajo.’ Estamos convencidos de que «seguirá protegiendo a nuestra Congregación, si mantenemos nuestra confianza en ella y promovemos su culto».[28]
Ponerse en manos de María es un gestó filial que revela confianza; plenitud de amor y pertenencia total. Lo sugería también Don Bosco en 1869, ‘al proponer un «acto de filiación por el que se toma por madre a la Virgen María». [29]
Ponerse en manos de María es iniciar una relación de afecto, de donación, de disponibilidad, de pertenencia, de apoyo en el patrocinio de María, colaboradora de Cristo.[30]
Las Constituciones afirman que los salesianos nos ponemos en manos de María para ser portadores de una espiritualidad juvenil, para construir pedagógicamente el testimonio vivo de la santidad juvenil, es decir, para ser, entre los jóvenes, testigos del amor inagotable de su Hijo. Es la misión que desde el principio nos indica la Regla (cf. Const. 2)».
Nos encomendamos a la Madre de la Iglesia, es decir, a una madre laboriosa y constantemente solícita por su suerte en, las vicisitudes de cada siglo. María es la madre de los jóvenes y de las vocaciones.
Nos encomendamos a la Auxiliadora del Papa, de los obispos, del pueblo cristiano.
Nos encomendamos a la humilde sierva en la que el Señor hizo obras grandes. Esta alusión al, magníficat abre un horizonte amplísimo, donde aparece en rápida secuencia la historia dolorosa del hombre y la intervención paterna de Dios, que de su humilde sierva hace punto de apoyo para comenzar a renovar la humanidad: es historia de salvación e invitación a confiar en María.
Los salesianos tenemos la responsabilidad de saber custodiar y promover la devoción de los ambientes populares a María y de favorecer entre los jóvenes un conocimiento más profundo de su Madre y Auxiliadora, que desemboque en amor y en imitación.
ART. 92 MARIA EN LA VIDA Y EN LA ORACION DEL SALESIANO
María, Madre de Dios, ocupa un puesto singular en la historia de la salvación.
Es modelo de oración y de caridad pastoral, maestra de sabiduría y guía de nuestra familia.
Contemplamos e imitamos su fe, la solicitud por los necesitados, la fidelidad en la hora de la cruz y el gozo por las maravillas realizadas por el Padre.
María Inmaculada y Auxiliadora nos educa para la donación plena al Señor y nos alienta en el servicio a los hermanos.
Le profesamos una devoción filial y fuerte. Rezamos todos los días el rosario y celebramos sus fiestas, a fin de estimularnos a una imitación más convencida y personal.
Las Constituciones ya han hablado de la presencia especial de María en la vida y en la misión de nuestra Sociedad (cf. en particular Const. 1, 8 y 9). Este artículo 92 presenta a María en la vida de oración del salesiano. La Virgen Santísima no es sólo objeto de nuestra devoción («ruega por nosotros»), sino que es quien nos enseña a orar («ruega con nosotros») y a vivir plenamente nuestra consagración apostólica.
Hay que leer el artículo a la luz de la constitución conciliar sobre la liturgia, que dice: «En la celebración del ciclo anual de los misterios de Cristo, la santa Iglesia venera con amor especial a la bienaventurada Madre de Dios, la Virgen María, unida con lazo indisoluble a la obra salvífica de su Hijo; en ella, la Iglesia admira y ensalza el fruto más espléndido de la redención y la contempla gozosamente como una purísima imagen de lo que ella misma, toda entera, ansía y espera ser’[31].
Este texto, tan hermoso y denso, ayuda a comprender que el misterio de María está íntimamente unido al misterio de Cristo. La presencia de María en nuestra vida es un hecho que forma parte de nuestra vocación cristiana, y nuestra devoción a ella, aunque tiene momentos fuertes, es siempre una actitud permanente.
Debemos unir este artículo 92 a toda nuestra historia cristiana y salesiana. La devoción a María no depende de un instinto sentimental, sino de la lucidez de la fe. Es el reconocimiento de hechos objetivos y de la respuesta que les damos. De aquí las dos partes del artículo: los tres primeros párrafos por un lado y, después, el cuarto y el quinto.
Iniciativa y valor ejemplar de María
Los tres primeros párrafos unen los aspectos de la figura de María que más nos atraen como cristianos y como salesianos: son el fundamento de nuestra devoción mariana.
· Como cristianos, reconocemos que María, por disposición del beneplácito de Dios, ocupa un puesto singular en la historia de la salvación y en la construcción de la Iglesia a través de los siglos, puesto perfectamente descrito en síntesis por el último capítulo de la constitución Lumen Gentium. En cuanto primera redimida y primera cristiana, María se nos presenta como el modelo más perfecto después de Cristo. Por tanto, en ella tenemos el modelo más logrado de santidad.
