PASCUA: «NO REPROCHES AL QUE SE ARREPIENTE, RECUERDA QUE TODOS SOMOS CULPABLES» (Ecl 8,5)
PASCUA: Perdona a tu pueblo, perdónale Señor[1]. Este estribillo que acompaña cada año el tiempo cuaresmal hacia las festividades de la Pascua, nos recuerda que por nuestra fragilidad y pecado también nosotros hemos y somos parte de la condena, el dolor, el sufrimiento, la pasión y muerte de Jesús.
Qué hermoso es ver a las masas de creyentes acercarse a las celebraciones pascuales, pero qué lamentable constatar que no logramos dar el paso de lo que celebramos a lo que vivimos, porque tristemente y con frecuencia, celebramos lo que no vivimos. La fe aún no logra transformar lo que somos.
La celebración de la Pascua debe unirnos como cuerpo de Cristo y no dividirnos. La pascua hace crecer en el perdón, la reconciliación y la paz, no en el odio, la venganza y la persistencia a los sentimientos destructivos de los que se vale el maligno para destruir la fraternidad que debe distinguir al pueblo de Dios. Cristo vino a reunirnos, pero quienes creemos en Él y decimos seguirle parecemos luchar insistentemente para desmembrarnos.
También hoy, prolongamos la crucifixión de Jesús cuando, conquistados por las tinieblas del pecado, no lo reconocemos en el que está a nuestro lado y lo lastimamos. Crucificando al hermano, repetimos miserablemente de nuevo la condena a muerte de Jesús.
Es sencillo afirmar que nos sentimos amados y perdonados por Jesús. Es menos complicado expresar que lo amamos y que Él es importante en nuestra vida. Pero qué difícil resulta dar el paso del perdón, de la reconciliación y del abrazo de paz con el prójimo. ES MUY FÁCIL CULPAR AL OTRO Y NO RECONOCER QUE TAMBIEN SOMOS CULPABLES comportándonos como aquel fariseo en el templo que decía Gracias Dios porque no soy como los demás, no soy como ese pecador[2].
Es muy fácil mirar la mota en el ojo del “otro” pero qué difícil reconocer la viga que hay en el ojo propio. ¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?[3].
Qué difícil es enfrentarnos con nosotros mismos, qué difícil es decirnos a nosotros mismos nuestras verdades más ocultas y reconocer que fallamos, que no somos perfectos, que somos tanto o más pecadores que aquellos a quienes nos atrevemos a señalar.
Cuántas veces nos valemos incluso de la espiritualidad, de la fe, o la religión para mostrarnos santos ante los demás, pero somos incapaces de abrazar al hermano que está en la calle, solo, o enfermo, encarcelado, en llanto o en sufrimiento. Cuánta devoción pretendemos demostrar yendo fervorosamente al templo, pero somos incapaces de reconocer al hermano que necesita de nuestra ayuda, de nuestro saludo, de la sonrisa y la palabra amable. La sonrisa es la flor del corazón afirmaba el Papa Francisco[4].
Nos ponemos grandes cruces que cuelgan del cuello, damos golpes de pecho o ponemos cara de dolor como lo critica duramente Jesús en el evangelio: no seas como los hipócritas; porque ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de las calles, para ser vistos de los hombres[5] pero nos damos el lujo de criticar, de señalar, de destruir al otro por sus errores o sus caídas, por su modo de pensar o vestir. Somos incapaces de mirar a los demás con misericordia dejando sólo a Dios el rol de juez. Él pudiendo juzgar no lo hace: no vine a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo[6].
Creemos en Cristo y contemplamos su pasión y resurrección pero no nos damos cuenta que aquel cuerpo de Jesús, (blasfemado, amarrado, humillado, obligado a cargar el madero donde sería masacrado, flagelado, abandonado, herido, sangrado, desfigurado, lastimado por espinas, con piel rasgada por silicios escandalosos, escupido, burlado, violentado, crucificado en la cruz por ser justo, acompañado por una madre que muere de dolor al no comprender porqué su hijo ha de sufrir tan desconcertante final, cuando lo único que ha hecho es amar, servir, sanar, enseñar, dar vida nueva, salvar) está destrozado también a causa de nuestra opción por el pecado aunque nos digamos bautizados y creyentes.
La otra cara de la moneda no es menos cruel. Nos sentimos todo el tiempo lastimados, heridos, ofendidos, agredidos, pero cuánto se nos olvida que, de diversas formas, CON LA MURMURACIÓN, LA MIRADA DESPECTIVA, LA INDIFERENCIA, LAS EXCUSAS, LAS PALABRAS OFENSIVAS, LA OMISIÓN EN LA CARIDAD, somos exactamente lo mismo que criticamos.