En una síntesis, que contempla los momentos principales de la vida de María, las Constituciones exponen las actitudes que debemos ver e imitar en María:
— su fe (cf. Const. 34), es decir, su modo de «acoger la palabra y meditarla» (ya señalado en el artículo 87): esta verdad nos manda al misterio de la anunciación y al «fíat» de la «esclava del Señor»;
— su gozo por las maravillas realizadas por el Padre: esto nos remite al magníficat;
— su solicitud por los necesitados: pensamos en la Virgen de la visitación y en su presencia materna en la boda de Caná;
— su fidelidad en la hora de la cruz, momento decisivo de su participación en la salvación del mundo: «Junto a la cruz estaba María» (Jn 19, 25).
· Como salesianos, distinguimos en María otros rasgos más explícitamente conformes con nuestra vocación:
— es maestra de sabiduría y’ guía de nuestra familia: se nos manda al sueño de los nueve años de Juanito: (‘te daré la maestra bajo cuya disciplina podrás llegar a ser sabio»)[32] y al contenido del artículo 8;
— es modelo de oración y de caridad pastoral, que nos invita a «la laboriosidad incansable, santificada por la oración y la unión con Dios», que es nuestra característica, como dirá el artículo 95, pues María fue madre de familia y discípula activa de su Hijo;
— recordamos también lo que precisó el artículo 34: «la Virgen María es una presencia materna» en el camino de nuestros jóvenes hacia Cristo: «auxilia e infunde esperanza».
Todo esto forma parte de la vivencia espiritual de Don Bosco. Como ya se indicaba al comentar el artículo 8, Don Bosco percibía a la Virgen María en su vida y en su obra como una presencia materna, Auxiliadora potente.
Que María Santísima fuese para Don Bosco una persona viva y presente lo encontramos atestiguado repetidas veces en las Memorias Biográficas.
Desde el sueño de los nueve años hasta la realización completa de lo que se le había indicado con él, María aparece al lado de Don Bosco. Le señala el camino que ha de hacer para prepararse a su misión[33], guía sus pasos en los primeras. etapas de la obra[34], le indica el lugar exacto de su sede definitiva[35] ; le muestra el ampliarse progresivo de la obra[36] , le enseña el modo de hallar colaboradores[37] así como el medio para que sigan con él[38], le indica también el método y el estilo de una formación que los prepare a la misión juvenil[39] y, simultáneamente, le hace ver los campos destinados al celo de sus hijos.[40]
La convicción de Don Bosco sobre la presencia viva de María en el oratorio y en toda casa salesiana y de las Hijas de María Auxiliadora la confirma la palabra emocionada dirigida con insistencia a las Hijas de María Auxiliadora en su última visita a Nizza Monferrato: «¡La Virgen está aquí verdaderamente, aquí, entre vosotras! La Virgen pasea por esta casa y la cubre con su manto».[41]
Tal presencia de María en la casa de Don Bosco es vista como presencia de Madre. Es la Madre del oratorio, la Madre de todos los jóvenes. Y así se la invoca, ante todo. Lo demuestran las biografías de los jóvenes oratorianos, en particular la de Domingo Savio.
Es significativa la oración que brota espontánea del corazón de Don Bosco cuando al morir su madre, Margarita, va a desahogar su dolor a los pies de la Virgen en el santuario de nuestra Señora de la Consolación: «Oh Virgen piadosísima, mis hijos y yo hemos quedado sin madre aquí, en la tierra. Os lo ruego, sed vos en adelante mi Madre y la suya».[42] En el mismo lecho de muerte Don Bosco invocará a María con el dulce nombre de. madre: «Madre, Madre, Madre … María Santísima, María, María…».[43]
Por último, no podemos olvidar que esta Madre es presentada como Madre poderosa, Auxiliadora de la Iglesia y de cada cristiano en su camino hacia el Señor. Así, juntó con la Eucaristía, la devoción a María resulta uno de los, pilares con que pueden contar la Iglesia y el mundo: «Creedlo; queridos amigos, me parece no exagerar si digo que la comunión frecuente es un gran pilar en que se apoya un polo del mundo; la devoción a la Virgen es el pilar en que se apoya el otro polo».[44]
Respuesta de nuestra devoción
Nuestra respuesta a María es muy amplia. Se trata de aceptar su presencia en nuestra vida, de acoger a esta Madre en casa, corno el apóstol Juan. Es el significado más auténtico de la devoción a María. Es —asegura el Rector Mayor— un factor integrante del fenómeno salesiano en la Iglesia, «elemento imprescindible de nuestro carisma».[45]
De la contemplación de María en dos misterios más frecuentes en nuestra tradición (Inmaculada y Auxiliadora), obtenemos dos series de beneficios. En cuanto Inmaculada, plenamente consagrada y disponible en manos de Dios, nos educa para la donación plena al Señor, especialmente por medio de los consejos evangélicos. Como Reina de los apóstoles y Auxiliadora de los cristianos, al servicio de la expansión del Reino de su Hijo, nos estimula al cumplimiento de la misión apostólica en favor del prójimo.
Nuestro amor a María, por tanto, no es una especie de compensación afectiva ni sólo aliento a las virtudes privadas; está en coherencia profunda con nuestra vocación de apóstoles y es un elemento de nuestro celo con los jóvenes, sus hijos.
Nuestra devoción a la Virgen, sólidamente cimentada en los motivos expuestos, se manifiesta también en actitudes y-actos, que demuestran la alegría de haber recibido del Señor el don de tal Madre. Las Constituciones precisan que se trata de una devoción filial y fuerte. Dos adjetivos que indican, a la vez, nuestra ternura: hacia quien es la Madre amable y el propósito de imitarla en su entrega total a la voluntad de Dios.
Pero no hay que descuidar las manifestaciones externas de devoción personales y comunitarias. El texto de las Constituciones recuerda algunas.
Las fiestas litúrgicas de María son la mejor ocasión para demostrar nuestro amor a María[46] 16 y de «hacerla conocer» (Const. 34). El artículo 74 de los Reglamentos señala algunas prácticas salesianas: la conmemoración mensual del 24, la oración diaria con que termina la meditación, el uso frecuente de la bendición de María Auxiliadora.
En el plano personal, cada uno tiene su respuesta, según la propia sensibilidad espiritual, en las formas que prefiera, aunque siempre deben llevar a una imitación convencida de las virtudes de María.
En esto, el rezo diario del rosario tiene un valor especial, porque en él «María enseña a sus hijos el modo de unirse a los misterios de Cristo». Ha sido siempre una preciada tradición familiar en las casas de Don Bosco.[47]
UN ACENTO EDUCATIVO PERDIDO QUE SE DEBE RECUPERAR
Gracias a Don Bosco y a la familia salesiana por él fundada, la devoción global a María Auxiliadora crece cada vez más. El amor que particularmente le profesan los antiguos alumnos es de las mayores herencias espirituales que la educación salesiana siembra en su corazón. Cada 24 de mayo resurge el fervor mariano expresado en solemnes celebraciones eucarísticas, el rezo del rosario, procesiones, faroles, altares, concursos, juegos, publicaciones, etc. Nada de ello está mal.
Sin embargo, es evidente la pérdida del carácter educativo en los ambientes salesianos. Se enseña a amar a la Santísima Virgen y se le venera con el más profundo cariño, pero se ha profundizado muy poco aquello que Don Bosco buscaba pedagógicamente con sus muchachos al promover la devoción de la Inmaculada Virgen Auxiliadora.
Este es un reto a rescatar de la propuesta educativa de Don Bosco y que no tiene ninguna otra propuesta espiritual parecida dentro ni fuera de la Iglesia. Es herencia del espíritu original que el Espíritu ha dado a la Iglesia con el carisma salesiano. No la dejemos morir.
Todo aquel que profese su devoción a Ella, que lo ha hecho todo, formado en el contexto educativo – pastoral salesiano, vive en todo esta expresión de fe mariana.
A nivel personal será un creyente que busque la santidad acercándose cada vez más a Cristo Buen Pastor Resucitado.
A nivel familiar será el ser humano que dará para los suyos el más puro amor, amor Inmaculado, que está libre de egoísmos.
A nivel social será honesto ciudadano, capaz de transformar desde la bondad el ambiente donde se encuentre con su testimonio de vida cristiana y el gran humanismo que se desprende de la enseñanza de la madre de Dios.
En cuanto a la Iglesia estará siempre y en todo lugar comprometido en la construcción de Reino de Dios especialmente entre los más pobres y necesitados. Como podemos observar, no es sólo una devoción piadosa expresada en un templo. Es un modo de vivir que se inspira y surge de Cristo y de María Inmaculada que nos lleva a Él.
La tarea no es fácil y el salesiano lo sabe. Habrá luchas, envidias, estructuras que impulsarán opresión a quien da testimonio de su fe. En el camino habrá oposición, incomprensión, pruebas y momentos de dificultad. En efecto, el poder del mal intentará destruir lo que Dios ha construido en el corazón del ser humano.
Conscientes de ello el salesiano (es decir todo aquel que se forma bajo la mirada educativa de Don Bosco y participa de su espiritualidad) no tiene temor alguno. Sabe que cuenta con la protección de María Auxiliadora, la madre de Jesús, Ella, el auxilio materno, femenino e Inmaculado de Dios.
El mismo Espíritu Santo, a través del amor maternal de la Virgen nos recordará que en el mundo tendremos aflicción; pero confía, yo he vencido al mundo (Jn 16,33). Jesús estará con nosotros hasta el final de todos los tiempos (Cf. Mt 28,20), que si Dios con nosotros ¿Quién contra nosotros? (Rm 8,31) y fundamentalmente que no debemos tener miedo (Cf. Mt 14,27). Junto a esta convicción, en palabras mismas de Don Bosco, la Auxiliadora es ¡Virgen poderosa!, grande e ilustre defensora de la Iglesia; auxilio maravilloso de los cristianos; Terrible como ejército ordenado en batalla[48];
Y concluye Don Bosco
Oh Madre, en nuestras angustias, en nuestras luchas, en nuestros apuros, defiéndenos del enemigo y en la hora de la muerte, llévanos al cielo.
De este modo podemos concluir que
Amor a Cristo + silencio interior + santidad + hacer su voluntad + María Auxiliadora = el Auxilio viene de Dios

CLICK PEDAGÓGICO
CANCIÓN: Autor PDVQ.SDB Música Beto Soria
[1] Nota: Si en el Nuevo Testamento Pablo saludaba a los cristianos diciéndoles la paz de Cristo esté con ustedes, para los Macabeos este saludo era el auxilio de Dios esté con ustedes.
[2] Texto litúrgico del Pregón pascual.
[3] Benedicto XVI. HOMILÍA DEL SANTO PADRE, Plaza del santuario mariano de Altötting. Lunes 11 de septiembre de 2006. www.vatican.va
[4] MO 6.
[6] Cf. Jornadas para salesianos diáconos. Temas fundamentales, págs. 2-27.
[8] MB IX,347.
[9] Cf. MB VII, 258
[10] Lc 1,48-49
[11] MB IX,347.
[12] MB XVII, 258.
[13] LG 62
[14] MB XVIII,439.
[15] Cf. MB VII,334; XVIII,439.
[16] Cf. MB VII,676.
[17] MB VI,337.
[18] MB III, 32
[19] CGXXI, 589.
[20] MB,334
[21] E. VIGANÓ, María renueva la familia salesiana, ACG núm. 289 —año I978—.
[22] J. BOSCO, Meraviglie della Madre di Dio invocata sollo il titolo di Maria Auxiliatrice, Turín 1868, pág. 45 (OEXX, pág. 237).
[23] Cf. 11 Cf. PABLO VI, Discurso de clausura de la tercera sesión, 21 de noviembre de 1964
[24] JUAN PABLO II, Puebla 1979.
[25] MC 37.
[26] MB XVI, 269.
[27] P. ALBERA, Circular del 31 de marzo de 1918, Circolari, pág. 286.
[28] J. BOSCO, Testamento espiritual, Apéndice de las Constituciones de 1984, pág. 260.
[29] A BOSCO, Associaztone de Divott di Maria Ausiliatrice, Letture Cattoliche 1869, pág. 57.
[30] El papa Juan Pablo II, el 8 de diciembre de 1981, al conmemorar el concilio de Éfeso, encomendó a María toda la familia humana.
[31] SC 103
[32] MB I, 124.
[33] Cf. MB I,125
[34] Cf. MB II, 243-245.
[35] Cf. MB II, 430.
[36] Cf. MB II, 298-300
[37] Cf. MB 32-36.
[38] Ibid.
[39] Cf. MB III,32-36.
[40] Cf. MB XVIII,73-74.
[41] MB XVII, 557.
[42] MB V, 566
[43] MBXVII, 557. 12. 13; cf. P. STELLA, Don Bosco nella storia della religiosita cattolica, LAS, Roma 1969, II, pág. 175.
[44] MB VII, 583; VII, 586.
[45] E. VIGANÓ, María renueva la familia salesiana, en ACS núm. 289 —año 1978—, pág. 29.
[46] Cf. LG 67.
[47] Cf. PABLO VI, Exhortación apostólica Marialis Cultus —año 1974—, núms. 42-55.
[48] Cf. Cant cant 6,4: Eres bella, amiga mía, como Tirsá, encantadora, como Jerusalén, imponente como ejército en formación. Sal 2,9: Cetro. Los quebrantarás (machacarás) con cetro de hierro, lo pulverizarás como vasija de barro (se representa aquí al rey – mesías en su papel tradicional de guerrero) – orden de batalla.