Si Cristo perdona nuestras culpas, aún aquellas escondidas en lo más profundo de la conciencia…
si Cristo, que tiene la autoridad moral y espiritual para juzgarnos pues no compartió nuestra condición de pecadores, no nos juzga…
si Cristo que conoce las heridas que por nuestra culpa le causamos a Él y a tantas personas a lo largo de la vida, ha optado por darnos el perdón para que prevalezca la caridad y la unión entre todas sus creaturas…
¿porqué no nos compartamos de la misma manera? ¿Porqué no hacer con los demás lo mismo que el Señor hace con nosotros cada segundo de nuestra vida? Si llevas cuentas de nuestros delitos Señor, ¿quién podrá resistir?[7]. Aún así, el ser humano se ha hecho especialista en contabilizar el error de su prójimo porque grande es la oscuridad en su corazón: Yo sondeo el corazón y examino los pensamientos.[8]
Tan grande es el egoísmo humano que no queremos jamás ser juzgados ni señalados, pero nos consideramos jueces de los demás sin compasión alguna.
Tan grande es nuestra hipocresía que de todo queremos ser perdonados, pero somos incapaces de perdonar.
Tan grande es nuestra incoherencia que deseamos no recibir mal alguno, pero estamos dispuestos a pisotear a quien sea para alcanzar egoístamente lo que queremos para beneplácito propio.
Tan grande es nuestra tiniebla espiritual que nos atrevemos a considerar a los demás como pecadores, pero no falta la negación del pecado personal.
Tan grande es nuestra locura que nos creemos diferentes a los demás olvidando que ante la realidad del pecado y la fragilidad humana todos somos igualmente culpables.
Sin embargo, el amor de Jesús por cada uno de nosotros es tan grande, que Él está dispuesto en cada Eucaristía a sacrificarse una vez más por nosotros. En cada semana Santa está dispuesto a ser crucificado una vez más para perdonarnos, pero también para que nos perdonemos los unos a los otros. En cada cirio Pascual continúa Jesús haciéndose Luz para que lo oscuro y dañino del alma no puedan destruir nunca más a creatura alguna.
Reconciliémonos los unos a los otros. En nombre de Cristo, dejémonos reconciliar con Dios[9], dejémonos reconciliar con el prójimo, con el hermano, con el amigo y el enemigo. Ámense los unos a los otros como yo los he amado[10], nos pide a gritos el Señor Resucitado.
Que la llegada de la Pascua, el memorial de la resurrección de Jesús, la luz del cirio que es Cristo, Luz del mundo[11], nos haga capaces de ofrecer el perdón, la reconciliación y la paz a quienes hemos ofendido de tantas formas muchas veces silenciosas y disfrazadas de bondad.
Pidamos la gracia de aceptar el perdón, la reconciliación y la paz de quien nos piden perdón, o incluso de quien no lo hace.
Que seamos capaces de sentirnos perdonados, reconciliados, en paz y dejémonos sanar, reconciliar y amar por el Espíritu Santo en quien todas las cosas son siempre nuevas.
ESTA NOCHE SANTA…
| Trasegando por estos días de penitencia y de Pascua, Al contemplarte en el pan eucarístico, Al mirarte con incomprensión en la cruz de la redención, Al gozarme en el calor del fuego de la noche santa: Te pido Jesús de Nazareth, Señor de mi gente y de mi pueblo, Que me concedas la gracia de ser profeta del amor, del perdón, la reconciliación y la paz. Haz que mi corazón sea atravesado por aquella lanza de la misericordia para que destruya todo lo que haya de vanagloria en él. Haz que mis manos seas atravesadas por los clavos de la caridad para abrazar a todos con la ternura del Buen Pastor que está dispuesto por amor a ser víctima por su rebaño. Haz que mi cabeza sea atravesada espina a espina por tu inmensa pasión apostólica para que desde lo más profundo de mi ser brote la sangre del Evangelio que a todos nos cubre de libertad y santidad. Cuando logres que mis rodillas se flexionen humildemente ante tu grandeza: Hazme Eucaristía para que los tuyos se alimenten de Ti, pan vivo y verdadero. Hazme cruz para que pueda sostenerte en los más débiles, los más pobres, los sin voz. Hazme luz pascual para que a todos pueda ayudarles a comprender que todo en este mundo tiene sabor a eternidad. Y a la hora de mi muerte, Justo Juez, puedas decir de mí, en todos viste a Jesús, todos vieron en ti a Jesús. Siervo bueno y fiel, has sido bueno en lo poco, entra a gozar de la Pascua de tu Señor[12]. Pascua 2026 |
[1] https://www.youtube.com/watch?v=4wJQjh0XbGU&list=RD4wJQjh0XbGU&start_radio=1
[4] https://www.youtube.com/shorts/uY5vMJcopJo
[9] 2Cor 5,20.
[11] Jn 8,12: Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida.